RELATOS Roberto Molinares

viernes, 13 de noviembre de 2020

Nostalgias en torno a una foto amarillenta

 

Un documento de 86 años


Escolares de Pedraza
Estudiantes de Pedraza. Fotografía perteneciente al álbum de la familia Molinares Sánchez

    
Por Roberto Aníbal Molinares Sánchez

    No todos tienen la dicha de poseer el legado fotográfico de nuestros antepasados. Documentos que pueden datarse en casi un siglo. Personajes más allá del tiempo que intentan aferrarse al presente aún cuando muchos estén desdibujados y diluidos en un color sepia que se parece al olvido.

El álbum familiar es un portal que abrimos de tanto en tanto. Un laberinto de rostros, modas, instantes y paisajes. Retratos de personajes que posan ante la lente con seriedad mortuoria. Una suerte de resignación, como si en lugar de estar frente a la cámara, estuvieran a punto de ser fusilados. Aunque se trata del ejercicio mágico de apresar un momento, ninguno sonríe. Tomarse una foto debió ser un suceso importante que requería no respirar, reírse, ni moverse. No era para menos, se trataba de un retazo de la historia que quedaría eternizado.

Nuestro álbum también sufre los embates del tiempo. Antes, perfectamente encuadernado, unía sus hojas por un espiral metálico que aún perdura, pero sosteniendo unas pocas páginas. La mayoría de sus hojas se han desprendido y eso ha hecho que perdamos el orden cronológico, si es que alguna vez lo tuvo. Hoy como siempre, recreamos la visita al pasado con la ayuda de nuestra madre, conocedora de los rostros que habitan el álbum. Se apoya en una lupa para rescatar los detalles y precisar las identidades. A pesar de sus noventa y dos años y su visión deteriorada, es la única guía que puede orientarnos en los laberintos que se abren. Vamos en pos de una tarea difícil, comprender el paso del tiempo, poniendo la marcha en reversa para detenernos en un momento específico.

Es una fotografía pequeña, pero por fortuna poseemos una copia ampliada, de la cual se ha eliminado de manera digital el tinte añejo y amarillento. Muestra a un grupo de escolares de Pedraza, el pueblo enclavado en las riveras del gran río Magdalena, donde vivió y fue criado nuestro padre Ángel Horacio Molinares Castro.

La foto tiene unos 86 años, un documento histórico de un valor sentimental incalculable. El momento corresponde al año 1936. Al fondo del grupo, puede apreciarse una pared construida con barro y caña brava que probablemente fuese parte de la humilde estructura de la vieja escuela que había sido levantada en la plaza, al lado de cárcel y muy cerca de la Iglesia.  En el centro de la foto está Rubén Darío Vásquez, uno de los maestros de nuestro padre.  El otro maestro de papá, fue Miguel Altamar, y ambos ejercieron una poderosa influencia en nuestro padre, quien recordó sus enseñanzas no sólo en el aspecto académico, sino que sus discursos se convirtieron en pilares fundamentales de ética y moral que acompañaron a papá el resto de la vida. El buen terreno que representó mi padre para ese legado de conocimiento y virtud, fue algo que hubiera llenado de orgullo a sus maestros. Papá nos aconsejaba  sobre la vida y las oportunidades desperdiciadas, entonces lo citaba

―El Señor Rubén  nos decía: “El tiempo que se va, hasta los santos lo lloran”.

Rubén Darío Vásquez
acompañado por dos chicas 
de la escuela femenina, 
una de ella es Elsa Movilla, prima 
y hermana de crianza de nuestro padre
El maestro Rubén debe haber sido fotografiado en otras oportunidades porque ha adoptado una pose estudiada, casi Napoléonica, mirando al costado, ofreciendo tres cuartos de su rostro mientras que todos los demás miran al frente esperando el fogonazo del bulbo de magnesio, con excepción de un niño de la fila de abajo, que mira a la derecha rompiendo la armonía del grupo. Es probable, que este infante hubiese sufrido de lo que ahora se ha denominado “Trastorno de Hiperactividad con Déficit de Atención”, porque de seguro, los adultos y maestros debieron advertir al grupo previamente con una aleccionadora cantaleta la obligación imperiosa de no moverse. La captura del momento requería el mayor esfuerzo de todos. Los padres vistieron a sus hijos con sus mejores galas, desempolvaron corbatines y corbatas, lustraron zapatos y engominaron el cabello de sus pequeños. Nadie podía desperdiciar la oportunidad de ser perpetuado de forma presentable. Imaginamos al fotógrafo transportando su cámara, trípode, bulbos, focos, acompañado de su personal auxiliar, navegando hasta Pedraza desde Calamar en una canoa expresa, embarcación a la cual se le había adaptado un motor fuera de borda Johnson. 


Los brazos del maestro están cruzados sobre el pecho. En una mano sostiene un diploma enrollado como símbolo de lo que todos pretenden.  El docente viste formal y está flanqueado por dos chicas que debieron pertenecer a la escuela femenina. Sabemos que una de ellas es Elsa, prima y hermana de crianza de mi padre, pero ignoramos cuál es. En esos tiempos, varones y niñas asistían a escuelas separadas. La presencia de estas chicas aporta un aura especial, son hadas madrinas que equilibran la rudeza de tanta testosterona.

Nuestro padre a los
8 años de edad
Nuestro padre es el quinto alumno de derecha a izquierda de la línea compuesta por los niños menores que aparecen abajo. Tiene un mechón de pelo sobre la frente y tiene una mirada torva.  Luce moreno, a pesar de que no lo era. Imaginamos que en el grupo deben estar algunos personajes que papá mencionaba  por sus sobrenombres,  un tal "Boñe", Luis Pablo Jiménez, alias "El Ñeca", Manuel Narciso Santander, el "Mañe", Guillermo Manrique, Jaime Patiño, Guillo Tapia, Carlos Tapia, un tal Becerra, que tenía un lunar que le arropaba el rostro y al que sus compañeros llamaban “Cara Peá”, como si las flatulencias tuvieran la propiedad de teñir porciones de piel humana. El lunar nos podría ayudar a identificarlo, pero la foto presenta rasguños, puntos de polvo y manchas que en la versión ampliada se aprecian mucho más grandes como si una lluvia de asteroides flotara sobre algunos rostros. El remoquete “Cara peá”, nos aclara también, que hace 84 años, jóvenes y niños eran víctimas los unos de los otros, de lo que ahora se ha llamado Bulling. Es lamentable, pero todavía hoy, no hay distintivo más identificador de un personaje que su defecto a simple vista.


En el grupo debe estar también un tal Rafael David, a quien confundían con papá, y por ello a ambos, estando juntos o separados, eran llamados “Mello”. Con el tiempo, el parecido entre ambos se disipó. Probablemente también estaría otro condiscípulo, Alfredo Domínguez. Papá nos contaba, que Alfredo había sufrido un accidente terrible al caer de un árbol tratando de alcanzar un fruto llamado “caimito”. Las fracturas de sus piernas y brazos fueron reducidas a sangre viva, colocando cada hueso en su lugar al ser entablillado. El responsable de este procedimiento, fue  el curioso del pueblo. Un señor, del cual no tenemos el nombre. Este sujeto le componía los dedos a papá cuando se los estropeaba al jugar descalzo con la bola e’ trapo. Papá decía que el “traumatólogo” tenía unas hijas gemelas ya grandes que se encargaban de agarrarlo e inmovilizarlo hasta que el curioso jalaba y ubicaba las falanges contraídas. Era preferible la tortura, a la “Limpia” que seguro le daría mi abuelo Roberto Molinares, si llegaba a verlo cojeando. Por otra parte, la terapia de rehabilitación de Alfredo Domínguez, consistió en movilizar infinidad de veces una pila de arena con una pala. Con semejante ejercicio, Alfredo quedó como nuevo.

Alfredo Domínguez se reencontró con papá en Venezuela para la navidad de 1973. Ese 24 de diciembre, Alfredo estaba tan pasado de tragos, que se puso a bailar y a dar vueltas al son de los vallenatos de nuestro tocadisco. En uno de esos giros, se llevó el árbol de Navidad como si fuera una pareja y lo derrumbó. Las bambalinas rodaron y algunas se quebraron, pero esta vez, Alfredo resultó ileso. En la mañana del 25 de diciembre, muy emocionados abrimos nuestros regalos. No me gustó mucho el mío, tanto es así, que no recuerdo lo que era, pero quedé prendado del regalo de mi hermano, un guante de beisbol infantil que era el sueño de cualquier niño. Unos cuantos días después, Alfredo Domínguez regresó a nuestra casa. Estaba sobrio y contento, aunque un poco abochornado por el incidente del árbol. Alfredo me entregó un paquete. Al rasgar el papel de regalo descubrí un guante igual al de mi hermano. Siempre lo recordaré por ese gesto. Alfredo era de la misma edad de mi padre y asistía al mismo grado. Tiene que estar en la foto, pero no podemos precisarlo.

 Otro personaje sobre el cual elucubramos, es el rubio de corbata que está a la izquierda y porta un libro en su mano. Suponemos que podría ser el primo de papá, Hermógenes Movilla. Nuestro padre solía recordarlo rubio y con los ojos azules; "como dos bolitas de vidrio de jugar uñita".


Hermógenes Movilla
Papá usaba la frase “El sol le ofendía la vista”, para describir la sensibilidad extrema a la luz que tienen algunas personas de ojos claros.  Hermógenes era hijo de América Bermúdez, 
hija a su vez del gran maestro, Rafael A. Medina, considerado por algunos cómo el más influyente músico de la cuenca del Caribe Colombiano del siglo pasado.[i] Un hombre de quien nuestro padre solía decir que había estudiado en Panamá y era capaz de transformar el trinar a los pájaros en partituras.

 

Papá recordaba un suceso que conmovió a Pedraza: una mujer llamada Josefita Castellón, presintiendo su muerte, encargó su propia marcha fúnebre. El día del sepelio, el pueblo se volcó a las calles. La marcha: Dolor de madre, resultó ser una pieza magistral que estrujó los corazones a tal punto que nuestro padre recordaba haber visto a los dos policías de Pedraza llorar en la vía pública.

 

América, la hija del viejo Medina, había sido receptora del don musical. A los doce años contaba con 24 alumnos y era tan versátil que parecía jugar con las teclas del piano. Sin embargo, a pesar de ser una niña prodigio, pareció hartarse del yugo que significaba la dura disciplina. Se apartó del piano para siempre. Hermógenes, el joven rubio de la foto, quien había heredado parte del talento de su abuelo Rafael Bermúdez, pues era aventajado ejecutante de la trompeta,  joven, falleció El nieto de Rafael Medina; de tuberculosis en 1951 en la ciudad de Barranquilla.

Entre los personajes inolvidables, siempre amados por papá, no debería faltar su primo hermano "Juancho", a quien papá recordaba como su guía y mejor compañero. Siendo nuestro padre hijo único, Juan Manuel Acosta Bermúdez, se constituyó en su verdadero hermano. "Juancho", era tan sólo dos años mayor que papá, por lo tanto debía estar en edad escolar y ser parte del grupo fotografiado. Papá decía que "Juancho" tenía el cabello crespo. Aunque mamá coloca la lupa sobre cada rostro, no tiene manera de identificarlo. Pero por suerte tenemos una foto tipo carnet de Juancho en su juventud, y vamos a echar mano de herramientas digitales. Ya digitalizada, la transparentamos para poder solaparla sobre la foto también digital del grupo. Lo podemos apreciar en la pantalla de una computadora. Vamos probando la “máscara” sobre cada personaje. ¡Eureka! Un rostro arroja bastantes coincidencias. Se halla justo al lado de papá ¿Dónde más podría estar ubicado sino al lado de su compinche? Juancho tiene la cara levantada y mi padre la tiene hacia abajo. Estamos felices y emocionados, hemos encontrado al primo Juancho gracias al photoshop. Es como si pudiéramos darle un abrazo.


Juan Manuel Acosta (Juancho) y nuestro padre
Ángel Horacio Molinares Castro
En la foto aparece Gabriel Lozano Martínez, quien era unos ocho años mayor que papá. Esos 8 años de distancia con papá hacían gran diferencia. Gabriel, está ubicado detrás de Hermógenes y ambos llevan pantalones largos.
Más que moda, era un indicativo de adultez. Hemos podido ubicar a Gabriel gracias a una foto suya de adulto, y hemos realizado el mismo procedimiento de usar la foto de adulto como máscara para ver en cual rostro juvenil encaja. Existen leves diferencias, pero todos los rasgos característicos están presentes. Haber acertado otra vez, es motivo de alegría, pero lo es aún más, el hecho de saber que Gabriel Lozano Martínez era el único sobreviviente de esta foto y que para el año 2020 contaba con buena salud física y mental. Había llegado para ese entonces a 102 años de edad, convirtiéndose en el personaje más longevo de Pedraza. ¿Cómo lo sabemos? Lo hemos leído en una publicación reciente, escrita por nuestro pariente, Álvaro Rojano Osorio[ii]. La foto de Gabriel Lozano Martínez, la hemos obtenido de del link posteado en el facebook del autor. 


Gabriel Lozano Martínez en 3 tiempos. La última a los 102 años de edad


Se trata de una crónica-entrevista, donde Gabriel Lozano Martínez, expone parte de su biografía y rememora eventos históricos del pueblo que coinciden con las historias que papá nos relataba. Por ejemplo: el descenso sorpresivo de un hidroavión que posó sus patines sobre las aguas del río Magdalena, asustando a las babillas y a los caimanes, pero atrayendo a todo el pueblo. La muchachada corrió a ver el fenómeno: un avión que no se hundía. A los "pelaos", le siguieron los adultos y luego, un poco retrasados, los viejos. Estos últimos, venían apoyados en sus bastones, también llevaban prisa a pesar del reumatismo y los dolores propios de la vejez. 

Otro suceso que nuestro padre nos contaba, y que coincide con el relato de Gabriel Lozano Martínez, en la entrevista hecha por nuestro primo Álvaro Rojano Osorio, es la llegada de Francisco "Pacho" Rada, uno de los primeros juglares del acordeón. Papá nos relataba que a Pacho lo ubicaron sobre una mesa a manera de escenario, debajo de un árbol de olivo que estaba en la puerta de la casa de Sebastiana Santander. Papá le oyó improvisar unos versos que le quedaron por siempre en la memoria:

Yo vine el domingo en la tarde

Como todo el mundo me vio

Yo conocí al alcalde

Y él también me conoció.

Pacho Rada, el alter ego de "Francisco El Hombre", el valiente personaje de leyenda que había vencido al Diablo con sus ingeniosos versos, había hecho su entrada en Pedraza sin mayores equipajes, pero con un cargamento especial: varios burros llevaban sobre sus lomos una batería de acordeones. Bien es sabido que el acordeón viene de fábrica con una determinada afinación y para poder tocar un repertorio versátil, entre tonos menores o mayores, y abarcar toda la escala crómatica completa, son necesarios varios acordeones. 

El maestro de los Juglares Vallenatos: 
"Francisco "Pacho" Rada. 1907-2003

El Alcalde de Pedraza que había tenido el honor recibir aquellos versos de Pacho Rada, bajo el olivo de de la casa de Sebastiana Santander, se llamaba Pablo Yejas. 

Con los años, Pablo Yejas, ya mayor, emigró a Venezuela con su hijo Álvaro Yejas y parte de su familia. Se constituyeron en gente acomodada de la sociedad caraqueña de los años 50. 

Cuando nuestro padre, contaba con 26 años, también decidió probar suerte en Venezuela y buscó apoyo en sus coterráneos. Con los años, papá y Álvaro Yejas, a pesar de ser de distintas clases sociales, se hicieron compadres. Papá lo escogió como padrino de mi hermano Arnaldo.





En los años 90, papá quiso sorprender a su recordado primo Juancho con un gesto especial. Aprovechando un viaje de Manuel (Tato) Bermúdez, un primo en común, le entregó una copia de la foto para que la depositara en sus manos. Juancho quedó atónito al contemplar la reliquia. 

  

 
Algunos de los estudiantes de Pedraza portan un libro. Nos inclinamos a creer que se trata del libro “Alegría de Leer”, un libro
  que tenía versiones según el grado que se cursara. En 1976 viajé a Colombia con mi madre. Encontramos “Alegría de leer” para cuarto grado en un mesón de libros usados en el mercado de Barranquilla. Intrigados quisimos saber por qué papá lo había encargado después de tanto tiempo. Entonces ocurrió un fenómeno, las lecturas también colmaron nuestra infancia. Sus historias, todavía hoy, forman parte de nuestras vidas
  
    Los niños de la foto crecieron y egresaron de la escuela de Pedraza. Algunos fueron a estudiar a otras poblaciones en una institución equivalente a un liceo, llamada, “Escuela Complementaria”. Juancho, fue uno de esos jóvenes afortunados que fue enviado a Bogotá donde cursó un bachillerato especializado en comercio y llegó a ser unos de los líderes de un periódico escolar denominado “Faro Juvenil”. En el caso de papá, cuando llegó al término de su ciclo en la instrucción básica, debió repetir el cuarto curso, al menos en cuatro ocasiones, al no tener otras opciones de aprendizaje. El maestro designado para este vital periodo de su educación, fue el gran docente Rubén Darío Vásquez, quien se encargó de que cada año repetido, fuera más enriquecedor y nutritivo que el anterior. El maestro trataba a papá, con la deferencia especial de un alumno, pero además, como a un sobrino y ahijado. El docente formaba parte de la familia. La tía de nuestro padre, Dolores (Lola) Bermúdez, fue la esposa del maestro y madrina de bautizo de nuestro padre.

Al llegar las fiestas de San Pablo, el santo patrón del pueblo, el maestro Rubén les relataba con emoción, la historia de la conversión del santo, y pronunciaba en latín la demoledora pregunta de Cristo: ¿Saule, Saule, quid me persequeris? Las fiestas se celebran con gran pompa. A falta de fuegos artificiales, los jóvenes y niños enterraban “recámaras”, bolas de barro seco que eran rellenadas con pólvora a través de un orificio. Un caminito largo de pólvora les permitía ponerse a salvo. Algunos le colocaban una lata para que el efecto fuera más estruendoso. Otros, los más traviesos, se encargaban de buscar un sapo vivo para colocarlo boca arriba encima de la lata.

La influencia de ambos maestros perduró toda la vida. Ya convertido en hombre, viviendo en Barranquilla, papá tuvo amores con una muchacha cuyo hermano menor estudiaba en la Escuela de Normalistas. Papá descubrió que uno de los maestros del joven, era su admirado y respetado Miguel Altamar. Papá le enviaba siempre saludos, con su cuñadoque con el tiempo se convertiría en nuestro tío Ariel Sánchez, quien a su vez, también llegó a ser un maestro reconocido. Dedicó su vida a la docencia en la Normal La Hacienda de la ciudad de Barranquilla, dejando además un legado como historiador en una obra de su autoría dedicada a su pueblo natal, en el departamento del Atlántico, titulada, “Mi Polonuevo Querido… 

Nuestro tío Ariel Sánchez,

Este es un ejercicio algo frustrante en el que debemos echar mano de las remembranzas de papá y combinarlo con una alta dosis de suposiciones. Se trata de aproximarnos a cada personaje. Es cómo armar un rompecabezas del cual tenemos piezas faltantes. Los recuerdos llegan como invitados inesperados y tenemos que acomodarlos lo mejor que podamos.



Convencidos del enorme tesoro que guarda, cerramos el álbum con nostalgia. Nos despedimos con solemnidad de personajes que nos observan desde una distancia mítica. Ha valido la pena ser guardianes del álbum y de la continuación de una tradición fotográfica. Aquí descansan todas las memorias, todos los sueños y triunfos, los bautizos, las bodas y nacimientos. Aquí reposan también, muchos hermosos momentos e instantes insignificantes que con los años se han convertido en trascendentes.

Estamos seguros que las esperanzas de nuestros ancestros han resistido el paso del tiempo.



[i] Rojano Osorio, Álvaro. Rafael Arturo Medina  Rodríguez, El hombre que  sabía de todos los instrumentos musicales y de todos los sones

http://editorialtorcaza.com/rafael-arturo-medina-rodriguez/

 

[ii] Rojano Osorio, Álvaro. Gabriel Lozano Martínez, su vida, o un viaje en el tiempo.

https://seguimiento.co/opinan-los-expertos/gabriel-lozano-martinez-su-vida-o-un-viaje-en-el-tiempo-39287

 

Portada  Revista La Barca, de Colombia.
Edición del número 22, donde aparece
publicada la presente crónica
Noviembre 2020

 

domingo, 20 de septiembre de 2020

Ventisquero






 

Madreperla

 







jueves, 3 de septiembre de 2020

El Ojo







martes, 1 de septiembre de 2020

A Puerta Cerrada




Tú sabes que vivo en un edificio pequeño y por eso todos los vecinos nos conocemos. Cada quien sobrevive tras la puerta y la reja de seguridad. Contrario de lo que ocurría en nuestro barrio que la puerta se cerraba solo de noche o cuando la gente se iba de viaje. La llave se la entregábamos al vecino, por si acaso. ¿Recuerdas? Entre las casas había un intercambio permanente de niños, salíamos de una y entrabamos a otra a lo largo de toda la calle.

Bueno, yo me pregunto ¿En qué nos hemos convertido? Con razón dice la canción; “La calle es una selva de cemento”. Esta es una sociedad llena de temores y prejuicios con un sentido de convivencia casi nulo. Enjaulados cada uno en su apartamento. Un fenómeno social en el cual la inseguridad ha influido mucho. Si se trata de un edificio pequeño, podemos conocer a algunos pocos vecinos por el nombre, pero si el edificio es grande, infinito como un barrio de pie, eso es imposible. Uno habla con la gente del pasillo, con el vecino de al lado, los de arriba o los de abajo. El resto son vecinos, pero no dejan de ser extraños que te encuentras en el ascensor. ¿A qué viene esto? Bueno, resulta que el edificio donde vivo es pequeño y lo que ocurrió nos tomó por sorpresa como si no fuera lo más obvio, pero estábamos tan desconectados que nadie lo sospechó.

Te cuento. El señor Freddy es un tipo blanco y canoso. Vive debajo del piso mío. Un viejo impenetrable. No sostiene la mirada, como si ocultara algo. Tal vez, la timidez haga parecer huraña y mal educada a la gente, pero cada quién, es como es. Vivía solo, si tenía familia, era un misterio. No es que uno quiera averiguarle la vida a la gente, pero era solitario y escurridizo. Setenta años, tal vez menos, qué se yo. Parecía tener nada más como dos franelas. (Este dato parece de mal gusto, pero es necesario para describirte al personaje) Cuando no tenía puesta la franela beige, usaba otra franela de color guayaba. Si lo saludabas o querías preguntarle algo, soltaba una tosecita como para aclararse la garganta. Un gesto de timidez, supongo. Al parecer no encontraba las palabras. Lo otro que hacía, era que echaba los hombros hacia atrás una y otra vez. Una manía rara como si le causara molestia una mochila imaginaria. No tenemos ascensor, son apenas cuatro pisos, ocho apartamentos. Pocos vecinos. Si te encontrabas al viejo a punto de salir de su casa, el hombre salía y cerraba rapidito como para que no vieras hacia dentro. Si por el contrario, te lo encontrabas a punto de entrar, parecía un ratón colándose por una rendija, casi adelgazaba el cuerpo para meterse por la puerta entreabierta. Muy reservado. Tan reservado que dejábamos de verlo por semanas y nadie sabía qué era de su vida. Para navidad y año nuevo desaparecía, seguro tenía familiares. Cuando regresaba después de tanto tiempo, mis hijos lo saludaban con cariño. Mi niño más pequeño, un día lo abrazó porque el viejo parecía un abuelito. Lo normal es que devuelvas el abrazo ¿verdad? pero se quedó con los brazos levantados sin saber qué hacer. Era seco como una rama de verano. No estaba acostumbrado al contacto ni al cariño. Pero no era mal vecino. Si una bombilla del pasillo se quemaba, él la cambiaba de inmediato. No sé de dónde sacaba una escalera y se encaramaba a pesar de la edad. Estaba pendiente de alguna fuga de agua. En ese sentido, siempre pensaba en el bienestar de los vecinos. Por un tiempo estuvo encargado de recolectar el dinero para pagar los servicios de electricidad de las aéreas comunes. Pero fuera de lo cotidiano, permanecía esquivo y distante.

Un día me lo encontré después de una de sus largas ausencias. Fue él quien me abordó y me extrañó. Casi me muero, me dijo. Me dio una fiebre y caí en cama. Me salvé porque estaba en San José, con la familia, si me hubiese dado estando aquí, no la cuento. ¡Ah, el hombre tenía familia! Parecía que se estaba abriendo un poco, una confidencia importante, un gesto de confianza que al principio me descolocó, pero que después supe agradecer.

La mayoría de las veces lo veía venir por la acera e intercambiábamos un movimiento de cabeza. Casi siempre llevaba una bolsa transparente y dentro de ella, un envase que contenía sopa, que según supe después, compraba por allí mismo, en el restaurant La Barca. Es decir, el hombre no cocinaba, pero era de suponer. ¿Una sola persona para qué va a comprar víveres y tomarse la molestia de prepararlos? También intuíamos que le gustaban las hamburguesas y la comida rápida, porque cuando te pasaba al lado, el olor a hamburguesa y papa frita lo delataba aún cuando las llevara dentro de una bolsa de papel. Mis hijos eran especialistas en detectar el aroma y el contenido, y aprovechaban para preguntarme con desparpajo cuándo los llevaría a McDonald´s. Por cierto, ya que lo menciono, toda esta historia tiene que ver con el olor. No, no el olor de las papas fritas. Ya verás. Tú me dirás que soy un chismoso, pero es necesario que te lo cuente de esta manera.

Si me asomaba al balcón de mi apartamento y miraba hacia abajo, podía ver una batea donde el viejo fregaba los trastos de siempre. Un vaso de aluminio, una taza para el café y una escudilla para sopa que dejaba escurrir boca abajo. También había una cuerda donde colgaba la franela que no estaba en uso y dos calzoncillos inmensos.

La limpieza del edificio la hacía un señor llamado Marcos. Después de toda una mañana de esfuerzo, el hombre dejaba el piso de granito como un espejo. Subir o bajar las escaleras cuando el piso estaba húmedo era una incomodidad para nosotros. Intentábamos esperar que el piso se secara. Un día, el señor Marcos se quejó y me comentó: El señor Freddy como que no barre su casa porque siempre deja las marcas de los zapatos. De de su puerta salían huellas que se perdían escaleras abajo como si hubiese pisoteado talco. El señor Marcos debía desandar con molestia su camino limpiando el rastro con un trapo húmedo.

¿Lo del olor? Allí quiero llegar. Un día comenzó un olor extraño, un olor caminante, porque un día estaba aquí y otro allá.  La cosa coincidió con que teníamos un problema con un gato atigrado llamado “Chicho” parecido al de Alicia en el país de las Maravillas. El gato pertenecía a la dueña del bazar “La Fuente”, que queda allí mismo, a la vuelta de la esquina.  Cuando entrabas al bazar, te conseguías a Chicho dormitando sobre el mostrador, parecía un peluche. Era un animal castrado, lo que le había permitido un peso extra que lo hacía ver inmenso. Uno llegaba y cuando el animal salía del sopor, se te quedaba viendo con la indiferencia con la que un gato siempre ve a un ser humano, luego volvía a su siesta. Son animales muy aseados que pasan la mayor parte del tiempo lamiéndose. Tú sabes, ellos por instinto abren un agujero, defecan y después lo tapan.  Bueno, entre tanto cemento y asfalto, el único pedacito de tierra que encontró Chicho para hacer sus necesidades fue un pequeño jardín que tenemos a la entrada del edificio. Yo no sé, si has experimentado eso, pero el olor se te queda pegado a las fosas nasales, viaja contigo, lo llevas en la ropa. Chicho ni siquiera lo tapaba bien porque el jardín era estrecho y no tenía mucha tierra que digamos. Resulta que cuando los otros gatos lo huelen, parece que dicen: "Por aquí pasó uno de nosotros".Y entonces también van a reconocer el terreno. Empezaron a hacer lo propio en visitas nocturnas y convirtieron nuestro jardín en un verdadero campo minado. Por las noches subíamos las escaleras con la sensación de traer algo espantoso adherido al zapato. Un olor indefinible se apoderó del edificio. ¡Maldito Chicho! Lo curioso es que aún dentro de nuestro apartamento se sentía mucho y variaba según la dirección del viento, otras veces parecía disminuir.

Bueno, lo cierto es que el jueves temprano salí para mi trabajo. Ya en la tarde como a eso de las tres, recibo una llamada de mi esposa. Mi amor, menos mal que no estabas aquí. Tú sabes, te dicen algo así y uno de inmediato se asusta. ¿Qué pasó negra?  Me dice: Se murió el señor Freddy. Yo quedé mudo al otro lado de la línea. Mi amor, aquí estamos todos consternados. Un señor de la calle pasó y vio moscas saliendo por la ventana y llamó a los bomberos. 

Increíble, ninguno de nosotros había pensado en esa posibilidad. Chicho y sus amigos habían jugado un papel importante al despistarnos. Menos mal –Insistía mi mujer-. Si hubieses estado aquí habrías tenido que ayudar. Un vecino se desmayó y nosotros no podíamos bajar, fue algo horrible. Uno de los bomberos rompió una ventana, se introdujo, encontró un manojo de llaves y se lo lanzó a un vecino. Este vecino refirió después su propia odisea: Las manos me temblaban, ninguna llave abría, la náusea me subía a la garganta, el bombero muy cerca de la ventana me apuraba. Por supuesto, la llave tenía que ser la última.  El bombero salió tambaleándose y aspirando desesperado. Dejó las huellas de sus botas estampadas en el piso. La casa del señor Freddy estaba cubierta por una gruesa capa de polvo.

Fuimos reconstruyendo los hechos entre todos. Lo encontraron en su cama con el cuerpo ladeando como si hubiera estado sentado momentos antes. Otro dijo, el envase todavía tenía un poco de sopa. Fue el corazón –decían otros- El bombero encontró un celular con llamadas perdidas. Uno de los datos más dantescos lo aportó una vecina que había investigado en internet casos semejantes: Las moscas atacan los globos oculares, la boca y las narices, los gusanos pronto hacen el resto. Y por supuesto mi propia versión. Para mí, quién lo mató (sin querer por supuesto) fue el cocinero de La Barca, porque una vez compré allí una sopa de costilla y no me quedaron ganas. Cuando la destapé había una repugnante capa de grasa que flotaba entre verduras y cilantro. Si a eso le sumas las hamburguesas y las papas fritas, era cuestión de tiempo para que se le taponaran las coronarias. Por cierto, el empleado de la barra del restaurant, fue quién sacó la cuenta. Cinco días. Después del domingo no regresó por más.

No salíamos del asombro. ¡Claro! Creíamos que estaba en San José. Por cierto, la familia fue contactada gracias a las llamadas perdidas. Si, lo habían llamado, pero el viejo pasaba días con el celular apagado y muchas veces no se reportaba.

Cuando salí del trabajo, aun consternado, me fui a clases. Ya sabes que retomé los estudios en la universidad. Me encontré con que no teníamos clases porque el profesor venía a notificarnos que sería intervenido quirúrgicamente y había que replantear la materia para el próximo semestre. El Profe hizo un comentario sobre los riesgos de la operación y de allí surgió una conversación que giró en torno a la muerte y el más allá. El Profe es un hombre muy sabio. Como éramos pocos, hicimos un círculo en torno a él. Yo le conté lo ocurrido. El Profe se acarició la barba antes de contestar: Todo es causa y efecto. Algunas veces ocurren cosas que parecen injustas, pero en realidad son actos de amor. Por lo que me cuentas, ese hombre vivió su vida aislado, creyendo que podía vivir sin la ayuda de sus semejantes. Entonces recibió la última lección de su vida, estando muerto –Estábamos impresionados por las palabras del Profe-  Su espíritu debió quedarse junto a su cuerpo en espera a que algún vecino lo ayudara. Era necesario que ninguno de ustedes asociara el olor con su ausencia y durante cinco días debió experimentar una lección angustiosa de convivencia. Una compañera de clases, impresionada por el relato y el análisis dijo: Lo que pasa en el edificio del compañero, pasa también en el mío.


Cuando llegué a casa, el olor se había expandido. Habían abierto las puertas y tratado en vano de desinfectar el apartamento. Según me cuentan, llegó la familia. Resulta que el hombre tenía mujer y una hija que lloraban escandalizadas, impactadas por el horrible final. Los bomberos recomendaron espolvorear café, pero no surtió efecto. La familia lavó lo mejor que pudo el apartamento, pero el edificio quedó impregnado de una mezcla espantosa de putrefacción y agua de rosas. Todos recordábamos las pocas cosas buenas del vecino. Mis hijos estaban impresionados y hacían muchas preguntas. Con congoja, mi esposa y yo nos asomábamos al balconcito y nuestras miradas tropezaban con los enormes calzoncillos colgados en la cuerda.  Mi esposa decía: A lo mejor no fue fulminante, tal vez agonizó y ninguno de nosotros fue capaz de ayudarlo.

El vecino fue sepultado en San José, por eso ninguno de nosotros pudo asistir debido a la distancia, pero en los días siguientes apareció en la cartelera del edificio, un aviso notificando que se haría una misa por su descanso eterno y todos estuvimos de acuerdo en asistir. Era el último gesto de convivencia y solidaridad que podíamos tener. Tomamos la iniciativa de intercambiar números telefónicos y correos para estar preparados en caso de emergencia. Nos sorprendimos al darnos cuenta que ninguno sabía el apellido del otro. Para mi vergüenza descubrí que el señor Freddy se apellidaba como yo. Por las noches, yo cerraba los ojos y me imaginaba al señor Freddy flotando, anclado a su cadáver, suplicando ayuda sin voz audible, desesperado al ver su cuerpo descomponerse.

Quince días después, me armé de valor y me dispuse ir a misa. Adopté el gesto más circunspecto que pude y me fui, pero cuando llegué y me senté en la última banca, me llevé una sorpresa. Apenas tres vecinos asistimos, el resto nunca apareció. Al salir, cada quien cogió por su lado como si nos estuviéramos evitando a pesar de que todos íbamos de regreso para nuestro edificio. Los vecinos que fallaron después se diluyeron en excusas. El choque inicial ya se estaba superando y las cosas parecían volver poco a poco a la normalidad, aunque las paredes impregnadas nos recordaban lo contrario.

¿Chicho? ¡Ese desgraciado! Su excremento sigue siendo un problema. Hemos hablado con la dueña, pero alega que se escapa por las noches y que no puede mantenerlo encadenado. Además, dice que un gato es capaz de colarse por cualquier espacio. Hemos tenido varias reuniones y un vecino denunció el caso ante una oficina de salubridad pública. Todavía no hemos llegado a algún acuerdo. Los más drásticos han sugerido envenenarlo. Pero no es fácil, el gato es un animal desconfiado. Con solo oler el manjar, lo descartaría de inmediato. Además, creo que ninguno de nosotros tiene el valor de llevar a cabo esa tarea.

Esto es un drama urbano. Somos como un gran palomar, un barrio de pie. El diseño y la estructura de un edificio imposibilitan el acercamiento. Somos tacos apilados. Mi piso es tu techo y viceversa. Todo el día trabajas y sólo llegas a dormir y a refugiarte.
El tipo murió como vivió. Tan aislado que nadie lo extrañó. Ni siquiera su propia familia le echó de menos y eso es lamentable. ¿Qué pasó después?  Creo que el olor desapareció o poco a poco, o nos fuimos acostumbrando. El apartamento fue vendido y se instaló otra familia.

Buenos días o buenas noches, nada más. La cercanía que nos prometimos, poco a poco se disipó. Volvimos a lo mismo. Cada quién vive tras su puerta cerrada.


 Roberto Molinares


Este relato fue publicado por EDITORIAL TORCAZA de Colombia en agosto 2020


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lunes, 31 de agosto de 2020

La Balalaika, el Guardaespaldas y el Maestro


Por Alí J. Reyes H.

Para Natalia Riazanova de Malaspina y Edgardo Malaspina 




La música es una evocadora de historias. Eso me pasa cada vez que oigo “El tema de Lara”. Pero no por la película o el libro de Boris Pasternak, sino por mi modesta balalaika.


Advierto que no paso de ser un aficionado ejecutando el instrumento, pero a pesar de mis deficiencias esa triangular artesanía folklórica representa mucho para mí, sobre todo por esa dedicatoria en su tapa. Recuerdo muy bien cómo conocí al que la hizo.
Fui llamado al despacho del  jefe de Seguridad  del Parlamento Ruso, Valentín Perfilyev. Quien estaba de pie al lado de un hombre calvo entrado en años, con unos lentes que le hacían ver como un intelectual y que me pareció ligeramente familiar. Entonces Perfilyev, dirigiéndose al señor de manera muy ceremoniosa le dijo.
 ─Maestro, le presento al joven Ivanov.
Entonces Perfilyev me preguntó.
─¿Sabes quién es este caballero?
La verdad es que en ese momento no estaba en condiciones de identificar rostros. La fatiga, originada por la falta de sueño y los sobresaltos de las últimas horas, me embotaban.

 Recordemos que el día anterior, lunes 19 de agosto de 1991, los medios estatales habían anunciado que el Secretario General del Partido y Presidente de la URSS, Mikhail Gorbachov estaba gravemente enfermo en su dasha de campo de Crimea y que en vista de eso todos los poderes del Estado habían sido transferidos a un “Comité de Excepción”.  



Pero esa misma tarde se supo que todo era una excusa para un golpe de estado fraguado por el ala militar y la KGB. En vista eso la mayoría de los que trabajábamos en el Parlamento decidimos permanecer en la sede en respaldo del Secretario General y de Boris Yeltzint, el presidente de la Federación Rusa, quien había denunciado que el camarada Gorvachov era víctima de un secuestro. El rumor de que éramos el próximo objetivo de los golpistas se materializó cuando vimos los tanques rodear el enorme perímetro del Parlamento.



 En ese momento nuestra sedentaria rutina de funcionario público dio un vuelco, cuando a todo el personal de seguridad se le asignó un fusil AK 47. 

Y ahora que lo pienso, ¿Qué podíamos hacer con esos fusiles ante el avance del Ejército más poderoso de este lado del mundo? Por otro lado era lógico pensar que entre la muchedumbre acampada en la explanada del Parlamento -desafiando la lluvia con carpas improvisadas con láminas de plástico, paraguas, impermeables y construyendo barricadas en apoyo silencioso a Gorbachov y su perestroika - era fácil infiltrar agentes de la KGB. El caso era que estábamos conscientes de que podían ser nuestras últimas horas, y de paso las vivíamos sin haber dormido bien y a turnos redoblados. En eso habíamos estado las últimas veinticuatro horas y mi Jefe pretendía que yo acertara a saber quién era el que estaba con él. Por eso me limité a responder.

─Perdón…en realidad no sé.
─Entonces le presento al maestro Mstislav Rostropovich.
En ese momento quedé de una pieza de puro asombro. Estaba ante  el músico ruso viviente más famoso del momento, y ante el chelista más grande de todos los tiempos.
Por fortuna el Maestro reaccionó por mí. Me sonrió y se adelantó a estrechar mi mano, a lo que solo pude balbucear.

─Mucho gusto Maestro… Soy Yuri Ivanov.
Entonces el Jefe se dirigió a mí.
─El Maestro ha venido a apoyar al pueblo ruso, y usted deberá protegerlo en todo momento a costa incluso de su propia vida ¿Entendido?
A lo que, de forma rápida terció Rostropovich dirigiéndose a mí.
─No lo tome tan en serio…solo tenga en cuenta que somos compañeros de armas…Por cierto…¿Me puede mostrar el lugar? Es que necesito estirar las piernas.

Ese “estirar la piernas” fue una caminata enérgica alejándonos del edificio rumbo a las barricadas hasta el mismísimo puente Kalinín y el borde del río Moscú, donde los jóvenes observaban el movimiento de los tanques y se reunían alrededor de los pocos radios de onda corta que sintonizaban emisoras extranjeras, las únicas que daban noticias.



 Era la noche del martes y algunas de las luces de esa inmensa mole de mármol blanco del Parlamento que por cariño llamamos “La Casa Blanca”, era quebrada por la serie de fogatas donde la gente permanecía. Luego, cuando nos devolvíamos, se interrumpió la música de la emisora local “Radio Casa Blanca” que emitía por los altoparlantes y la locutora, con verdadero entusiasmo anunció.

─¡Buenas noches Moscúuuuuuu! Me alegra anunciarles que con nosotros se encuentra alguien que quiso estar al lado de sus compatriotas en esta hora crítica ¡El maestro Mstislav Rostropovich !

Hubo un momento de silencio hasta que, por toda la oscura explanada estalló una clamorosa ovación. Allí comprobé que las nuevas generaciones tienen una sólida cultura musical porque fueron muchos los que lo reconocieron. La mitad de la noche se la pasó atendiendo a la gente que lo interceptaba para pedirle autógrafos, muchas familias lo buscaban para tomarle fotos con sus niños, brindarnos comida o simplemente estrecharle la mano.

En algún momento nos invitaron a comer con un grupo. Agradecimos su comida pero, aunque no la aceptamos, sí nos sentamos con ellos a tomar café. Y fue así, a la incipiente luz de una fogata, que el Maestro pudo referir cómo hizo para estar con nosotros esa noche.


─Me enteré del golpe de estado el lunes temprano, en mi casa de París. Eso me afligió porque los progresos democráticos logrados poco a poco hasta ahora, se desvanecerían. Pero ese mismo día también supe que había una reacción popular. Fue así que comenzó un conflicto interno…¿Voy o no voy?...Yo estoy vetado a entrar en la Unión Soviética,  lo peor  que me podía pasar -y todavía es así- es que mis viejos huesos fuesen a parar en un nuevo Gulag. Además tenía que dejar a mi esposa sola porque no iba a permitir que ella corriera peligro…Por otra parte sabía que en ese momento se estaba escribiendo la historia de la madre Rusia y yo quería ser parte de eso.  Pero cuando oí el llamado que Boris Yeltzin hizo al mundo desde la torreta misma de un tanque me dije: ¿Cómo es posible que, mientras tanta gente arriesga su vida por la Democracia, yo no haga nada? Y determiné que con mis setenta y cuatro años ya había obtenido todo lo que la vida puede dar.



Entonces, de inmediato y a escondidas, me puse en contacto con mi abogado y pasé la noche finiquitando mis asuntos y dictando mi testamento. Dejé también una extensa carta para Galina, mi esposa, que debería leerla cuando yo estuviera lejos de Francia.
El Maestro hizo una larga pausa…La temblorosa luz de la fogata se reflejaba en sus lentes, los que se quitó para esconder el rostro y hacer como que los limpiaba, pero todos supimos que era para disimular una lágrima. Se volvió a colocar los lentes y prosiguió.

─De esa forma tomé los vuelos hacia acá. Fue un viaje expectante porque lo más probable era que no me dejaran entrar a la Unión Soviética. Así que iba crispado de nervios cuando me acercaba al punto de control con mi maleta.
─Sus  documentos por favor.
Le pasé mis documentos… el empleado se quedó viéndome, y al bajar la vista al pasaporte exclamó.
─¡Maestro!...Qué placer conocerlo.
Resulta que se trataba de un violinista de la orquesta de su municipio. No obstante, al comprobar que yo no tenía visa se dio cuenta de mi condición de proscrito y me hizo la consabida advertencia, pero yo lo convencí de que se trataba de una convocatoria de emergencia a una conferencia de expatriados. Entonces se dedicó a persuadir a sus compañeros para que sellaran todo lo que me hacía falta.
Cuando logré traspasar las puertas del aeropuerto le pedí al taxista que me llevara rumbo al Parlamento y solo me pudo dejar en las adyacencias. Y total… Aquí estoy.


No fue hasta muy entrada la madrugada cuando pudimos dormir un poco en uno de los sótanos del Parlamento que en ese momento funcionaban como bunker. Pero temprano en la mañana, y aún bajo la lluvia, el Maestro fue llamado al segundo piso de la mezzanina y desde el balcón dirigió un saludo a los acampantes. Mientras que la explanada vibraba con el estruendo cadencioso de: ¡ Ros-tro-po-vich ¡ ¡Ros-tro-po-vich!






Pero no todo era euforia. Unidades blindadas seguían llegando a Moscú, la gente lo único que podía hacer era rodear a los tanques y gritarle que no dispararan. Pero los blindados se apostaban al otro lado del río, apuntando sus cañones al Edificio. Esa misma mañana supimos de algunos incidentes en la avenida Kalinin con saldo de varios heridos y el primer manifestante muerto. Las familias que tenían niños en la explanada del Parlamento fueron conminadas a salir pues nadie les podía garantizar seguridad. Corría el rumor de que los comandos de élite del grupo Alfa iban a intervenir en cualquier momento. Así que lo mejor era resguardar la vida del Maestro, y lo más seguro era llevarlo hasta una embajada cercana mientras se definía el pulseo de la Resistencia contra la Junta de Gobierno. A lo que me respondió.

─Gracias, Yuri. Agradezco que te preocupes por lo que me pueda pasar. Pero yo vine acá a compartir la suerte de ustedes y créeme…debo estar aquí porque me es imposible estar en otra parte.

Varias veces el Maestro fue llamado a los estudios de Radio Casa Blanca, la emisora local improvisada en el sótano del edificio. En algún momento había una fila de senadores que daban cuenta de los avances de las conversaciones con representantes de otras instituciones y hasta con mandatarios extranjeros. Y en una de esas esperas la fatiga me venció de tal forma que en la silla donde estaba sentado me incliné al costado del Maestro con la culata de la kalashnikov apoyada en mis piernas. Mi sueño fue tan profundo que el Maestro tuvo que empuñar el arma con su mano izquierda y con su brazo derecho me sujetó para que pudiera dormir en su pecho sin ser molestado.




Un reportero gráfico llamado Yuri Feklistov tomó una instantánea y ésta recorrió al mundo con el titular “¿Quién guarda a quién?”.

El haber estado con el Maestro, me proporcionó mis quince minutos de fama. Por cierto… Ahora que lo pienso… El hecho de poder relatar esta historia y no estar recluido en Siberia o a dos metros bajo tierra, se lo debo a la valentía del jefe del comando especial Alfa, que a riesgo de su carrera y su propia vida se negó a que el grupo antisecuestro interviniera en un conflicto político.

Esa misma tarde el diputado Yuri Karyankin, al reportar a la nación la victoria obtenida por el movimiento democrático de resistencia contra el Golpe de estado, dijo: “Por primera vez en el siglo XX, Dios ha sonreído a Rusia”.



El jueves 22 de agosto una multitud de más de cien mil personas desbordó la explanada del Parlamento y sus adyacencias para celebrar el colapso del intento de golpe junto al propio Gorbachov, y entre los oradores estuvo Rostropovich que se limitó a decir:
─Moscovitas, ustedes me han dado dos de los días más felices de mi vida.


El día siguiente fui al aeropuerto a despedir al Maestro. Llevaba conmigo la balalaika y le di un rotulador de punta fina negro para que me la firmara…Él se negó porque para él, por principio, todo instrumento es valioso y no debe ser dañado. Pero yo le insistí y accedió. 

Después de eso le pedí que tocara algo. Lo único que recuerdo de lo que ejecutó, es la banda sonora de la película Doctor Zhivago, el “Tema de Lara”, que de ese momento en adelante no puedo oír sin evocar al Maestro.




Alí J. Reyes Hernández
Escritor venezolano. 
Ha publicado dos libros de cuentos, Tigrero (2002) 
Portugal mar afuera y otros relatos (2012). 
Se caracteriza por darle a la crónica el formato de cuento, 
con una narración rápida, directa, breve y de finales contundentes.
Además, administra la bitácora miscelánea: 
En la actualidad reside en Maringá (Brasil)


miércoles, 5 de agosto de 2020

Ojos de Búho

NUEVAS FOTOS DE ROBERTO MOLINARES

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