RELATOS Roberto Molinares

lunes, 31 de agosto de 2020

La Balalaika, el Guardaespaldas y el Maestro


Por Alí J. Reyes H.

Para Natalia Riazanova de Malaspina y Edgardo Malaspina 




La música es una evocadora de historias. Eso me pasa cada vez que oigo “El tema de Lara”. Pero no por la película o el libro de Boris Pasternak, sino por mi modesta balalaika.


Advierto que no paso de ser un aficionado ejecutando el instrumento, pero a pesar de mis deficiencias esa triangular artesanía folklórica representa mucho para mí, sobre todo por esa dedicatoria en su tapa. Recuerdo muy bien cómo conocí al que la hizo.
Fui llamado al despacho del  jefe de Seguridad  del Parlamento Ruso, Valentín Perfilyev. Quien estaba de pie al lado de un hombre calvo entrado en años, con unos lentes que le hacían ver como un intelectual y que me pareció ligeramente familiar. Entonces Perfilyev, dirigiéndose al señor de manera muy ceremoniosa le dijo.
 ─Maestro, le presento al joven Ivanov.
Entonces Perfilyev me preguntó.
─¿Sabes quién es este caballero?
La verdad es que en ese momento no estaba en condiciones de identificar rostros. La fatiga, originada por la falta de sueño y los sobresaltos de las últimas horas, me embotaban.

 Recordemos que el día anterior, lunes 19 de agosto de 1991, los medios estatales habían anunciado que el Secretario General del Partido y Presidente de la URSS, Mikhail Gorbachov estaba gravemente enfermo en su dasha de campo de Crimea y que en vista de eso todos los poderes del Estado habían sido transferidos a un “Comité de Excepción”.  



Pero esa misma tarde se supo que todo era una excusa para un golpe de estado fraguado por el ala militar y la KGB. En vista eso la mayoría de los que trabajábamos en el Parlamento decidimos permanecer en la sede en respaldo del Secretario General y de Boris Yeltzint, el presidente de la Federación Rusa, quien había denunciado que el camarada Gorvachov era víctima de un secuestro. El rumor de que éramos el próximo objetivo de los golpistas se materializó cuando vimos los tanques rodear el enorme perímetro del Parlamento.



 En ese momento nuestra sedentaria rutina de funcionario público dio un vuelco, cuando a todo el personal de seguridad se le asignó un fusil AK 47. 

Y ahora que lo pienso, ¿Qué podíamos hacer con esos fusiles ante el avance del Ejército más poderoso de este lado del mundo? Por otro lado era lógico pensar que entre la muchedumbre acampada en la explanada del Parlamento -desafiando la lluvia con carpas improvisadas con láminas de plástico, paraguas, impermeables y construyendo barricadas en apoyo silencioso a Gorbachov y su perestroika - era fácil infiltrar agentes de la KGB. El caso era que estábamos conscientes de que podían ser nuestras últimas horas, y de paso las vivíamos sin haber dormido bien y a turnos redoblados. En eso habíamos estado las últimas veinticuatro horas y mi Jefe pretendía que yo acertara a saber quién era el que estaba con él. Por eso me limité a responder.

─Perdón…en realidad no sé.
─Entonces le presento al maestro Mstislav Rostropovich.
En ese momento quedé de una pieza de puro asombro. Estaba ante  el músico ruso viviente más famoso del momento, y ante el chelista más grande de todos los tiempos.
Por fortuna el Maestro reaccionó por mí. Me sonrió y se adelantó a estrechar mi mano, a lo que solo pude balbucear.

─Mucho gusto Maestro… Soy Yuri Ivanov.
Entonces el Jefe se dirigió a mí.
─El Maestro ha venido a apoyar al pueblo ruso, y usted deberá protegerlo en todo momento a costa incluso de su propia vida ¿Entendido?
A lo que, de forma rápida terció Rostropovich dirigiéndose a mí.
─No lo tome tan en serio…solo tenga en cuenta que somos compañeros de armas…Por cierto…¿Me puede mostrar el lugar? Es que necesito estirar las piernas.

Ese “estirar la piernas” fue una caminata enérgica alejándonos del edificio rumbo a las barricadas hasta el mismísimo puente Kalinín y el borde del río Moscú, donde los jóvenes observaban el movimiento de los tanques y se reunían alrededor de los pocos radios de onda corta que sintonizaban emisoras extranjeras, las únicas que daban noticias.



 Era la noche del martes y algunas de las luces de esa inmensa mole de mármol blanco del Parlamento que por cariño llamamos “La Casa Blanca”, era quebrada por la serie de fogatas donde la gente permanecía. Luego, cuando nos devolvíamos, se interrumpió la música de la emisora local “Radio Casa Blanca” que emitía por los altoparlantes y la locutora, con verdadero entusiasmo anunció.

─¡Buenas noches Moscúuuuuuu! Me alegra anunciarles que con nosotros se encuentra alguien que quiso estar al lado de sus compatriotas en esta hora crítica ¡El maestro Mstislav Rostropovich !

Hubo un momento de silencio hasta que, por toda la oscura explanada estalló una clamorosa ovación. Allí comprobé que las nuevas generaciones tienen una sólida cultura musical porque fueron muchos los que lo reconocieron. La mitad de la noche se la pasó atendiendo a la gente que lo interceptaba para pedirle autógrafos, muchas familias lo buscaban para tomarle fotos con sus niños, brindarnos comida o simplemente estrecharle la mano.

En algún momento nos invitaron a comer con un grupo. Agradecimos su comida pero, aunque no la aceptamos, sí nos sentamos con ellos a tomar café. Y fue así, a la incipiente luz de una fogata, que el Maestro pudo referir cómo hizo para estar con nosotros esa noche.


─Me enteré del golpe de estado el lunes temprano, en mi casa de París. Eso me afligió porque los progresos democráticos logrados poco a poco hasta ahora, se desvanecerían. Pero ese mismo día también supe que había una reacción popular. Fue así que comenzó un conflicto interno…¿Voy o no voy?...Yo estoy vetado a entrar en la Unión Soviética,  lo peor  que me podía pasar -y todavía es así- es que mis viejos huesos fuesen a parar en un nuevo Gulag. Además tenía que dejar a mi esposa sola porque no iba a permitir que ella corriera peligro…Por otra parte sabía que en ese momento se estaba escribiendo la historia de la madre Rusia y yo quería ser parte de eso.  Pero cuando oí el llamado que Boris Yeltzin hizo al mundo desde la torreta misma de un tanque me dije: ¿Cómo es posible que, mientras tanta gente arriesga su vida por la Democracia, yo no haga nada? Y determiné que con mis setenta y cuatro años ya había obtenido todo lo que la vida puede dar.



Entonces, de inmediato y a escondidas, me puse en contacto con mi abogado y pasé la noche finiquitando mis asuntos y dictando mi testamento. Dejé también una extensa carta para Galina, mi esposa, que debería leerla cuando yo estuviera lejos de Francia.
El Maestro hizo una larga pausa…La temblorosa luz de la fogata se reflejaba en sus lentes, los que se quitó para esconder el rostro y hacer como que los limpiaba, pero todos supimos que era para disimular una lágrima. Se volvió a colocar los lentes y prosiguió.

─De esa forma tomé los vuelos hacia acá. Fue un viaje expectante porque lo más probable era que no me dejaran entrar a la Unión Soviética. Así que iba crispado de nervios cuando me acercaba al punto de control con mi maleta.
─Sus  documentos por favor.
Le pasé mis documentos… el empleado se quedó viéndome, y al bajar la vista al pasaporte exclamó.
─¡Maestro!...Qué placer conocerlo.
Resulta que se trataba de un violinista de la orquesta de su municipio. No obstante, al comprobar que yo no tenía visa se dio cuenta de mi condición de proscrito y me hizo la consabida advertencia, pero yo lo convencí de que se trataba de una convocatoria de emergencia a una conferencia de expatriados. Entonces se dedicó a persuadir a sus compañeros para que sellaran todo lo que me hacía falta.
Cuando logré traspasar las puertas del aeropuerto le pedí al taxista que me llevara rumbo al Parlamento y solo me pudo dejar en las adyacencias. Y total… Aquí estoy.


No fue hasta muy entrada la madrugada cuando pudimos dormir un poco en uno de los sótanos del Parlamento que en ese momento funcionaban como bunker. Pero temprano en la mañana, y aún bajo la lluvia, el Maestro fue llamado al segundo piso de la mezzanina y desde el balcón dirigió un saludo a los acampantes. Mientras que la explanada vibraba con el estruendo cadencioso de: ¡ Ros-tro-po-vich ¡ ¡Ros-tro-po-vich!






Pero no todo era euforia. Unidades blindadas seguían llegando a Moscú, la gente lo único que podía hacer era rodear a los tanques y gritarle que no dispararan. Pero los blindados se apostaban al otro lado del río, apuntando sus cañones al Edificio. Esa misma mañana supimos de algunos incidentes en la avenida Kalinin con saldo de varios heridos y el primer manifestante muerto. Las familias que tenían niños en la explanada del Parlamento fueron conminadas a salir pues nadie les podía garantizar seguridad. Corría el rumor de que los comandos de élite del grupo Alfa iban a intervenir en cualquier momento. Así que lo mejor era resguardar la vida del Maestro, y lo más seguro era llevarlo hasta una embajada cercana mientras se definía el pulseo de la Resistencia contra la Junta de Gobierno. A lo que me respondió.

─Gracias, Yuri. Agradezco que te preocupes por lo que me pueda pasar. Pero yo vine acá a compartir la suerte de ustedes y créeme…debo estar aquí porque me es imposible estar en otra parte.

Varias veces el Maestro fue llamado a los estudios de Radio Casa Blanca, la emisora local improvisada en el sótano del edificio. En algún momento había una fila de senadores que daban cuenta de los avances de las conversaciones con representantes de otras instituciones y hasta con mandatarios extranjeros. Y en una de esas esperas la fatiga me venció de tal forma que en la silla donde estaba sentado me incliné al costado del Maestro con la culata de la kalashnikov apoyada en mis piernas. Mi sueño fue tan profundo que el Maestro tuvo que empuñar el arma con su mano izquierda y con su brazo derecho me sujetó para que pudiera dormir en su pecho sin ser molestado.




Un reportero gráfico llamado Yuri Feklistov tomó una instantánea y ésta recorrió al mundo con el titular “¿Quién guarda a quién?”.

El haber estado con el Maestro, me proporcionó mis quince minutos de fama. Por cierto… Ahora que lo pienso… El hecho de poder relatar esta historia y no estar recluido en Siberia o a dos metros bajo tierra, se lo debo a la valentía del jefe del comando especial Alfa, que a riesgo de su carrera y su propia vida se negó a que el grupo antisecuestro interviniera en un conflicto político.

Esa misma tarde el diputado Yuri Karyankin, al reportar a la nación la victoria obtenida por el movimiento democrático de resistencia contra el Golpe de estado, dijo: “Por primera vez en el siglo XX, Dios ha sonreído a Rusia”.



El jueves 22 de agosto una multitud de más de cien mil personas desbordó la explanada del Parlamento y sus adyacencias para celebrar el colapso del intento de golpe junto al propio Gorbachov, y entre los oradores estuvo Rostropovich que se limitó a decir:
─Moscovitas, ustedes me han dado dos de los días más felices de mi vida.


El día siguiente fui al aeropuerto a despedir al Maestro. Llevaba conmigo la balalaika y le di un rotulador de punta fina negro para que me la firmara…Él se negó porque para él, por principio, todo instrumento es valioso y no debe ser dañado. Pero yo le insistí y accedió. 

Después de eso le pedí que tocara algo. Lo único que recuerdo de lo que ejecutó, es la banda sonora de la película Doctor Zhivago, el “Tema de Lara”, que de ese momento en adelante no puedo oír sin evocar al Maestro.




Alí J. Reyes Hernández
Escritor venezolano. 
Ha publicado dos libros de cuentos, Tigrero (2002) 
Portugal mar afuera y otros relatos (2012). 
Se caracteriza por darle a la crónica el formato de cuento, 
con una narración rápida, directa, breve y de finales contundentes.
Además, administra la bitácora miscelánea: 
En la actualidad reside en Maringá (Brasil)


miércoles, 5 de agosto de 2020

Ojos de Búho

Leyendo a Will Storr. La Ciencia de contar Historias.

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