RELATOS Roberto Molinares

lunes, 16 de mayo de 2022

Aleluya

                                                                                                  Por Roberto Molinares


"La música puede dar nombre a lo innombrable

y comunicar lo desconocido".

Leonard Bernstein



Queríamos comprobar lo que ocurriría al colocar limaduras de hierro sobre el cuero de un tambor y exponerlas al sonido de diversos géneros musicales

    Salí del laboratorio con una sensación de asombro que sobrepasaba mi capacidad de razonamiento. Habíamos puesto un puñado de limaduras de hierro sobre el cuero templado de un tambor, para hacerlas vibrar por el efecto del sonido de diversas muestras musicales. Todo ello, bajo la acción de un campo electromagnético generado por potentes imanes contrapuestos a través de un solenoide. Lo que nos proponíamos era un ejercicio lúdico, una manera de divertirnos a costa de la ciencia y sus procedimientos. La proposición había surgido casi como una apuesta en una noche de copas en que nos habíamos distendido del duro trabajo del laboratorio del Tecnológico de California, y nos atrevimos a invitar a bailar a nuestras hermosas colegas.

La tarde de un viernes de agosto de 1958, dejamos colgadas las batas de trabajo y olvidamos los implementos de ciencia para abrirnos paso en la noche de la ciudad. Unos cuantos tragos fueron suficientes para liberarnos de la rigidez. Estábamos a expensas de otras fórmulas; la bioquímica cerebral imponía un estado de euforia al son del Rock around clock, de Bill Haley. Bajo los efectos del alcohol, ellas bailaban y contorsionaban sus cuerpos. Nosotros, podíamos apreciar la otra faceta, la que siempre estuvo allí, bajo el atuendo de intelectualidad, escondida detrás de gruesos lentes y un léxico repleto de términos científicos que en muchas ocasiones desanimaban nuestros acercamientos.

Uno de nuestros compañeros, por encima de la cadencia de la música, dejó flotando una premisa.

―No solo es el alcohol. Es la música. El ritmo mismo está produciendo un gran efecto en nuestro cerebro. Algo pasa allá dentro y eso debemos estudiarlo.

………………….

    Unos cuantos días después, armados de un fonógrafo y una torre de discos de acetato, preparamos el laboratorio. Veronica Allen, una de nuestras colegas, se presentó con un ayudante que cargaba un enorme tambor granadero proveniente de los depósitos de la banda del Instituto. Queríamos comprobar lo que ocurriría al colocar limaduras de hierro esparcidas sobre el cuero del tambor y exponerlas al sonido de diversos géneros musicales. Una corneta fue introducida en la parte hueca del instrumento. El influjo de un campo electromagnético era vital, aunado al sonido, para que se pudieran generar algunas reacciones en los elementos. En efecto, así ocurrió. Las limaduras vibraban, se desplazaban y agrupaban creando patrones geométricos sorprendentes e interesantes.  El experimento parecía arrojar algo evidente, mientras más bajos fueran los instintos que la música exaltara, más caóticos eran los dibujos plasmados por el agrupamiento de las limaduras.  Los efectos de la estridencia de las guitarras eléctricas y la percusión de las baterías de las bandas de rock and roll, quedaron  registradas en nuestras bitácoras. Por supuesto, en un experimento como este, donde  pretendíamos estudiar la incidencia de la música de moda, no podíamos dejar de lado a un fenómeno como Elvis Presley. Con las interesantes reacciones de las limaduras, comprobamos en parte, la razón del frenesí de las chicas y el por qué, se desmayaban en sus conciertos. Su voz grave y profunda, o tal vez el ritmo de sus temas, hacían que las limaduras se amontonaran en interesantes cúmulos. Eran dibujos que semejaban curvas y espirales. Asombroso.  


Las partículas magnéticas de hierro sobre placas de Chladni pueden dibujar
figuras que dependen de la frecuencia del sonido a la que han sido expuestas.

    Probamos con música folklórica y otros géneros en boga. Todo indicaba que la armonía que se desprendía de algunas piezas, suscitaba formas simétricas en los puñados de hierro. Hasta que alguno de los colegas sugirió probar con algo más serio, música clásica. Si Elvis hacía eso, qué no haría algún maestro de la música académica.

    Mientras la pregunta flotaba, yo tomé la iniciativa por el hecho de corresponder a una rara dicotomía: era un hombre de ciencia y al mismo tiempo, un hombre de fe. La segunda faceta me avergonzaba un poco. No me era fácil admitir mi espiritualidad delante de cerebros apertrechados de lógica, racionalidad y argumentos sólidos. 

    ―Colegas, les propongo a Händel. Se dice que “El Mesías”, es el oratorio más famoso de la humanidad. ¿Qué les parece?

    Hubo un leve, pero evidente intercambio de miradas. Dos de las compañeras asintieron casi de inmediato, otros se miraron con dudas, pero en la torre de discos no había ningún acetato con la música de Händel. Harry, uno de los compañeros tomó las llaves de su coche.

    ―Mi padre vive cerca de aquí, es melómano y tiene una colección impresionante de obras clásicas ―dijo, mientras esperaba la aprobación para ir en busca de “El Mesías”. El doctor Morton, el científico de mayor edad y experiencia del grupo, quedó petrificado. Al parecer, la palabra “Mesías”, había producido algún escozor de tipo religioso, no solo en él, sino en varios compañeros. La academia siempre se había opuesto a cualquier intento de remar hacia corrientes espirituales. La sola mención del término, había generado una especie de sobresalto en el grupo. El doctor Morton habló luego de unos segundos de tensión.  

    ―Muchachos… ¿Por qué no? Hagámoslo.


………………….


    En los días siguientes al experimento, dediqué mi escaso tiempo libre a frecuentar la biblioteca pública. Quería hallar una respuesta más allá de lo observado en el laboratorio. Atiborré la mesa con libros en búsqueda de la historia del proceso de creación de la extraordinaria obra de Händel. 

    La estancia bien iluminada por cristales, aprovechaba la luz natural que en las horas de la tarde matizaba la sala con tonos del ocaso. El recinto era custodiado por una anciana bibliotecaria de gruesos espejuelos que soportaba con resignación mi resistencia a abandonar la sala antes de la hora de cerrar.  


    Enfrascado en mi investigación, asistí casi todos los días, hasta que hallé un tomo que parecía gozar de verdadera antigüedad. Lo certificaba su apariencia ocre y el olor mohoso de sus páginas. Era un libro enfermo que por su precariedad ya no debía estar en las estanterías. Tomé mis previsiones. No niego, que como científico, temiera contraer un hongo. Saqué del maletín un par de guantes quirúrgicos y usé una máscara que empleábamos con frecuencia en el laboratorio para mantener resguardados los ojos, las fosas nasales y la boca. “Aleluya”, era su título. Curiosamente el nombre del autor aparecía borrado en la tapa y el lomo. En su interior tampoco hallé la identidad del escritor, salvo en la primera página, donde estaban garrapateadas unas iniciales en medio de una añeja mancha de tinta: HG. Contenía en parte el relato de Samuel, el fiel criado y secretario de Händel y, en parte, la historia contada por el mismísimo maestro, donde atestiguaba los detalles en torno a la construcción del célebre oratorio.





 Eran fragmentos tomados de los diarios personales de ambos, hábilmente entrelazados, produciendo una complementariedad que ampliaba el panorama ante mis ojos. Dichos fragmentos registraban las impresiones de la enfermedad del maestro y el proceso de creación de “El Mesías”. Había encontrado una verdadera joya. Lo abrí con reverencia. Al pasar cada página, temí que se desintegrara en mis manos: 

«1737 fue un año especialmente difícil para mí. Estaba más allá de la madurez, en el inicio del declive físico por la edad y me abandonaban las fuerzas y el brío que se tienen cuando se es joven. Al esforzarme más allá del límite de mis capacidades, tras componer cuatro óperas en menos de doce meses, sufrí un ataque que me dejó con el cuerpo parcialmente paralizado. Era una situación tremendamente desalentadora».

    La voz de Samuel, su criado y secretario, ahora hablaba: 

«El maestro ha quedado desecho. Es un guiñapo tirado en una cama. El médico no me ha dado buenas noticias. Ante mis esperanzas por la recuperación de su genio y capacidades, ha sido lapidario: Puede que hayamos salvado al hombre, pero el músico se ha perdido para siempre. Cuando esto escuché, me fue imposible contener las lágrimas. El médico piensa que su cerebro ha sufrido lesiones graves y permanentes. Iniciamos el calvario de una recuperación muy lenta que retrocedía cuando pensábamos que habíamos alcanzado alguna mejoría. Sin duda, tanto el maestro como mi persona, padecemos además, la angustia que se desprende de la acumulación de deudas por medicinas y honorarios médicos. Le he visto bajar de peso y desmejorar su rostro, pero contrario a lo que me suponía, la pérdida de algunas libras de su robusto cuerpo, lo ayudó a volverse algo más liviano para movilizarse. Fue así como nos dirigimos a Alemania en busca del tratamiento de las aguas termales de Aix-Capelle en Aquisgrán, huyendo al mismo tiempo del tormento de los acreedores».

    Mientras avanzaba en mi lectura, me compenetraba en el drama del compositor: 

«Estoy rogando por un milagro. ¿De qué me sirven estas manos si no me es posible producir música? ¿Para qué he desarrollado la capacidad de componer, si no puedo glorificar el nombre del Altísimo?».

    Como si se tratara de una tortura, Händel llevaba al límite la resistencia al calor de los baños termales: 

«El maestro ha contravenido las recomendaciones de los médicos de Aix-Capelle. Le han dicho insistentemente que debe permanecer un máximo de tres horas sumergido en esas aguas sulfurosas. Más tiempo, puede resultar contraproducente. Eso significa que su temperamento está intacto, pero temo por su vida. Los médicos no dan mucha esperanza. Aun así, le he visto escaldarse como un huevo hervido durante nueve horas y su piel ha enrojecido hasta un tono alarmante».

    El relato daba cuenta de la osadía del genio. Parecía un intento suicida. Si no recuperaba sus capacidades, más le valía la muerte. En realidad, Händel estaba dispuesto a dar, la vida por la vida. La temeridad resultó, una lenta pero asombrosa recuperación comenzó a manifestarse. El milagro que Händel pedía, estaba por concedérsele. Ante el asombro del cuerpo médico de Aix-Capelle, George Frederich Händel, empezó a recuperar su movilidad.

«…Sus fuerzas habían regresado. Por ello, nos dedicamos a hacer enérgicas caminatas que encumbraron su espíritu. En nuestro recorrido habíamos pasado por una modesta catedral totalmente desierta. El tinte de la tarde invadía los vitrales. Un agradable aroma a cirios derretidos danzaba en el ambiente. El maestro entró y fue directo hacia el altar. Parecía estar dispuesto a la oración, pero su lenguaje, más que las palabras, era la música. No se arrodilló, ni rezó, aunque lucía emocionado; su respiración era profunda. Fue directo al clavicordio. Sus dedos corrieron en el teclado en una inusual improvisación. El maestro ejercitaba su brazo y su mano derecha antes paralizada. Aquello no era música. No podía serlo. Era la más genuina oración de agradecimiento que jamás se hubiese ofrecido en templo alguno.

    ―Samuel, he vuelto del Hades ―me dijo…».

    Aun cuando Händel había superado lo peor, al regresar a su residencia en Inglaterra, las cuentas seguían amontonándose. Los teatros que habían permanecido cerrados a causa de la guerra contra España, eran reabiertos con otras preferencias musicales. Su propuesta operística era agua pasada. Estaban en boga los espectáculos musicales con el protagonismo de célebres cantantes que habían sido castrados en la pubertad para conservar sus registros angelicales. 

«…Señor, es cierto que he recibido un milagro muy grande y estoy muy agradecido.  Me has devuelto mis capacidades, mi virtud y la agudeza de mis dedos. Sé bien que puedo ejecutar el clavicordio mucho mejor que antes de sufrir el ataque, pero ahora, mi música es desdeñable a causa de las nuevas predilecciones. He quedado en el olvido, me ha abandonado la inspiración…».

    Samuel, anotó en su diario:

 «…se encuentra con frecuencia deprimido y malhumorado. Todavía hace sus caminatas, pero las realiza al anochecer para no ser visto por inoportunos acreedores. Al regresar, intenta componer un poco, pero termina frustrándose pronto».

    Una tarde de verano de 1741 el maestro Händel recibió un paquete de Charles Jeaness. 

«… Al leer su carta fue grande mi enojo. ¿Cómo se atrevía a pedirme la música para un oratorio alegando haber sido inspirado por el Espíritu Santo? Parecía una burla. Todos los gustos musicales habían cambiado y yo estaba tan desasistido de ideas, que enfrentar el proyecto me parecía totalmente absurdo. Pero luego, al abrir el paquete y comenzar a leer, no me quedaron dudas. La inefable Palabra de Dios cobró vida y susurró en mi corazón de una manera única. Era una cita del libro del profeta Isaías: Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén; decidle a voces que su tiempo ya es cumplido, que su pecado es perdonado…».

    Escribe Samuel:

«El maestro corrió a encerrarse en su estudio. Le escuchaba golpear las teclas del clavicordio de forma intensa y acelerada. Era obvio que el chispazo había incendiado un bosque. Le oía levantar la voz al hacer de tenor, de bajo o barítono y lo que escuchaba me erizaba la piel a pesar de que sabía que se trataba de vagos fragmentos de una obra que se iba convirtiendo en monumental. Me preocupaba su salud, pues parecía desquiciado. Temía interrumpir su proceso creativo y me alarmaba al retirar la bandeja de alimentos, pues estos estaban casi intactos. No levantaba la mirada del papel mientras transcribía la música frenéticamente. No, definitivamente no es bueno interrumpir a un genio mientras trabaja.

»…mis temores iniciales se acrecentaron con el paso de las semanas que duró el proceso durante el cual durmió poco y no se aseó como correspondía. Había adelgazado bastante. Debo confesar que concluyó la obra en estado de ayuno intermitente y yo me sentía culpable al no lograr sacarlo de su excitación para obligarlo a comer.

»…finalmente, al cabo de veinticuatro días, abrió las puertas de su estudio con un manojo de partituras bajo el brazo. Su rostro lívido, parecía brillar como el de Moisés al descender del monte con las tablas de la Ley. Su mirada era la de un demente. Debí suponer que no estaba bien, así que hice traer al médico para que le examinara. El galeno comprobó la extraña conducta y preguntó.

»― Maestro, ¿Qué le ocurre?, ¿Acaso el demonio ha entrado en usted?

»―Al contrario, estimado doctor, siento que Dios ha hecho morada en mi corazón ―contestó con una sonrisa―. Tras examinarlo, el médico lo apreció algo pálido, pero acotó que lo encontraba en óptimas condiciones. Cuando se marchó el médico, el maestro comió con apetito voraz y se fue a la cama por casi diecisiete horas consecutivas. 

»Cuando despertó parecía estar en un estado de beatitud increíble. 

»―Mi fiel Samuel. Cuánto agradezco tu preocupación por mí. En este momento te pago con creces tu dedicación y entrega. 

» ¿A qué se refería el maestro? Yo mismo llevaba cuenta de los ingresos y sabía bien que estábamos quebrados.  Las libras esterlinas que guardábamos apenas nos alcanzaban para comer. 

Como si estuviéramos en un teatro fastuoso, me invitó a pasar al estudio con una venia.

»―No tengo otra manera de pagar tu fidelidad y apoyo incondicional. Cuando todos se escandalizaron por mi fracaso y mi enfermedad, tú me demostraste que no solo eres un competente criado, sino que eres un verdadero amigo. Habrás de ser la primera persona que oiga la maravilla que recibí del Señor.

»Se sentó al clavicordio. Cantó y tocó el oratorio entero para mí. Un privilegio. Hubo un momento en que mi cuerpo temblaba sin control. Me pareció que aquello era lo más hermoso que ser humano hubiera escuchado jamás. Por si fueran pocas todas las emociones en mí desbordadas, el segmento final fue, El Aleluya. Yo me hallaba transportado al cielo y mis lágrimas eran un torrente indetenible. 

»Si yo, siendo un ignorante, había podido apreciar y reconocer una obra maestra, no era de extrañar que la sociedad cultural del país entero se conmocionara desde los mismísimos ensayos. El oro había sido pasado por el crisol del fracaso y el sufrimiento, y había quedado sin impureza alguna. Si la recuperación del maestro era un milagro, ¿cómo podía tildarse la obra? Ambos, creador y obra, eran parte de una misma manifestación única y Divina. Fui el primero en escucharlo. Después de mí, reyes y plebeyos, ricos y pobres, cultos e ignorantes, creyentes y blasfemos, se rindieron ante el poder indiscutible de la obra.

………………….

    Cuando el doctor Morton hizo sonar el fonógrafo, atestiguamos el prodigio. Las limaduras saltaron y dibujaron espectaculares filigranas. La emoción era indescriptible, pero el oratorio nos deparaba una sorpresa todavía más contundente. El Aleluya, era el último movimiento de la obra. Ocurrió algo difícil de imaginar. Las limaduras se movilizaron tras la vibración hasta formar una estrella perfecta de cinco puntas. ¿Cómo podía ocurrir esto? Una estrella es un símbolo de complejísima abstracción y diseño. Un patrón de absoluta carga alegórica. Una muestra del desarrollo estético del ser humano. Un trazado para simbolizar un astro. 

    Todo esto indicaba que la música de Händel era matemática pura, absoluta geometría, derroche de energía y espiritualidad. No cabíamos de asombro. Si los materiales inertes respondían de tal manera a la música de Händel, era comprensible que nuestros corazones estuviesen a punto de estallar. 

    Cuando la música cesó, se escucharon largos suspiros. Las chicas del grupo se enjugaron las lágrimas. Muchos estábamos boquiabiertos. Otros, con los ojos desorbitados, permanecían contemplando  la estrella sobre  el cuero del tambor.  El doctor Morton se puso de pie como gesto de respeto. Nosotros lo imitamos. Morton quería decir algo, pero se adivinaba un nudo en su garganta y no quiso exponerse al quiebre. Sin embargo, inició, conmovido, un tímido aplauso. Nos sumamos convirtiéndolo en una pequeña pero cálida ovación. Los hombres y mujeres de ciencia aplaudíamos a Händel de pie.

Desde mi corazón, musitando, solo pude decir:

―Aleluya, Aleluya.


Roberto Molinares, Caracas, diciembre de 2021



El cuento Aleluya resultó finalista en la XIV edición del Concurso de Relatos Históricos Hislibris de España. El jurado valoró el relato por su calidad literaria, verosimilitud y contextualización histórica, ubicando la obra en sexto lugar, entre 120 cuentos concursantes en la categoría de cuentos cortos. Los diez mejores relatos cortos serán publicados en la antología correspondiente a la edición de 2021 - 2022. 

https://www.hislibris.com/


sábado, 30 de abril de 2022

Constelación Azul

 El rayo de esperanza que me abraza...



Constelación Azul es un tema nacido en 2020, en plena pandemia, cuando la fe de muchos sucumbía y veíamos con horror lo que ocurría en el mundo entero. 

Surgió durante una caminata obligada, en búsqueda de víveres para mi familia, ya que no había servicio de transporte público. Todo era desesperanzador y el miedo nos paralizaba. Pero ese día, con cada paso, una musiquilla se instaló en mi cabeza y fue cayendo la  letra entera, poco a poco como una gotera. Esto es lo que llamo, inspiración e iluminación. Un tema recibido como si alguien lo dictara. Un regalo de Dios.


Aunque cada propuesta musical, es una entrega del autor para que el oyente la interprete, analice y haga suya, me atrevo a revelar, que se trata de un tema donde confluyen tres agradecimientos. Se canta a la mujer amada, a la tierra donde nacimos y a Dios... Todo esto, casi al mismo tiempo, sin que exista una separación en el discurso poético en un tema rítmico y pegajoso.


Agradecido por la compañía y el acompañamiento, (dos cosas semejantes pero distintas), de mi hijo David Alejandro, un adolescente de 16 años que respira y exhala música las 24 horas del día, porque aún cuando duerme, canta. Su pasión y talento interpretativo, siempre me ayudan a dar lo mejor de mí. Agradezco a Dios por su vida y dones.


A Él sea toda la Gloria, la Honra y la Alabanza. Dios es; Ese rayo de esperanza que me abraza, el agua bendita que salpica y que me limpia...


Tema: Constelación Azul. Derechos Reservados

Letra y Música: Roberto Molinares 

Miembro 8051 de SACVEN

(Sociedad de Autores y Compositores de Venezuela)

Vocal: Roberto y David Molinares.

Cuatro Venezolano: Roberto Molinares

Arreglos: Roberto y David Molinares

Edición: David Molinares

Apoyo Logístico: Ana Amaro de Molinares

18 de Abril de 2022


martes, 21 de diciembre de 2021

San Nicolás con kipá

 Por Alí Reyes Hernández





        La puerta se abrió y cuatro niños salieron a recibirme. Luego supe que me habían esperado todo el día. “Vendrá, vendrá, ya lo verás mamá”, habían insistido mientras enseñaban el papel arrugado de un telegrama.

─¡San Nicolás!… ¡sabíamos que vendrías!

    Por momentos como estos es que he estado haciendo este trabajo. 

Hablé con ellos y les repartí los juguetes. Pero había una niña rubia que permanecía callada en un rincón. Luego de una espera prudencial me dirigí a ella.

─Hola… ¿formas parte de esta familia?

─No.

   Me lo temía… era muy extraña su actitud. Yo me había encontrado con chiquillos que rompían a llorar de miedo, pero ya sabía cómo resolverlo. Este caso, en cambio, era distinto. Nunca me había ocurrido. ¡Y vaya que tenía tiempo en esto!

     Recuerdo que inicié este trabajo para romper una frustración de mi niñez. Mientras que todos mis amiguitos disfrutaban de la navidad ─magia que solo se puede materializar en la infancia─ y sus casas se llenaban de destellos titilantes, en la mía apenas se encendían las nueve lucecitas de la Hanukkah.



 Por eso, establecido ya con mi propia familia, me dispuse a enmendar el entuerto; instalé un árbol en la sala, manteniendo apenas una lámpara de mesa para que las luces del árbol resaltaran y, ¡claro!, para atenuar las susceptibilidades ortodoxas y familiares, lo que brillaba en su cúspide era una estrella de David. Y a pesar de que mi hija Claire solo tenía dos años, sus ojos brillaban de contento al reflejar los destellos danzarines que venían de la suave penumbra interrumpida por las lucecitas del árbol.

    Al año siguiente (1957) se me ocurrió además, disfrazarme de San Nicolás. Mi parecido con Hemingway, una barba de hule adherible, y unas almohadas convenientemente colocadas, hicieron que el traje me quedara a pedir de boca. Eso lo hice para mis hijos por dos años (Claire tenía cuatro y Daniel tan solo uno) hasta que en el otoño de 1959 vi a una chiquilla con un abrigo más grande que ella, tratando de meter una carta por la ranura de un buzón. ¿La carta para Santa? Eso hizo que me preguntara: ¿Qué pasa con las cartas que no son respondidas? Llamé a la oficina de correos y me informaron que en la sección de rezagos almacenaban talegos con esas cartas. Me dirigí al correo, y luego de llenar innumerables formularios, comencé a revisar. Me sorprendieron las exigencias tan absurdas de los niños mimados; pero seguí hurgando hasta que di con una carta que me paralizó: Querido San Nicolás. Soy una niña de nueve años. Tengo dos hermanos menores y una hermana bebé. Mi papá murió el año pasado y mi mamá está enferma. ¿Puedes mandarme una cobija para evitar que mi mamá sienta tanto frío en las noches? La firmaba “Susanita”. 

    Reanudé la búsqueda con más bríos, y hallé ocho cartas más por el estilo. Las tomé y, sin salir de las instalaciones del correo, me dirigí a la oficina de telégrafos y a cada niño le envié un telegrama: “Recibí tu cartita; pasaré por tu casa. Espérame”. San Nicolás.


Saqué dinero de mis ahorros y comencé los preparativos. Así lo he estado haciendo temporada tras temporada. Si la experiencia con mis hijos fue enriquecedora, ésta lo fue más porque me enfrenté a realidades descarnadas, que al contrastar con la inocencia de la niñez, hicieron que más de una vez saliera apresurado de una casa para evitar que las lágrimas aflojaran el adhesivo de la barba.


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    Hasta que Claire, que a sus diez años ya se perfilaba como escritora, me obsequió un poema:


Ya sé quién es San Nicolás

Es un invento de los papás

Pero ahora lo quiero más

Porque sé que él es mi papá

¡Jo! ¡Jo! ¡Jo! ¡Jo! ¡Jo! ¡Jo! ¡jo!

    Ya que ella había descubierto mi secreto, la llevé donde estaban los juguetes, un espacio habilitado en el sótano. Se impresionó al ver lo ordenado que estaban. Leyó las cartas y… lloramos juntos. De allí en adelante se convirtió en mi mejor ayudante, clasificando, identificando y envolviendo los juguetes. Por otra parte, mi afición por representar al santo navideño hizo que muchos fabricantes de juguetes me enviaran cajas de sus mejores productos y hasta los locales de comida rápida competían porque comiera en ellos. Las veinticuatro horas que van de la Noche Buena a la Navidad las pasábamos ubicando direcciones en el helado ambiente y el congestionado tráfico neoyorkino.

    Pero en este momento, ante mí estaba una niña que parecía escéptica. Cosa extraña. Casos como estos deben ser abordados con cuidado, pues no tenía idea del origen de su mutismo.

─¿Cómo te llamas?

─Rut.

─Hola, Rut. ¿Cuántos años tienes?

─Siete.

─¡Acércate,  que San Nicolás no come gente! 

    En un arrebato de valentía se acercó y la senté en mi pierna.

─¿Recibiste algún juguete esta navidad?

─No.

   Busqué en el saco la muñeca más linda.

─¿Qué te parece? 

    Sus ojos se iluminaron, pero aun así guardó silencio.

…Tómala… es tuya.

─No… no puedo.

─¿Por  qué no puedes?

    Con su mirada me indicó que no quería que los otros niños se enteraran. Así que, poniendo el juguete en sus brazos,  bajé la voz.

─Bueno Rut, dímelo solo a mí, al oído.

    Se acercó y me dijo en un susurro.

─Es que yo soy judía.

    Esta vez fui yo quien se acercó a su oído. Entonces, abandonando el falsete grave del santo navideño, y con la más dulce reverencia, le dije:

Shemá Yisrael, Adonai eloheinu Adonai ejad.

   Sus bracitos se abalanzaron a mi cuello.

─¡San Nicolás!... ¡tú también eres judío!

─Sí Rut. Ese será nuestro secreto. Aunque, a decir verdad, el Niño Jesús también es judío. Entonces ¿Cuál es el problema?


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    Jay Frankston, llegó a Estados Unidos desde Europa en tiempos de la post-guerra. Ejerció como abogado, y mientras vivió en Nueva York hizo las veces de San Nicolás por doce años (1959-1971)

Caracas, diciembre del 2015


El cuento San Nicolás con kipá fue finalista en el XIV Concurso Constanti, de Tarragona, España, y forma parte de la antología 2021 del certamen.

                                                                                         
Alí J. Reyes Hernández
Escritor venezolano. 
Ha publicado dos libros de cuentos, Tigrero (2002) 
Portugal mar afuera y otros relatos (2012). 
Se caracteriza por darle a la crónica el formato de cuento, 
con una narración rápida, directa, breve y de finales contundentes.
Además, administra la bitácora miscelánea: 
En la actualidad reside en Maringá (Brasil)

lunes, 11 de octubre de 2021

La Última Bala




“…No quepo en su boca, me trata de tragar pero se atora con un trébol de mi sien.

creo que está loca; le doy de masticar una paloma y la enveneno de mi bien.

Silvio Rodríguez / Sueño con Serpientes

 

 El cuerpo del "Pandeavena" había amanecí’o dobla’o sobre las escaleras. Normalmente alguien por lástima le fuera echa'o una sábana, pero ninguno de nosotros se atrevía, sabíamos que la furia de su hermano se iba a desatá. El ojo por ojo mandaba en este la'o del cerro.

    La Negra Rosa vio como El Harry intercambiaba unas cuantas palabras con el ahora difunto. Parecían estar conversando y de repente le soltó el plomazo en medio del pecho. Una cosa rara. No fue una ráfaga de escarmiento, parecía más bien un disparo respetuoso, no un ajuste de cuentas. 


La Negra, había visto la cosa escondí’a, detrás del kiosquito, en plena madrugada, amparada por la poca luz del poste de la esquina. ¿Qué hacía la Negra a esa hora por ahí? Bueno, donde está el suceso, está ella. Chismosa como ninguna. Después se fue de lengualarga. Si lo sabíamos nosotros y si estaban enterados los del callejón, ¿No lo iba a sabé El Pescao? Pero todo seguía como si nada. El barrio estaba tranquilo a pesá de todo y lo que parecía paz, era en realidá, el temor que se sentía en la calle.

    Si me lo cuentan no lo fuera creído, pero lo vi. Así de difícil era pensá que la situación podía cambiá. Claro, si ni siquiera nosotros, los del Consejo Comunal nos poníamos de acuerdo y todo se volvía una rencilla. Frases que quemaban iban y venían y todos terminábamos pelea’os: Algunos se la tiran de revolucionarios nada más que por poné'se una franela roja. 

Otro decía: Hay unos cuantos que andan como caimán en boca e' caño, esperando que nos bajen los recursos. La otra respondía: Camarada, usted no tiene moral para exigí nada, porque usted es un irresponsable. Y explotaba aquel brollo que terminaba con un poco e’ gente ofendí’a. Entonces, algunas mujeres luchadoras, expertas en criar hijos solas, se interponían pa’ que el asunto volviera al orden y hubiera un poquito de respeto. ¿Si no podíamos nosotros? ¿Cómo se iba a acabar la violencia en el barrio? Pero la cosa cambiaba cuando había rumba en la cancha o en la esquina empezaba a sonar la Salsa, allí estábamos todos hermana’os, sobre todo si había curda, porque como dice el viejo mío; El borracho anda buscando excusa pa’ empiná, que si pa’ refrescáse, que si pa’ celebrá o porque hoy sencillamente es viernes y aquí se bebe todos los viernes y punto. (Bueno, también el sábado y el domingo). 

Esa vez lo dijo el pastor Antonio en la asamblea comunal. Que el problema estaba en el propio ser humano y que si en la casa no hay valores estamos embroma’os. Dijo que ésta generación está pegada al televisor y al celular, que los hijos se crían solos porque la madre tiene que dejá el hogar pa’ mantenerlos, porque no hay hombres que honren la familia y que no es que los valores se perdieron, sino que están invertí’os, porque esta sociedá le dice bueno a lo malo y lo malo lo consideran bueno.

 Entonces empezó a decí que la droga y la caña eran la misma varilla, que después nos dabámos golpes de pecho cuando los hijos se van por el mal camino. Y más de uno se revolvía en la silla, arrugando la cara porque les estaba dando en la llaga. Y cuando la charla se estaba pareciendo a un sermón, salió por allá, uno diciendo que él había bebí’o desde los doce años y nunca había roba’o, ni mata’o a nadie y que tampoco había proba’o la droga. Que la cosa, no era así. 

Después vino el llamado de atención del vocero principal: Aquí no se discute de religión sino sobre el barrio, el pastor puede intervení, pero que se acuerde que no está en su iglesia. Nosotros no le hacemos daño a nadie cuando nos tomamos una cervecita, que pa’ eso uno trabaja, carajo. 

El pastor se defendió: La violencia es producto de la falta de amor, del resentimiento o el maltrato, pero nunca a causa de la pobreza. Los malos son pocos y los que queremos la paz, somos muchos. La violencia  en el barrio viene por la droga y a la droga se llega, porque desde pequeños tenemos el mal ejemplo en nuestras casas. 

Después cayó un silencio en la asamblea, roto por un par de toses y por el tamborileo del lápiz del vocero principal sobre la mesa. Entre las mujeres estaba, La Capitana, que se puso en pie. Tenía encajada una boina roja sobre el pelo bachaco y duro. Como siempre, la tipa no pudo quedarse callá. 

Yo siempre tengo a Dios en la boca y no le hago mal a nadie. Allá ustedes, que después de hacé tanto mal, se meten a evangélicos y se la tiran de santos como si no fueran roto un plato. 

Los que estábamos allí, sabíamos que el pastor Antonio, tenía un pasado violento y que estando en la cárcel había cambia’o cuando abrió su corazón a Jesucristo. El comentario cayó mal, y el pastor bajó la cabeza. Eligio, el maracucho, le dio el puntillazo pa’ rematá. Si nosotros estamos equivoca’os y vos sois el único que teneís respuesta, entonces, hacé algo por el barrio. 

El pastor lanzó un largo suspiro.

Ese día la asamblea llegó a unos cuantos acuerdos y todos constaron en acta, pero la única propuesta que no se registró como tal, ya se había puesto en marcha.


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    La culebra se mata por la cabeza y la cabeza de la violencia en el barrio era El Pescao, con una cuenta extrañamente sin cobrar. Una bomba e’ tiempo.

Los hermanos del templo «La Unción», me cuentan, que el pastor se la pasaba arrodilla’o y oraba por la paz del barrio y por la regeneración de El Pescao. Cosa que daba risa porque era algo simplemente imposible.


Ese domingo nos habíamos baja’o varias botellas y habíamos amanecí’o con la planta a todo volumen. La salsa saboteaba las alabanzas y el sermón en la pequeña iglesia. 

Como a la una de la tarde los hermanos salieron del templo. Repartían folleticos que algunas personas arrojaban de inmediato al piso. La brisa, que estaba fuerte, se los llevaba volando por to' el barrio. Era un espectáculo raro, parecían pajaritos alborotao's en el cielo del mediodía.

            Corría el rumor que habían visto a El Harry deambular a plena luz después de haber estado tanto tiempo guarda’o, escondí'o. Y de nuevo era la Negra Rosa, con sus ojos de candela y su lengua viperina, la encargá de asegurá, que el tipo andaba jactándose de haber manda’o al Pandeavena al infierno.

Me cuenta un pana, pana a su vez de un malandro, que ese día, El Pescao se había calza’o el yerro, 

y le había dicho a Los Rayaos que le había puesto una sola bala, que si no se llevaba a El Harry ese mismo día, se volaría los sesos. ¿Una sola bala?  ¡Había que llenarlo de plomo! pero El Pescao aseguró que una sola bala había liquida’o a su hermano y con una sola bastaría para cobrá la deuda. 

            Cuenta El gordo Machuca, que cuando venía subiendo el cerro en el Jeep, se bajó en la parada y vio la escena. El Pescao estaba bajando la escalera de la Vuelta del Tablazo y los hermanos del templo venían subiendo la misma escalera con el pastor al frente. Al pie de la escalera estaba El Harry, que cómo que pretendía subí, pero se percató de que el vengador estaba arriba, con el poco e’ hermanos atravesao’s en la estrecha escalera. El Harry no era loco, ¡Tenía también que estar calza'o!  El Pescao debió pensarlo dos veces, porque no reaccionó sino que comenzó a maldecí ante el obstáculo. Entonces vino el viento y trajo uno de los tantos papelitos que es día surcaban el cielo y lo llevó  hasta la cara del tipo. El papel quedó pega’o sobre los lentes oscuros del Pescao



El tipo manoteó pa’ despejá la visión, porque un segundo a ciegas podía significá la muerte. Cuando logró quita'se el papelito, se dio de cuenta que era uno de los tantos “tratados” que repartían los hermanos. Ahora sabemos lo que decía aquel papelito, porque él mismo Pescao lo contó después. Pero en ese momento todos veíamos la cosa como si fuera una película y no entendíamos nada.  El pastor lo enfrentó. Le rogó por amor a Cristo que no cobrara venganza. El Pescao echó una mirada al pie de la escalera, sacó el arma  pero se la puso al Pastor entre los ojos. No te mato porque le puse una sola bala y la estoy necesitando pa’ otro muerto.  


Entonces vimos asombrao’s, cómo el pastor hacía una cosa rara. Se empezó a aflojá la corbata y se la quitó, se desabotonó la camisa empapá 'e sudor y la tiró al piso como con rabia. Quedó con medio cuerpo moreno brillando al sol, parecía que iba a peleá con El Pescao


Sabíamos bien, que los hermanos estaban orando en silencio, porque  el barrio entero, estaba haciendo lo mismo. 

El pastor empezó a mostrá partes de su torso, le enseñó una a una todas las cicatrices de su cuerpo, eran entradas de balas y puñalá's. Un currículo escrito en el pellejo.  Resulta que el hombre manso que tenía al frente era un colega de armas, un bravo que había cambia’o. El pastor sabía en carne propia lo que era ser violento.  El Pescao se sorprendió.

El pastor contó después lo que le había dicho en ese momento crucial. Si yo salí de ese mundo, tú también puedes. Lo que te impulsa a vengar a tu hermano, no es la rabia sino el dolor, y el dolor se va con el perdón, pero para poder perdonar tienes que ser un valiente

Dicen que El Pescao empezó a temblá. Entre delincuentes hay ciertos códigos, en la cárcel se da un respeto muy grande por un creyente de verdá. Un hombre duro se quita el sombrero ante otro que ha mostra’o un cambio de vida. El Pescao se llevó al arma a la sien y le dijo: Mejor me vuelo la cabeza. 

Estábamos asusta’os y seguíamos sin entendé. Entonces vimos al pastor desarmarlo con un movimiento lento pero seguro. Le sacó el peine con destreza y dejó caer la única bala. La última. La bicha se fue rodando escaleras abajo, tintineando en cada peldaño de cemento. Para entonces, El Harry, ya no estaba por allí.



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Pasó el tiempo y El Pescao se transformó. Parecía que se fuera lava’o la cara dos veces, como si le brillara el rostro. Andaba limpiecito y encorbarta’o,  con un libraco negro bajo el brazo y una sonrisa que desarmaba. 

Descubrimos que su verdadero nombre era Ronald "Aleixi" Garrido. Ahora todos lo llaman,  el hermano Ronald.

¿Qué pasó con El Harry? Bueno, le pusieron los ganchos en Guanare, donde había huí'o desde ese día.  Está encana’o desde entonces. Ojalá le pase lo mismo que al pastor Antonio.

Hay gente aquí en el barrio, que opina que después de un pasado así, nadie tiene moral pa' andá predicando santidá, pero yo me alegro por un cambio tan grande. Yo nunca he leído la Biblia, pero cómo dice el pastor Antonio: Hay gozo en los cielos cuando un pecador se arrepiente.

    La cosa en el barrio se mejoró y Los Rayaos fueron desapareciendo o se fueron matando entre bandas con otros barrios. Ahora los vecinos, nos llevábamos mucho mejor entre nosotros. Somos más conscientes. Cuando prendemos alguna rumba le bajamos el volumen a la planta para no sabotearles el culto a los hermanos. Yo mismo creo que he cambia’o, dejé el cigarro porque la tos me estaba matando.

¿Qué decía el papelito que cegó a El Pescao? Bueno, parece una casualidá, pero en realidá fue un milagro. Aquel papel lo cegó por un momento solamente, pero ahí mismito también le abrió los ojos. El Pescao lo cuenta desde el púlpito cada vez que echa su testimonio. 

Era una cita de la Biblia. Simplemente decía: No seas vencido de lo malo, más vence al mal con el bien.  


Roberto Molinares




El Cuento La última bala, resultó premiado en el concurso "La paz es lo que cuenta", organizado en 2012 por la Editorial Venezolana Fundarte, y fue publicado en 2013 en la selección antológica que lleva el mismo nombre.


miércoles, 22 de septiembre de 2021

Una Muchedumbre Hambrienta





Hubo un tiempo lejano y difuso en donde humanos y animales compartíamos una perfecta convivencia en un lugar llamado El Jardín. No sentíamos temor del hombre y entre nosotros todavía no estaba declarada la lucha por la subsistencia


    Ninguno servía de alimento para el otro. Luego vino aquello que nuestros antepasados llaman, “El Cataclismo”. Abundante agua descendió de los cielos alterando todos los ambientes. La tierra y el mar se juntaron contaminándolo todo.

La mayoría de los seres pereció y unos pocos se salvaron, una minoría representada por cada especie. Sin embargo, con los animales acuáticos, ocurrió de forma diferente. Las antiguas criaturas del mar, cuentan una leyenda, dicen que un gran cofre construido por un hombre justo, albergó a los animales terrestres y a las aves, para salvarlos. No obstante, ninguno de los animales acuáticos o marinos, fueron llamados a subir al gran cofre.

Comenzó la lluvia, interminable y terrible. Las aguas se volvieron un gran pantano. Todos los seres agonizaban en un gran caldo de muerte. Las especies pequeñas y débiles, no pudieron salvarse. Sólo se mantuvieron las grandes criaturas del mar y aquellas albergadas por el gran cofre.

Tras un tiempo indefinible, se cerraron las cataratas del firmamento y la tierra comenzó chupar el agua y a secarse, pero en las grandes cavidades y depresiones se almacenaron mares, lagos y surgieron ríos de las entrañas de la tierra. La vida recomenzó adaptándose a nuevas condiciones. Todo se replanteó a base de subsistencia. La vida sólo continuaría con la muerte de algún otro, matar para vivir, vivir para matar. Comer a expensas del cuerpo de otro.

Hubo además, algo que alteró por siempre aquella lejana armonía que disfrutábamos en El Jardín; comenzamos a temer al hombre. Con la ausencia de plantas comestibles en un planeta devastado, la carne fue la única forma de sobrevivir. Desde entonces, este sexto sentido me permite ponerme a salvo del cualquier depredador. Hay muchas formas de permanecer vivos, una de ellas, a través de nuestra descendencia, por ello nos impulsiva la necesidad de reproducirnos para perpetuarnos.

Los siglos se acumularon unos sobre otros y se estableció otro orden que aún permanece.



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De pronto escuché en medio del bullicio, la voz humana más hermosa que hubiese oído

En el mar obteníamos abundantes nutrientes. Sólo era necesario cuidarnos de los peces mayores, de los grandes depredadores y de los hombres. Para un pez grande, escapar de una red puede resultar una proeza, pero para una simple sardina como yo, era cosa de astucia y sigilo. Debía cuidarme de no quedar aplastada y ubicarme cerca de los agujeros de la red.
Mi exitosa estancia en el mar se debió siempre a este instinto, hasta el día que abusé de mi buena suerte y fui izada en una red sin escapatoria alguna.


La agonía fue breve y benévola. Sentí que el espíritu se escapaba por la boca. Yo y muchísimas más, en cosa de segundos, nos convertimos en pescados. De forma extraña, aunque ya era cadáver, experimenté una paz asombrosa. Tenía la certeza de que todo ocurría como era debido. En cierta forma seguía con vida, pero no podría precisar cómo. Era, por así decirlo, una especie de conciencia inteligente que flotaba muy cerca de lo que antes había sido mi cuerpo. Decidí no separarme de él, porque ignoraba dónde partir y no sabía qué hacer tampoco. Mi cuerpo representaba la única referencia de existencia. Algo era claro, estaba destinada a servir de alimento para prolongar la vida de otras criaturas. Era indudable que sería devorada por humanos.

Todo sucedió muy rápido. Del barco pasamos al puerto, del puerto al mercado principal, y de allí, a la pescadería. Presencié con horror como nos arrancaban las vísceras y éramos descamadas en serie.

Un niño acudió a comprar, pagó algunas monedas y me llevó hasta su casa. Allí fui sazonada con sal y cocinada a las brasas. Aunque la llama estaba muy alta, ni siquiera sentí calor. Luego me depositaron en una pequeña canasta junto a otra sardina también recién asada. Luego comenzó un bamboleo que insinuaba que estábamos siendo transportadas.



De pronto escuché en medio del bullicio, la voz humana más hermosa, que hubiese oído. El paño que nos cubría fue retirado bruscamente y pude observar que dos hombres barbados escoltaban al niño hasta el hombre que hablaba.

El hombre me tomó en sus manos y me alzó al cielo. Tocó mi cadáver cocido y aún caliente. Algo agradable recorría lo que antes era mi cuerpo. Estuve a punto de creer que volvería a la vida, y en cierta forma, así fue. Comenzó la experiencia más grandiosa de mi vida, o más bien, de mi muerte. Me dividió en dos y no hubo dolor. Pronunció una palabra indescifrable que interpreté como una orden. Después comencé a pasar de mano en mano.











La gente me devoraba y me despedazaba. Asombrosamente siempre sobraba un trozo de mi cuerpo que se regeneraba de forma instantánea. Siempre había un pedazo que podía alimentar a alguien más. Era tan sólo un pedazo y al mismo tiempo, estaba tan entera como antes. Era devorada por miles de bocas, miles de muelas y dientes me trituraban.

Jamás imaginé que se me concediera tal privilegio, alimentar a una muchedumbre con un cuerpo tan insignificante como el mío. La otra sardina también experimentó el prodigio. Lo mismo ocurrió con cinco panes que se subdividieron y multiplicaron asombrosamente para dar de comer a por lo menos a cinco mil personas.


Puede parecer una ironía, pero debo el momento más sublime, al hecho de ser devorada. Mi vida y mi muerte estaban en perfecta armonía con el universo.

Seguía muerta, desintegrada, engullida, pero la vida estallaba en mí.







El cuento fue publicado por Panorama Cultural en Colombia


https://panoramacultural.com.co/literatura/7990/una-muchedumbre-hambrienta?fbclid=IwAR0iiUXMk9tM3LqOpYOupITEpyzKknqhs2uSC_lRqtK7WR48Csm9nGBhHxM

miércoles, 8 de septiembre de 2021

La Propiedad

Por Alí J. Reyes H. 

(Relato)

A la memoria del escritor austríaco 

de origen judío, Stefan Zweig (1881-1942)





─Señor Kanitz, las probabilidades están en contra, pero haremos todo lo posible por la señora.
   Y dirigiéndose a mí.
─Colega, la intervención puede durar varias horas. Permítanme por favor.
    Hizo una reverencia y se alejó hacia los quirófanos por un pasillo  que hacía eco de sus pisadas. Lo seguimos con la mirada hasta que al final cerró una puerta. Si yo no reaccionaba el señor Kanitz tampoco lo haría. Le toqué el brazo y lo dirigí a la salida. Tenía que sacarlo de la atmósfera opresiva del Sanatorio. A su cochero y a mí nos costó subirlo a la calesa.
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    El Sanatorio más moderno de Europa se encuentra en las cercanías de un pueblito al oeste de Viena, donde el trajín de las recuas y los pregones campesinos contrastaban con la mirada perdida del señor Kanitz. 
    Paramos en “La Fonda de Purkesdorf”. Busqué la mesa más aislada. Prácticamente lo tuve que sentar.
     El hecho de ser el médico de cabecera hizo que acudiera al llamado del señor Kanitz y trasladáramos a la señora a Viena. Debido a esos apuros estábamos apuntalados con bebidas y café, sin haber probado un bocado decente. Por eso le dije:
─Señor Kanitz, la jornada promete ser larga, así que más nos conviene que tomemos una buena comida.
    Asintió, y pedí el plato del día. Por fortuna vi que comía, aunque muy lento. Al finalizar, pedí la cerveza de la casa. Tomó un sorbo casi sin respirar. Él no hablaba, y yo no estaba dispuesto a caer en los formalismos de las frases hechas. Hasta que desapareció su mutismo, y por fin habló:
─Doctor. Usted siempre me ha conocido como el  señor Leopoldo Kanitz, magnate de los cereales de Austria.
    Asentí en silencio.
─Pues bien, eso no fue siempre así. En realidad, mi historia comienza en un olvidado pueblo de la frontera húngaro-eslovaca. Yo era un niño judío de apariencia enfermiza, llamado Caleb.
    De esa doble identidad ya sabía algo, pues alguien cierta vez me advirtió que los bienes de mi distinguido paciente eran fruto del engaño y la usura.
    Trató de sonreír aunque pareció más bien, una mueca.
─Pero a decir verdad, mi apariencia bobalicona era una farsa. Mi padre murió evitando que una turba anti-judía incendiara la casa de su familia. Para levantar a sus niños, mi madre tuvo que trabajar  como lavandera y partera (los inviernos y las madrugadas también eran horas de trabajo). Yo solía llevar los talegos, pero también me ofrecía a cuidar los caballos a las puertas de los negocios, o a llevar las cestas de las vendedoras al mercado a cambio de un puñado de patatas, empacaba, y hacía mandados a los comerciantes. ¡En fin! Ese mocoso judío, en realidad, se había convertido en una astuta máquina oportunista para el menudeo. Y a una edad en que los otros niños jugaban alegres con canicas, yo sabía exactamente lo que costaban todas las cosas, dónde y cómo se compraban o se vendían, y cómo hacerse indispensable. Y todavía saqué tiempo para aprender. El rabino me enseñó las operaciones matemáticas básicas y algo de geometría además de leer y escribir, de forma tal, que a los trece años ya podía reemplazar al secretario de un abogado y llenar los formularios de impuesto de los comerciantes. Pero, a pesar de lo atareado de mi día no dejaba de leer. Así que, para ahorrar combustible, me sentaba debajo de la linterna de señales próxima a un paso de nivel –el pueblo carecía de estación- y ahí leía rimeros incompletos de libros, facsímiles y periódicos que otros habían tirado.
    Me constaba que esa obsesión lectora de Kanitz no había disminuido, y recordé la vez que  estando en su despacho me llamó la atención un título y de una vez me dio la sinopsis. Y al preguntarle me indicó que todos los libros los había leído. 
─Al poco tiempo me había convertido en el hombre que en todas partes tiende un puente entre la oferta y la demanda. Por otro lado, tenía un olfato para las mudanzas, ofreciendo la carreta más económica (yo era el mago del regateo) y estaba dispuesto a comprar cualquier cosa difícil de llevar y ganaba mucho con su reventa -llegué a tener un local destinado a estos menesteres-, tasaba, y permutaba lo que se me pusiera delante.
─A los veinte años me convertí en agente de una compañía de seguros internacional y salí del pueblo para instalarme en Viena.
─No fue fácil mi inserción en una sociedad tan elitesca como la vienesa de finales del siglo diecinueve. A pesar de que Austria y Hungría están arropadas por el mismo reino de los Habsburgo, a los húngaros se nos considera extranjeros en Austria, y mucho más, si se trata de uno de tan poca monta como yo. Por eso, y para mejorar mi apariencia, me vi precisado a hacer un gasto en tres gabardinas de etiqueta y en algunas camisas de buena calidad a precio de mayoreo -que solo tenía que mandarles a voltear los cuellos cuando estaban a punto de deshilacharse-, y  unos lentes de montura dorada que me daban un aspecto de académico. 
─Al principio apenas me toleraban, pero eso me tenía sin cuidado. Mi lema eran tres palabras: “Se lo tengo”. Además, manejaba mucha información y si no la tenía, sabía dónde buscarla. Había aprendido que la fuente más inusitada eran esos personajes que suelen pasar inadvertidos: los mesoneros, porteros, botones, y los trabajadores de barra de un cafetín. De hecho, en una buena conversación con un cochero se pueden conseguir datos más valiosos que los obtenidos en una reunión de accionistas. El caso es, que llegó el momento en que los mismos que antes me veían de reojo, pasaron a solicitarme, y a veces con urgencia.
─La aurora del nuevo siglo nos traía de asombro en asombro por la cantidad de innovaciones. Estaba claro que en el siglo veinte el desarrollo sería tal, que las guerras pasarían a ser solo un mal recuerdo que no volveríamos a repetir, pues esa energía humana del belicismo, se estaba desviando hacia la Ciencia, los deportes, las artes y la producción de bienes y servicios. Por ejemplo, la producción agrícola llegó a masificarse con la llamada “mecanización del campo” así que, viendo la rentabilidad de eso, me convertí en intermediario y proveedor de seguros agrícolas. Gracias a ello, mis negocios comenzaron a extenderse, mediando en la venta de cosechas enteras. Hasta llegué a proveer para el mismo gobierno de Su Majestad.
─Mi estilo de vida, tesonero y ahorrativo, me estaba  acercando al medio millón de coronas. Podía considerarme como un hombre acaudalado. Con todo, no dejé de mostrarme siempre de bajo perfil; prefería el papel de “agente”, pues es un calificativo modesto que puede ocultar muchas cosas. Estudié el Código de Comercio casi de memoria, de forma tal que yo fuese mi propio abogado. En ese tiempo ya tenía contactos en todas partes, y hasta los abogados me debían favores. Por eso solía llegarles con documentos ya redactados y les pagaba una minucia solo por su firma y sello.
    Tomé un sorbo para degustar mejor lo que oía.  Si algo admiraba de Kanitz era esa tenacidad para aprender. En vista de la enfermedad de su esposa,  me citaba los textos de medicina que había revisado en la biblioteca de la Facultad, y los discutía por autores. No obstante, nada de lo que había dicho podía explicar su situación actual. Pero decidí guardar silencio, si él no lo decía; yo no se lo iba a preguntar.
─Por supuesto Doctor. Ya sé lo que se está preguntando. ¿Cómo es que Caleb, llegó a convertirse en el señor Leopoldo Kanitz?... Y procedió a tomar un largo trago.
─Fue una noche en un tren de pasajeros entre Budapest y Viena.  Guardé los lentes, saqué de mi valija de mano una manta escocesa, me cubrí la cara con el sombrero y me senté arrebujado en un rincón. Si hay algo que había aprendido desde niño era que, para dormir, lo único que se necesita es sueño. Pero esa noche no pude dormir, pues a mi lado habían tres personas que hablaban de negocios, y ese es un tema que suele desvelarme.
“─Figúrate que prefirió echar por la borda su prestigio de profesional,  por embolsillarse sesenta mil coronas. Bueno, ahora, si quiere, podrá cerrar el bufete por un año.
─Me despabilé en un santiamén tal cual un perro zorrero al oír la trompeta de los jinetes que llaman a la cacería. Bajé aún más el ala del sombrero y al mismo tiempo aproveché cada movimiento del vagón para acercarme más. Pude dilucidar que el joven que hablaba era el escribiente de un abogado, y hablaba de su jefe.
“─Por asistir a una absurda reunión llegó con un día de retraso a Budapest y entretanto, esa “buena para nada”, se dejó engañar de la forma más tonta. ¡Pero si el testamento era impecable y los diagnósticos de que la Orosvar estaba en posesión de sus facultades eran irrefutables! Esa caterva de buitres jamás hubiese heredado un solo héller, a pesar de los artículos escandalosos que Wezner, el abogado de los deudos, hacía publicar todo los días. Entretanto, el zorro de Wezner le hace una visita a la tonta, y que “de cortesía”, y la muy estúpida entra en pánico ─y el escribiente, imitando el acento del norte de Alemania─ “Pero si yo no quiero tanto dinero; yo lo que quiero es mi tranquilidad”. Bueno, ahora tiene su tranquilidad, y esos buitres en cambio tienen las tres cuartas partes de su herencia, porque la muy tonta, firmó el arreglo más absurdo.
─Bien Doctor, con estos fragmentos comprendí qué se trataba de un escándalo que se estaba ventilando en la prensa húngara a todo vapor. Le explico:
─La princesa Orosvar de Ucrania, era una anciana… Perdón, ese calificativo no cuadra. Digamos que era una vieja bruja y malhablada, que estaba resentida contra los demás Orosvar  porque a ella, y solo a ella -que ya era viuda-  la difteria le había arrebatado a sus dos hijos en una sola noche. Nunca más quiso volver a Ucrania. Era la dueña de la mansión Kekesfalva, pero desde que quedó sola, si acaso pasaba dos o tres meses en ella. Lo normal era que se dedicara a ahogar su amargura viajando por el mundo y residiendo en las suites de los mejores hoteles de Niza y Montreux. Pero a pesar de esa vida de lujos, solía regatear como una verdulera, bebía como un cosaco, e insultaba como un estibador de muelle. La única persona que toleraba a su lado era su dama de compañía, quién tenía que atenderla lo antes posible al menor de sus caprichos, además de leerle y tocarle el piano cuando a la vieja loca le provocaba o estaba en medio de una de sus crisis -al igual que David al rey Saúl-, y lo que era peor, dejarse insultar por la sinrazón más nimia. Pero aunque se avergonzaba de la manera brusca conque la vieja obesa abusaba de los demás y de ella misma, en realidad le temía como al mismo diablo.
─Cuando la vieja tenía más de setenta años, cayó con  pulmonía (se me olvidaba decir que fumaba como una locomotora). Sin ponerse de acuerdo, los parientes viajaron a Niza. La vieja no tardó en enterarse de tanta preocupación y, a fuerza de malicia, luchó por sobreponerse. Cuando los familiares se enteraron de que se disponía a bajar al hall, se dispersaron en el acto. Pero ella ya había sobornado a los mozos para que le repitieran todo.  Habían peleado como lobos para ver quién se quedaba con Kekesfalva, quién con los palacetes de Budapest, quién con la mansión Orosvar de Kiev y quién, con  las otras posesiones ucranianas. Pero la gota que derramó el vaso llegó un mes después cuando, en medio de su convalecencia, llegó la carta de un prestamista de Budapest comunicándole que no podía prolongar más el crédito a su sobrino-nieto, a menos que ella tuviese la amabilidad de asegurarle por escrito que él sería uno de sus herederos. De inmediato telegrafió a su abogado, a su médico de cabecera y a un médico adicional, para que se apersonaran en su suite. La finalidad: redactar su testamento.
─Años después; a su muerte (que para sus familiares tardó más de la cuenta) la caldera explotó y trascendió a la prensa, convirtiéndose en un melodrama por entregas. Resultó ser que la heredera universal, fue su dama de compañía: una tal señorita Annette Dietzenhof. Lo único que no heredó fueron las posesiones ucranianas y el dinero en efectivo, porque fueron destinados a la construcción de una iglesia ortodoxa en su ciudad natal  (al parecer, la arpía tenía un alma que salvar). Pero a los parientes… Ni el saludo de despedida.
─Como era de esperarse, la parentela alzó el grito al Cielo, y sus abogados presentaron las objeciones de rigor, aduciendo que la testadora no estaba en sus cabales sino que era víctima de una relación de dependencia, por la sugestionadora influencia de su dama de compañía. Por otra parte, le agregaron el ingrediente patriotero de que las propiedades siempre habían sido húngaras. Estaba claro que la Orosvar era una vende patria, al formar con su decisión, una tenaza a la mismísima soberanía húngara, porque, por un lado, parte de la herencia  pasarían a las arcas de la iglesia ortodoxa, la misma que estaba dirigida desde Rusia. ¿Y acaso no eran las zarpas del oso ruso las que siempre había tratado de apoderarse de la pequeña Hungría? Por otro lado, el grueso de las propiedades pasarían a manos de… ¡Una prusiana imperial! ¡Eso era el colmo! Pero, a pesar de la polvareda, el pleito ya lo habían perdido en dos instancias pues los  médicos firmantes insistían en el pleno uso de las facultades intelectuales de la testadora. Todo indicaba que el próximo fallo respaldaría las decisiones anteriores.
    El señor Kanitz paladeó la cerveza lentamente, pero no por saborear la bebida, sino para darme tiempo de asimilar lo que me había dicho.
─Bien Doctor, como comprenderá, de cada palabra que pronunciaba el escribiente  en ese vagón, yo sabía de la “A” a la “Z”. Y lo mejor era que yo conocía la propiedad de Kekesfalva desde mis tiempos de agente. Comprendí que el abogado de los familiares había dado un golpe maestro al proponerle por escrito a la señorita Dietzenhof que renunciara a los palacetes y la mansión Orosvar, para quedarse tan solo con las posesiones austríacas de Kekesfalva, las caballerizas y los molinos. Pero, ¿Por qué el abogado de la Señorita no quiso anular un papel sin respaldo notarial y que ponía en juego su prestigio como litigante de éxito? Por dos razones. Porque estaba cargado de ira contra una clienta estúpida que, en vez de consultar con él, se había dejado quitar un millón redondo de coronas. Y la otra fue porque, bajo cuerda, le habían ofrecido sesenta mil coronas.
─A todas estas, retomé la conversación de los pasajeros.
“─¿Qué hará ahora con esa propiedad? Inquirió uno de ellos.
“─¡Qué más puede a hacer! Anótalo que la va a perder más rápido de lo que la obtuvo. De buena fuente te digo que la Superintendencia imperial de Silos ya tiene planteado quitarle los molinos. Esta misma semana la visitará el director general…
─De allí en adelante no me interesaba. Ya tenía bastante en qué pensar. Hacía mucho tiempo que había estado en Kekesfalva para asegurar el mobiliario, y conocía a su administrador Petrovic, referencia que no era buena ni para él ni para mí, en tanto que, por la fachada de mis negocios, él desviaba dinero de la administración. Pero lo más importante para mí era una vitrina llena de porcelana china y estatuillas de jade obtenidas por el abuelo de la Orosvar cuando fue embajador en Pekín. Nadie mejor que yo sabía lo costosa de esa colección pues hice un inventario para ofertarla a una casa de Subastas de Chicago. Era un buen negocio para la Orosvar, pero la arpía en vez de agradecerme, lo que hizo fue mandarme al diablo gritando que las cosas de su abuelo se quedaban donde estaban.
─Levanté el ala del sombrero. Simulé que me desperezaba,  bostecé, y consulté el reloj. Precisamente faltaba media hora para que el tren pasara por la estación del pueblo donde estaba Kekesfalva (yo había pagado hasta Viena, pero por esa porcelana valía la pena perder ese pasaje). Me quedé en la única hostería del lugar, y a las siete ya estaba listo porque quería ser el primero en hablar con Petrovic.





─Al llegar constaté que la casa -ese amplio chalet de estilo campestre tradicional, a la sombra de abedules y pinos- estaba muy bien conservada y recordé que, por cada reparación quedaban jugosas comisiones para Petrovic. Por cierto…  toqué y volví a tocar y nadie salía ¿Y si Petrovic se hubiese marchado a Budapest a negociar con la Dietzenhof?... El patio principal permanecía vacío. Caminé por la cerca perimetral y vi la casita anexa que funcionaba como administración… Nadie respondía. Me estaba poniendo más nervioso de lo que ya estaba. Seguí buscando, hasta que pude ver a través de los cristales del invernadero la imagen borrosa de la jardinera que regaba las flores. No me oía; me vi precisado a  tomar una piedrecita y lanzarla hasta el vidrio. Solo así fue que salió, secándose las manos en el delantal.
 ─El mal rato de las llamadas sin respuestas, hizo que olvidara  mis principios en cuanto a la cordialidad en el trato con la servidumbre y, sin ni siquiera saludarla, la increpé  a través de la reja.
“─¡¿Dónde está Petrovic?!
“─¿A quién busca?
“─¿Cómo que a quién busco? ¿Cuántos Petrovic hay aquí? ¡Petrovic… El administrador!
“─Ah, perdón… El señor Administrador…Sí, sí, ya sé… pero no está por aquí. Dicen que está en Viena. Pero llega esta noche.
─Para mis adentros…”Esperar, esperar y gastar y gastar”… Tener que pagar otra noche en la hostería, sin saber si ese zorro redomado no había liquidado ya esos trastos chinos a precio de gallina flaca.
“─¡Qué contratiempo! Pero… Entre tanto, ¿Pudiese contactar a la persona que tiene las llaves de la casa?
“─Pero… señor… ¿No va a esperar al señor Administrador?
    Estaba claro que tenía que cambiar la estrategia; hasta era posible que tuviese que dejarle una propina a la señora. Decidí mostrarme menos ansioso y más conciliador.
“─Para eso no es necesario que Petrovic esté aquí. Es que necesito hacer una revisión breve. Soy el agente de seguros del mobiliario (mentí) y así podemos adelantar mucho el papeleo… Por favor.
─Asintió, bajando la vista cuando la miré a los ojos. Me abrió la reja y la seguí hacia una puerta de servicio. Faltó poco porque me impacientara de nuevo, pues la jardinera estaba tan cohibida buscando las llaves en una cartera, que pensé que Petrovic estaba contratando el personal más inútil de la comarca. Y para desviar la atención de la embarazosa situación, pregunté sin mucho interés.
“─¿Cuánto tiempo tiene trabajando la jardinería aquí?
“─Me gusta cuidar las flores… Pero, a decir verdad, no sé mucho de jardinería.
(Lo que faltaba… Petrovic contratando aficionados)
“─Y entonces, ¿Qué papel desempeña usted?
“─Yo soy… Bueno, yo fui… la dama de compañía de la señora Princesa.
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─Créame Doctor que la respiración se me cortó. Y déjeme asegurarle que era difícil que alguien me hiciera perder la compostura.
“─¡¿Es usted la señorita Dietzenhof?!
“─Si…Yo soy. 
Contestó bajando la vista, como si eso fuese motivo de vergüenza; mientras que yo estaba perplejo por haber tratado de forma tan áspera a la célebre heredera. De inmediato me quité el sombrero y dije, de manera atropellada:
“─Le ruego que me disculpe, pero nadie me había informado que usted había llegado. Mi visita solo se debe a lo del seguro… Desde hace años he trabajado para la Princesa y necesitaba saber si el inventario estaba completo… Estamos obligados a eso… Usted comprenderá.
─Y sin abandonar su timidez, me respondió.
“─Claro, claro. La verdad es que yo no comprendo de esas cosas. Por eso es preferible que hable con el señor Administrador… Y en cuanto al mobiliario… Usted mismo puede comprobar que nada ha cambiado.
─Ya en la sala, lo primero que ubiqué fue la vitrina con la porcelana china y las obras de jade. ¡Qué alivio! Luego, el antiguo piano vertical. Pero más que eso, estaban los cuadros que usted ya conoce: el Munkácsy, el paisaje de un vivaque gitano y, lo que es mejor, dominando la sala, el retrato al óleo del abuelo Orosvar, ataviado con todas sus condecoraciones. Al parecer, ese cuadro no significaba mucho para sus propios descendientes. Mejor así, porque lo que ellos ignoraban era que estaba hecho, nada más y nada menos, que por Phillip László. 
─¡Todo estaba allí! Petrovic no se había llevado nada. Él era ducho en asegurarse su parte en las toneladas de avena, cebada, forraje, azúcar y reparaciones, pero de arte no sabía ni un tiesto. Entretanto, la señorita Dietzenhof trató de colaborar con la revisión abriendo las



persianas del amplio ventanal, bañando de luz el salón, y exponiendo el paisaje de la dehesa, al sur: el granero, las caballerizas y al fondo, las extensiones cultivadas que culminan en el ingenio de molinos. Entre tanto, la señorita estaba detrás de mí, al lado de la ventana, con sus manos agarradas al frente del delantal y ligeramente inclinada, como viendo el piso. Entendí que era necesario involucrarla en la revisión para hacer que se sintiera importante. Debía decir algo para hacerla hablar. 
“─Una vista muy bella… Debe ser magnífico vivir aquí.
“─Sí… Debe ser.
─Su respuesta fue más por no llevarme la contraria que por convicción. Y al darse cuenta de su propia contradicción, trató de rectificar.
“─La verdad es que la señora Princesa  nunca se sintió a gusto aquí. La planicie le causaba melancolía; prefería la costa del mar.
Vino una pausa embarazosa. Tenía que seguir el diálogo.
“─Bueno, Señorita, ahora lo importante es que usted no piense como ella ¿Tendremos el privilegio de que se quede con nosotros?
“─¿Yo?... ¡No!... ¡Oh no! ¿Qué he de hacer yo sola en esta casa tan grande?... No, no, no, yo me marcharé tan pronto todo quede arreglado.
     Fue la única expresión donde aplicó un poco de energía. No obstante sus ojos azules se desviaban de contínuo hacia el suelo. Me percaté de que estaba en presencia de un ser al que le habían anulado la voluntad, un ser incapaz de tomar decisiones por sí mismo. Y dejando de lado el sicoanálisis pensé en lo que en realidad me interesaba. ¿Quién sabe si yo pudiese servir como intermediario para arrendar todo esto y dividir la comisión con Petrovic? ¡Al diablo con la porcelana china!
“─Señorita… tiene usted mucha razón. Una propiedad es, a la vez, una gran preocupación. Discusiones a diario con el administrador, el personal de la casa y, ni hablar, de los abogados y los cobradores de impuestos. En cuanto se dan cuenta de que hay dinero de por medio, enseguida pretenden extorsionarlo a uno hasta lo último. Incluso llegan a tratarnos como a un enemigo… en efecto… una propiedad como esta requiere de una mano firme, y aun así es difícil.
“─¡Sí!... Sí, yo no sabía que la gente fuera tan feroz cuando se trata de dinero.
─Mientras que yo asentía muy serio, mi mente volaba. ¿Cómo se pudiese arrendar? ¿A través de un Consorcio? ¿O de varios? Uno que se encargara de Kekesfalva, otro del ingenio molinero. Pero Petrovic reclamaría ser el subarrendatario… Hasta que me di cuenta, que mi silencio se prolongaba. Tenía que mantener la conversación.
“─Lo peor son los pleitos. Y eso es a cada rato. La verdad es que esto es una carga. Más vale vivir con algo  modesto;  pero en paz. 
─De repente ella levantó su rostro, y en un profundo suspiro, me dijo:
“─Una carga terrible… Ojalá pudiera venderla.

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   Diciendo esto, el señor Kanitz fijó sus ojos en mí, pero no era a mí al que veía sino a través de mí. De forma inconsciente miré a los lados. Los comensales más cercanos estaban a dos mesas; no existía el temor de que alguien dijera que mi interlocutor había perdido la cordura. Aunque, teniendo en cuenta que ese entusiasmo inusitado  se producía a pocas cuadras del sitio donde  su señora se debatía entre la vida y la muerte, quedaba en claro que en medio de su drama  sentía la necesidad de desnudarse ante Dios mediante la confesión a un hombre. Dudoso privilegio que me había tocado. Aunque también podía recurrir al recuerdo para anestesiarse del dolor que lo traspasaba. Entretanto, vi como se tomaba otro trago sin respirar para luego seguir.
─Comprenderá que la oportunidad de mi vida la veía venir como un globo que se desvanece y desciende directo hacia uno. ¡Comprar Kekesfalva! Hacía un instante era imposible pensarlo. 
─Traté de no delatar mi estremecimiento y, luego de respirar profundo comencé a hablar lo más circunspecto que me fue posible.
“─Vender… Claro Señorita… Vender es fácil… Pero vender bien. Encontrar un gestor inmobiliario honesto, que consiga el precio justo… Eso es lo difícil, pues lo que abunda por ahí son leguleyos que solo quieren enredarlo todo en una madeja de trámites para terminar esquilmándolo a uno. Lo mejor es no meter a los abogados en esto (pensé en Wezner y en su colega) porque les encanta oscurecer lo que está claro; ellos estudian Derecho, pero solo para ver cómo lo tuercen. Por otra parte, eso me obliga a prevenirla de antemano. Si va a vender debe hacerlo de contado. No acepte letras o pagarés si no quiere ganarse un dolor de cabeza por años (y mientras yo hablaba mi mente hacía sus propios cálculos). ¿Le habrán hecho una oferta antes? Porque yo estaría dispuesto a desembolsar cuatrocientas cincuenta mil coronas. Al fin y al cabo, están incluidos los cuadros, que solos, ya son una fortuna. Pero si se redondea a las quinientas mil, que todavía sigue siendo una ganga, tendría que vender el apartamento y el local que tengo alquilado, además de meterme en una deuda que al fin y al cabo valdría la pena, porque estaría por debajo de las setecientas mil coronas que creo debe costar el grupo de la casa, el predio y las instalaciones industriales.
“─Por cierto Señorita ¿Tiene usted una idea aproximada del precio?
“─No. Contestó perpleja, y fijó en mí sus ojos muy abiertos.
 ─Como puede ver Doctor, esto me complicaba las cosas, porque el que no tiene un precio recurre a los informes y viene la puja con valores cada vez más altos además de que pasa el tiempo y se cae el negocio. En consecuencia, decidí que no debía soltarla hasta que no me estableciera un precio.
“─Pero Señorita… Se requiere un precio. También, saber si la propiedad está afectada por una hipoteca.
“─¿Hipo… Hipoteca?
“─Quiero decir, si la propiedad está al día con sus deudas… En alguna parte debe existir una transacción aproximada que nos aclare las dos cosas… un documento… ¿Su abogado no le mencionó una cifra?
“─¿El abogado?... Sí, sí… Espere… Algo me escribió acerca de unos impuestos pero estaba escrito en húngaro. Ahora que recuerdo, él me dijo que lo hiciera traducir, pero con todo este barullo me he olvidado de eso. Está en la casita de la administración. Pero… si usted tiene la bondad y me acompaña… Es decir… Si no le molesto demasiado con mis asuntos.
“─No faltaba más señorita, para mí es un placer servirle.
─Bueno Doctor…  De más está decirle que yo estaba estremecido de emoción. Y ya en la oficina, mis dedos se crispaban cuando la veía afanosa buscando en una carpeta.
“─Ajá… Creo que ésta es la carta y las hojas que le dije.
─Las hojas tenían una nota en alemán escrita por el abogado:  “Esta lista me la proporcionó un colega húngaro y gracias a él conseguimos una buena tasación para efecto de impuestos”.  Busqué de inmediato la carta en húngaro: “Estimado colega… etc. Nos costó un poco, pero pude obtener tasaciones correspondientes a la tercera, y en algunos casos, a la cuarta parte del valor real”. A continuación venía la lista también en húngaro. No hallaba cómo disimular el temblor de la hoja en mis manos; buscaba en los renglones lo único que me interesaba: Kekesfalva y sus instalaciones anexas. El avalúo era de ¡Ciento noventa mil coronas! La tercera parte de las setecientas mil que yo había calculado. Mi corazón estaba a punto de reventar. Sabía que estaba pálido, pues sentía el hormigueo de la sangre que huía de mi rostro. ¿Cuánto le ofrecería ahora? 
─Si hay algo en lo que soy rápido es en manejar operaciones matemáticas sin necesidad de apuntarlas. ¡En el aire! Pero en ese momento estaba como dislocado. Los números hacían volteretas delante de mis ojos tal y como lo hacen en las máquinas de los casinos. Hasta que su voz me trajo de nuevo a la Tierra.
“─¿Es ese el papel que estamos buscando? ¿Usted lo entiende?
“─En efecto señorita… El abogado le informa que se ha tasado el valor de Kekesfalva en ciento noventa mil coronas. Pero, desde luego, este es un valor nominal.
“─¿Nominal?
“─Si… Nominal porque no es un valor real… Digamos que se trata de un valor incierto. Una tasación oficial no tiene por qué ser un valor de venta… Es, más bien… Cómo le dijera… ─Yo estaba temblando pero tenía que ser ahora o nunca─ … Es decir, no se puede contar con la seguridad de obtener todo ese valor. Pongamos por caso; si el objeto es tasado por ciento noventa mil, entonces, lo más seguro, es que obtengamos un precio de ciento cincuenta mil. Suma, con la que podemos contar.
“─¿Cómo es la cosa? ¿Puede repetir la cifra por favor?
  ─Su voz era de incredulidad. Me pareció como la que se emplea para dominar la cólera retenida. La sangre se agolpaba en mis sienes y zumbaba en mis oídos. ¿Acaso mi avaricia estaba a punto de romper el saco? ¿No sería mejor doblar la cantidad, llevarla a trescientas mil coronas, que todavía seguía siendo una ganga?  
─Pues bien Doctor, hasta aquí me había acompañado la suerte y precisamente, ella es el producto de tres factores: La preparación, la oportunidad, y la determinación. Esta última era la que tenía ahora que poner en juego. En juego, y a una sola carta. Si ya había hablado no debía retroceder. Entonces, mientras las venas de mis sienes retumbaban como bombos, desvié mis ojos de los suyos y dije en el tono más humilde que pude.
“─Esto es lo que pediría yo. Ciento cincuenta mil coronas.
─Lo siguiente que oí detuvo el tropel de mi corazón. ¡Lo paralizó! 
“─¡¿Tanto?!... ¿Usted cree que alguien estaría dispuesto a pagar tanto?
 ─Necesité un tiempo para responder ¡Estaba sin aliento! Esa fue una de las pocas veces que le hablé con la más llana honradez y casi en un suspiro.
“─Si Señorita. No tengo la menor duda de que usted podrá obtener esa suma.

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    El señor Kanitz temblaba. Tomó otro sorbo y se recostó del asiento.  Respiró profundo antes de proseguir.
─Doctor. Es bueno que entienda que cuando fui a esa casa, lo menos que pasaba por mi mente era transarme en un negocio tan ambicioso… Si lograba concretar esa compra, en cuestión de días iba a estar en capacidad de ganar  más de lo que había ganado en casi treinta años de pequeñas transacciones. De allí en adelante comenzaron las horas de mayor desasosiego de mi vida. No debía soltar a la Heredera por nada del mundo. Tenía que sacarla de Kekesfalva antes de que viniera Petrovic, y en el proceso, no debía revelar que yo era el comprador.
    Kanitz hizo una pausa que parecía estudiada. Desvió la mirada de mí, y luego, como regresando de sus cavilaciones:
─¿Sabe Doctor? Antes de que alguien me acuse de mísero estafador y cosas por el estilo (y no le quitaré la razón) es necesario que se analice la otra cara de la moneda. Lo que le voy a decir lo supe después. Y lo pude obtener apelando a un sinfín de delicadezas para sacar fragmentos de frases que luego completarían el rompecabezas de lo que pasaba por el alma de esa Dama, y que en ese momento yo ni siquiera sospechaba. 
─El caso es, que la pobre Heredera al llegar a su propia casa había experimentado lo amargo que puede ser el resentimiento más cruel, pero a la vez predecible, si tomamos en cuenta que ninguna envidia es tan insidiosa como la que emana de esos seres subalternos cuando el compañero  es sacado del yugo donde ambos permanecieron uncidos por años, y elevado en alas de ángeles, a los dinteles celestiales. Las almas mezquinas perdonan más fácil a un príncipe la riqueza más extravagante, que la libertad más modesta al que ha sido igual a ellas en su destino.  La servidumbre de Kekesfalva recordaba cuántas veces, en sus accesos de soberbia, la Princesa había tirado el peine a la rubia cabeza, alegando que la había maltratado al peinarla, y como esa, mil humillaciones más que en el resto del personal no solo provocaban miedo a ser víctimas de sus arrebatos, sino también lástima, por esa pobre alemana. Pero ahora, esa lástima se había trocado en rencor, al verla convertida, sin más ni más, en la flamante  dueña de Kekesfalva. Pero si de algo estaban seguros era que ese artificioso rol de propietaria que ahora ostentaba “la alemana”, sería algo meramente transicional. Por ejemplo, Petrovic tomó el tren a Viena para no tener que saludarla, y la esposa de éste, que tenía el cargo eventual de ayudante de cocina en la casa -y que por ser la esposa del administrador tenía un juego de llaves- ni siquiera se dignó en recibirla. El sirviente que la recibió puso su valija en la puerta de su habitación, dio media vuelta, y se fue. Pasó esa tarde virtualmente sola; se sentía cansada, pero no era un cansancio físico era algo en su ánimo. Quiso recurrir a la música, pero ya se imaginaba lo que podían decir en la casa al escuchar las notas del piano; trató de leer, pero no se podía concentrar. Llamaron a su puerta y una voz le anunció que la cena estaba servida. En efecto. Pero lo hizo íngrima y sola en un  comedor silencioso. Ella misma llevó los platos a la cocina y los lavó, y aún, antes de dormir, tuvo que oír a través de su ventana, conversaciones en voz alta que giraban alrededor de frases como “cazadora de herencias” y “carita de yo no fui”. Esas primeras horas enseñaron a esa dama de sensibilidad tan delicada, que la casa se había transformado en un nido de víboras. 




Por eso, cuando conoce a un hombre tan enterado y comedido, que le propone buscar a un comprador seguro, que le da recomendaciones objetivas de cómo invertir el monto de la venta y de paso, se presta para asesorarla… ¡En fin! Fue como ver a un mensajero del Cielo. Por eso, no indagó más y puso a mis órdenes todos los documentos además de aceptar la proposición de viajar esa misma mañana a buscar al comprador (antes de que apareciera Petrovic). Todo fue muy rápido y, cuando quisimos ver, estábamos en el expreso a Viena. Viajábamos en primera clase. En este caso el sorprendido era yo, porque era la primera vez que  me sentaba en los asientos tapizados de listas beige y grosella de un vagón premium. 
─Ya en Viena, la instalé en un hotel céntrico, y yo ocupé una habitación cercana. Necesitaba tener armado el contrato esa misma noche. Eso lo tenía que hacer con Gollinger, un abogado de mi confianza, para así, al día siguiente dar el golpe de la forma más intachable. Pero por otra parte, yo estaba en ascuas porque no me atrevía a dejar sola a la dama ni un minuto. Lo que se me ocurrió fue proponerle concurrir a la ópera, en tanto que yo trataría de contactar al señor que estaba interesado. Idea que ella aceptó gustosa. Eso me aseguraba dos horas y media para mi diligencia. Alquilé un coche (yo estaba acostumbrado a usar los carretones públicos, donde me codeaba con obreros, campesinos, cabras, jaulas y gallinas, y me dirigí a la casa de mi abogado mercenario, pero no estaba. Me dediqué a buscarlo hasta que pude ubicarlo jugando cartas en un bar de mala muerte, y le ofrecí un buen fajo de coronas para montar el contrato y para que al otro día en la noche, citase al notario público, quien también recibiría una comisión por su trabajo fuera de horario. Primera vez que yo hacía esperar a un coche en la puerta mientras que le dejaba los datos a Gollinger para el documento, al finalizar, me hice llevar a toda prisa al teatro. Se me había hecho tarde.
─El público estaba saliendo. Entré corriendo al vestíbulo. Busqué entre la gente, pero la Dietzenhof no estaba. Subí a saltos hacia el palco. Tampoco estaba allí ¿Se había extraviado? ¿O era que al fin, había descubierto mi coartada? Bajé a zancadas al vestíbulo y la pude reconocer por su cabellera amarilla,  de espaldas, contrastando su vestido sin pretensiones y confeccionado por ella misma, con las elegantes galas de las damas que la rodeaban. Al verme, me recibió con entusiasmo. Se había inquietado por no saber de mí, aunque debo admitir que el mayor alivio fue mío.
─Esa noche, ya en mi habitación y a pesar del trasnocho anterior, estaba tan nervioso que no podía dormir. ¡Faltaban  tan solo horas, para llegar a la meta! Pero me asaltaba el temor de que todo se cayera en el último minuto. Para evitar que se tropezara con su abogado o una persona que la alertara, no me quedó otra alternativa que alquilar un coche.  
 ─A la mañana siguiente entré cansado al restaurante del hotel, y ya ella me esperaba tranquila. Luego del desayuno comenzó la gira. Primero nos dirigimos al Banco para indagar  lo referente al cheque de gerencia y las condiciones del plazo fijo, pero no le dije lo más importante, que necesitaba retirar dinero pues desde el día anterior yo había asumido unos gastos que representaban todo lo que yo gastaba en tres meses. Al llegar, desplegué todo mi arsenal de relaciones públicas, saludando con entusiasmo, desde el portero hasta el gerente, para darle la impresión de que yo era una persona de confianza en la entidad. Al salir de las oficinas internas la vi sentada pacientemente con sus manos cruzadas sobre la cartera en su regazo. No era conveniente que tuviese en las salas de espera piensa que piensa, pues la mente comienza a procesar detalles que al principio no dimos importancia, pero cuando menos se espera, pueden aflorar encajando como piezas de un rompecabezas. ¿Y si del fruto de esa relajada meditación surgiera el rayo de luz que enfocara la virtual estafa? Tenía que impedir eso a como diera lugar. Así que, al salir del Banco hice detener el coche  frente a una librería. Entré azorado, y lo que se me ocurrió pedir fue una antología de los mejores poetas parnasianos de la lengua alemana recopilados por Heinrich Heine, una edición en cuero con canto dorado, de 1898. Al subir a la calesa y entregarle el libro, su entusiasmo fue mayúsculo. Pero lo que ella  no sabía era que, aunque me lo pidiera, yo iba a hacer cualquier cosa para evitar autografiar el libro, en la seguridad de que en un futuro inmediato, cualquier objeto que le recordara mi persona iba a ser motivo de congoja; incluso, pudiese  falsificar la firma y usarla contra mí. Otra cosa que hice fue buscarle conversación en los trayectos para evitar que reflexionara acerca del paso que estaba a punto de dar, así que me dediqué a hurgar en sus aficiones descubriendo que se interesaba por la pintura; lo que resultó excelente, debido a que mi trasiego como tasador de arte me había obligado a conocer lo atinente a la vida de los artistas. Cuando ella se refería a los pintores parecía una adolescente deslumbrada por sus ídolos. Hasta que volvíamos al tema de los trámites; entonces, su mirada se trocaba en atención muda, pero con cierta impaciencia por “pasar la página”. 




─Comenzamos a trajinar por toda Viena… Digamos que en parte era para comparar y ubicar la mejor oferta de inversión del importe de la venta lo que resultó en negociar con la Transnacional de Ferrocarriles Europeos, la empresa con más competitividad y expansión. Pero también debo reconocer que mi intención era aturdirla de tal modo, que se diera cuenta de las dificultades que entrañaba la venta sin el asesoramiento adecuado. Pero, por lo visto, ella nada que se aturdía. Se sentaba en las salas de espera, y leía hasta que yo la llamaba y la hacía pasar. Mucho después comprendí que -con o sin libro- igual iba a esperar de la forma más paciente, porque en todo los años de andar junto a la Princesa las esperas habían llegado a ser parte de su naturaleza. ¡En eso se le habían ido los mejores años de su juventud!
─En cuanto a los trámites, cualquier cosa que yo le propusiera ella accedía y procedía a firmar. Tanto, que en algún momento comencé a sentir la tortura perversa de que si le hubiese ofrecido tan solo ciento treinta mil coronas, igual las habría aceptado; porque se evidenciaba que más que obtener un precio, lo que anhelaba era terminar lo antes posible con el levantamiento de formularios y  firmas, pues, hasta  la mera visión del dinero (que ni contaba) le producía una marcada inquietud. Sin duda, solo quería escapar a su mundo, sus lecturas, tejidos, patrones de costura, y el piano. 
─La diligencia había durado desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde. Ambos estábamos exhaustos. Entramos en un cafetín, y luego de una breve cena. Le dije.
“─Bueno señorita. La venta ya puede darse por realizada. Falta solo la firma ante el Notario y recibir el importe de su transacción. Con esto, quedan tan solo dos firmas para mañana: la del plazo fijo y la de las acciones.
─Su rostro se iluminó.
“─Entonces ¿Podré irme esta misma semana?
“─Por supuesto. Mañana a esta misma hora, usted no tendrá que ocuparse más por dinero o propiedades. Tendrá una holgada renta mensual asegurada de por vida. En adelante usted podrá vivir en cualquier parte que tenga un Banco cerca ─ y por cortesía, le pregunté─ “¿Piensa ir a vivir con su familia?”
─En ese momento vi como un pensamiento fugitivo atravesaba su rostro tal cual la sombra de una nube. 
“─Puedo ir a casa de mi sobrina en Wesfalia.
─De inmediato pedí al mozo una guía de ferrocarriles para plantear todas las combinaciones. Le aconsejé que pernoctara en Fráncfort, y al día siguiente, seguir descansada a Colonia (en la publicidad  estaba el aviso de un albergue que se veía bien y era económico). Estaba en esto de los pasajes hasta que consulté el reloj. Detuve todo y nos dirigimos a la Notaría.
--------------
─En menos de una hora quedó todo arreglado… Digamos que ese fue el tiempo suficiente para arrebatarle a la Dama las tres cuartas partes de lo que quedaba de su herencia. El Notario, de manera disimulada, vio tangencialmente a la Dietzenhof sobre el borde superior de sus lentes. Él, como todo el mundo, sabía los pormenores del caso. Yo adivinaba lo que estaba pensado “Pobre mujer ¡En manos de quién ha caído!”. Pero tuvo la discreción de limitarse a bajar la cabeza para desplegar el documento con cuidada parsimonia, e invitar cortésmente a la Dietzenhof a firmar. La tímida dama no tuvo otra reacción que dirigirse a mí que, con un gesto, la animé a firmar; se acercó a la mesa y escribió lentamente con su letra redonda, clara y con todas las “eles” en  el mismo grado leve de inclinación a la izquierda “Annette María Dietzenhof Beate”. Luego firmé yo. El Notario secó con cuidado las firmas y, a una señal suya, los tres nos levantamos y nos dimos las manos; después lo hicimos con el propio Escribano.
 ─Al bajar las escaleras iba yo detrás de la Señorita y, detrás de mí, Gollinger me molestaba dándome golpecitos con su bastón y, con la voz aguardentosa, me repetía por lo bajo: Lupus maximus. A pesar de eso, cuando Gollinger se fue y quedé solo con la Dama, me sentí en una situación… Digamos que embarazosa. Ahora, esa mujer silenciosa que caminaba a mi lado había dejado de ser el objetivo a destronar. En otras palabras “el enemigo”. ¿Qué podía decir yo? ¿Felicitarla por la venta, es decir el desfalco? Y más, cuando la pregunta que debía flotar frente a ella era ¿el por qué yo había firmado como propietario? Su paso ahora era distinto, casi a conciencia. Caminaba con la cabeza baja, pero por la forma indecisa con la que daba cada paso (no me atrevía a mirarla a la cara) comprendí que reflexionaba. ¿Había descubierto que yo era el comprador? ¿Por qué no hice la venta a través de un banco hipotecario? En silencio caminamos media cuadra. Cuando sentí que carraspeó, como dándose ánimo; y comenzó a hablar un poco atropellada, cosa ajena a su estilo.
“─Usted perdonará… Pero pienso irme lo más pronto posible y necesito dejar todo arreglado… Debo reconocer el gran trabajo de recurso y tiempo que ha tomado… y… le ruego que me diga… ¿Cuánto le debo por tantas molestias? .
─¡Esto era demasiado!  En medio de mi aturdimiento, no pude sino replicar:
“─¡Dios mío, por favor! Usted no me debe nada.
 ─Yo estaba transpirando. ¿Cómo era posible que esta situación me tomara sin estar preparado? Yo estaba cebado en el trasiego de la oferta y la demanda -y sobre todo en la especulación- y eso me había dado la perspicacia para prever toda la gama de reacciones humanas. Yo sabía lo que era que me tirasen una puerta en las narices, un intento de ataque físico, responder judicialmente ante una demanda, la amarga maldición de alguien que había quedado despojado, gente que no contestaba mi saludo, o que se apeaba del carretón escupiendo cuando a mí me tocaba subir, incluso, había calles enteras donde prefería hacer un rodeo para no tener que transitarlas. Pero ¿Que alguien me diera las gracias sinceras por una infamia?
“─Por amor de Dios, Señorita. Solo espero haberla ayudado a conseguir lo que usted quería. Vender lo antes posible. Y lo hice porque estoy convencido de que era lo mejor… Las personas como usted, que no entienden de negocios, lo mejor que pueden hacer es no mezclarse en ellos (antes de proseguir tragué saliva) … Señorita… Le advierto que más de uno vendrá a decirle que ha hecho el peor negocio de su vida, que la estafaron, ¡Qué sé yo! Pero por más que le digan eso recuerde que hay cosas que esa gente no sabe… Si bien es cierto que usted hubiese obtenido un precio más alto por la propiedad, no obstante, no lo hubiesen cancelado en un solo pago sino interponiendo letras, y para serle sincero, eso no funciona con usted… Usted, por lo visto, paga a tiempo todos sus compromisos, lo que quiere decir que no es una persona que esté dispuesta a cobrar. Le apuesto que más de una vez ha dejado que se pierda una mercancía -la confección de un vestido, por ejemplo- para no insistir con el comprador. ¿Acaso usted puede ser capaz de entablar una querella si el pagador de la letra se atrasara, o simplemente dejara de cumplir?... No lo creo Señorita. Para cobrar… ¡Para los negocios en general! Hay que ser… pues… Hay que ser duro como el propio dinero. Pero no solo eso, sino también mañoso, y créame, usted no está para eso. Así que, lo mejor fue lo que hizo.
─Entretanto ya habíamos llegado al hotel, y ella, extendiéndome la mano, me dijo de una forma extrañamente desenvuelta:
“─Gracias por sus consejos. Pero le reitero mi petición. Tiene dos días dedicado a mis asuntos y sé que nadie lo hubiese hecho con el desprendimiento que usted ha demostrado. Nunca ─se ruborizó un poco─ un caballero había sido tan atento conmigo. Nunca… Hubiese creído que quedara tan pronto libre de este asunto… Así que tómese su tiempo, y mañana me puede dar razón de lo que le dije. Por los momentos le repito: Le estoy muy agradecida, de verdad.
─Diciendo esto extendió su mano, mientras que un brillo infantil iluminaba su mirada azul. Traté de responderle pero no tenía nada  para decir. Así que, besé su mano, y se retiró. Me quedé viéndola, como a punto de decirle algo que no sabía qué era. Hasta que vi que el recepcionista le entregaba la llave. Salí a la calle como un autómata. No sabía a dónde iba y al pasar por una cristalería iluminada vi mi rostro en el espejo de la vitrina  y comencé a analizarlo como quien mira la imagen de  un asesino en un diario. ¿En realidad yo era tan egoísta, o eran mis circunstancias? Entonces volvió el eco de esa voz “Le estoy muy agradecida, de verdad”. Eran las palabras de la única persona que había creído que yo era un hombre probo. En un acto de masoquismo deliberado, volví a verme en el reflejo; esta vez me quité los lentes. Qué diferentes eran los mensajes que transmitían mis ojos comparados a lo que emanaban de los de ella. Los míos eran ansiosos, los de ella apacibles, iluminados por la fe interior del que encuentra lo mejor en cada uno de sus semejantes. Esa mirada la había visto antes. ¡Sí! Así miraba mi madre. Una mujer curtida en las pruebas más duras pero que, más allá de las circunstancias, creía que del mundo también se podían sacar cosas buenas: por ejemplo de mí. Pero, para ser digno de aquel fervor había que ser un hombre cabal; factible de ser engañado, pero que nunca engañaría a nadie. Al fin de cuentas, sobre el hombre justo es que reposa la bendición de Adonai.
─Entré en un local y pedí un café a ver si se me quitaba lo amargo que sentía en la boca. Fue inútil. Todo este desasosiego era por el negocio. Si ese era el problema, bueno, no iba a esperar que ella me reclamara sino que, de manera espontánea, le dejaría abierta la opción del rescate quedándome tan solo con un porcentaje. Esta idea fue la que me dio una efímera sensación de alivio, y fue así que esa noche pude dormir, aunque no lo suficiente.
─El compromiso de acompañarla a las últimas firmas me hizo despertar temprano, lo que me dio tiempo de comprar una caja de bombones, pero me pareció que no era suficiente; así que también busqué un enorme ramo de rosas rojas. Volví al hotel con las manos ocupadas, y pedí al recepcionista que le enviara los obsequios a la habitación. Pero él, dándome trato de nobleza, según el hábito vienés, me contestó:
“─Señor von Kanitz, la señorita ya bajó a desayunar. Está en el restaurant.
─Por un momento dudé. Hubiese preferido dejarle los regalos y no tener que verla a solas… Pero… al fin y al cabo, igual iba a verla cuando la acompañara al finiquito de las firmas. Hasta que el botones interrumpió mis cavilaciones. 
“─Si quiere puedo llevarle las cosas de su parte.
“─Es usted muy amable, pero no, gracias.
─Cuando entré al comedor, la vi en una mesa solitaria al lado de una ventana leyendo su libro de poemas. Al contacto con la luz natural sus bucles dorados brillaban aún más. Me acerqué sigiloso y puse la bombonera y las flores en la mesa, dedicándole la más amplia de mis sonrisas. Se sonrojó, pues -esto lo llegué a saber después- nunca le habían regalado flores, exceptuando la vez  que uno de los  parientes de la Orosvar le había enviado un ramo para congraciarse con la persona más cercana a la Princesa. Ante esto, la Princesa montó en cólera y le ordenó que las devolviera de inmediato. Pero ahora, alguien le regalaba unas rosas y nadie le iba a ordenar que las regresara.
“─¡Pero cómo!... Por favor ¡¿A qué debo esto?!... Esto… esto es demasiado hermoso para mí.
─¿Sería la luz que se reflejaba desde las flores, o la sangre que se agolpaba en sus mejillas? Lo cierto es, que un brillo rosado estaba regado en su rostro.
“─Siéntese, por favor. 
─Me senté enseguida.
“─Señorita… Es un pequeño presente de despedida. Ahora vamos a las firmas del Banco y de las acciones… Pero… ¿De verdad se quiere marchar hoy mismo?
“─Sí.  Respondió bajando la cabeza, mientras acercaba hacia sí el ramo. No hubo ni alegría ni pena en ese “sí”. Era más bien de serena resignación.
“─¿Ha anunciado por telegrama a sus familiares que usted va a ir para allá?  
“─No. En realidad creo que se asustarían si les mando eso… Además… Ellos casi nunca han sabido de mí.
─Esta respuesta no me gustó. Dudé por un instante si era prudente someterla a mis indagaciones. Pero decidí abordarla.
“─Usted me va a perdonar que le pregunte estás cosas… pero ¿Se trata de parientes cercanos?
“─Sí y no… En realidad, no; se trata de una sobrina, hija de mi difunta hermana, que vi muy pocas veces cuando ella todavía era una niñita. Tampoco conozco a su marido; solo sé que tienen una parcela con una pequeña granja de gallinas ponedoras. Ambos me escribieron y, muy gentilmente, se pusieron a mis órdenes y me dijeron que tienen dispuesta una habitación para que esté con ellos todo el tiempo que desee.
“─¿Pero?… ¿Qué va usted a hacer allá?
“─No sé… Bueno… Puedo recolectar los huevos todos los días.
─Esta respuesta hizo que me sintiese pésimo. Era algo indefinible. Sentía algo similar a un dolor que uno sabe que ha sufrido pero que no consigue recordar; solo descubre que todavía se oculta entre las entrañas. Estaba en presencia de una mujer abandonada, no al destino, sino a la veleta de los vientos. Pero creo que lo que más me afectó fue que, en la desorientación que ella experimentaba, estaba reflejado yo; en mi vida sin hogar, sin más objetivo que el hacer dinero, y en ello sacrificando todo. ¡Hasta mi propia felicidad! Yo estaba alterado y no pude disimularlo cuando le dije.
“─¡Por favor! Eso no tiene sentido. ¿Pretende internarse en un monte  para el resto de su vida? ¿Al lado de unos parientes que usted nunca conoció? Usted no tiene necesidad de enterrarse así.
 ─ No sé si fue una ilusión óptica, pero sus ojos antes azul celeste se habían tornado en un gris acero. Hasta que me respondió casi con un suspiro (tuve que hacer un esfuerzo para oírla)
“─Para serle sincera. Yo misma me siento intimidada por esa decisión. Pero… ¿Qué otra cosa puedo hacer? Y diciendo esto levantó su mirada de las rosas hacia mí.
“─Entonces lo mejor sería que usted se quedara aquí. 
 ─Y luego de una pausa, me oí diciendo en voz más baja aún.
“─Quédese aquí… conmigo.
 ─Me miró fijamente, y dio una leve inclinación de cabeza, como de incredulidad. Solo entonces comprendí el alcance de lo que había salido de mis labios. Era una frase que, a diferencia del resto, había escapado sin que la sopesara y aprobara. Sencillamente, mi inconsciente había brotado a través de una vibración de la voz. De inmediato comprendí lo que había dicho, y además, el lógico error de interpretación a que se prestaba la frase. Así que, aclaré de manera precipitada.
“─Quiero decir… Cásese conmigo.
 ─Por un instante, el silencio se hizo escandaloso. Hasta que se levantó bruscamente, dio media vuelta y cruzó el comedor casi a la carrera, esquivando y tropezando las mesas. Fue en ese momento que analicé el alcance de mi propuesta ¿Qué me había creído? ¿Que podía seducir a una dama tan sensible y culta? Estaba claro que ella me había dado su confianza pero yo había sobrepasado los límites de una forma abusiva. Yo, un feo, y de paso un viejo tacaño y sin escrúpulos ¿Qué podía ofrecerle a una mujer tan ajena a mis mezquinas ruindades?... Esa reacción, incluso, me hizo sentir conforme al fin. Las cartas habían quedado todas sobre la mesa y vueltas hacia arriba. Ya ella había descubierto lo miserable que yo podía ser. Al fin y al cabo… ¡Si yo mismo me despreciaba! ¿Por qué iba a impedir que ella pensara de otra forma? Bien merecido me lo tenía. 
─Todo esto pasaba por mi mente, hasta que ella apareció con los ojos enrojecidos ¡Había llorado! Tenía la cara húmeda, se había lavado de manera apresurada. Para sentarse tuvo que asirse con ambas manos al respaldar, y yo estaba aún en un estado de conmoción tal, que no tuve voluntad para levantarme y apartarle la silla.
“─Perdone usted… Perdone mi brusquedad… Es que no puedo entender… ¡Usted ni siquiera sabe quién soy yo!
─No pude responderle. No obstante, quedé conmovido al percatarme de que su reacción no era de enojo sino de consternación. Sin duda había sido demasiado directo y ambos quedamos aturdidos. Ninguno quiso volver a tocar el tema, y menos mirarnos a los ojos. No obstante, aunque hablamos solo lo indispensable, esa mañana la acompañé a las últimas transacciones. Pero en la tarde, cuando tenía que comprar el boleto, no lo hizo. El día siguiente tampoco, y al tercer día le volví a proponer matrimonio. Tres meses después, nos casamos.

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    El relato me dejó sin habla. Aunque pude comprobar que había servido de catarsis para el señor Kanitz. Ahora su respiración era más relajada. Tomó lo que quedaba de su jarra, se sacó el reloj del chaleco, y sin dejar de ver la esfera, dijo:
─Bueno Doctor, ya es hora de volver al Sanatorio.
 Subimos a la calesa en silencio, pero ya en marcha, retomó la conversación.
─Todavía hay gente que afirma que yo me casé con Annette para despojarla de su herencia. Que piensen lo que les plazca; no me rebajaré a discutir eso con nadie. Ella, y el Notario público, saben la verdad y eso es suficiente. Por otra parte, cuando de mis labios salió la proposición -y perdone si repito lo que dice por ahí cierto médico vienés- en realidad lo que me pasó fue que “tomé conciencia de mi inconsciencia”.
─¿Cómo me enamoré de Annette?... Digamos que el encanto no es algo súbito, nada parecido a una explosión de dulzura ni mucho menos… Es más bien discreto, como una hebra de plata tejida de forma sutil entre los hilos de la personalidad. Resplandece sin que uno se percate de ello.
─Parecía un compromiso absurdo, pero los opuestos suelen armonizar… Por ella fue que comprendí en todo su sentido la sentencia bíblica de “El que haya esposa haya el bien y alcanza la benevolencia del Señor”. Pero, por esa bendición tuve que pagar un costo, siendo que toda elección es una renuncia. El caso es que  me propuse convertir en ese hombre a quien ella admiraba; por eso me desligué de raíz de todo mi pasado fraudulento, cancelando todo tipo de asociación dudosa con cuantiosas pérdidas de mi parte. Incluso, traté de reponer algo de los desfalcos más notorios de mi antigua carrera de usurero. Y no contento con esto, y para ser un verdadero “hombre nuevo”, busqué un padrino influyente y me bauticé. 
─En cuanto a la Central de molienda, si bien, yo no era agricultor ni industrial, sí tenía un camino andado en los seguros agrícolas y sabía quiénes eran los técnicos más destacados en cada proceso y los contraté. Hice inversiones en la actualización de la maquinaria, luego me asocié con unos industriales vieneses para formar el trust del alcohol (que ha llegado a competir con los productos importados desde América del Sur) y otro de alimentos, formando el complejo cerealero que ya usted conoce. 
    Hizo silencio porque acabábamos de ingresar a los jardines de la fachada del Sanatorio. Nos apeamos despacio, nos dirigimos a la sala de espera de los quirófanos, y nos sentamos en unos muebles que nos permitían ver la puerta.
─Pero Doctor… De nada vale el éxito más rotundo si no  puede verse reflejado en los ojos de la mujer amada. Por eso siempre tengo que volver a Annette. Ella es como el remanso luego de la corriente. Las cosas que hace producen en mí una tímida admiración y… ¿Por qué no? Un orgullo egoísta, y aunque yo no puedo hacer las cosas que ella hace, siento que si lo hizo ella, es como si lo hubiese hecho yo. Al fin y al cabo (y eso aplica para ambos) da más fuerza saberse amado que saberse fuerte. Gracias a eso ella recobró su lozanía y belleza, pero lo hizo tal y como ella es: sin espavientos, sin presumir de nada; más bien, siempre ha sido el alma callada de la casa. Pero, por lo demás,  la vorágine de compromisos sociales en los que tenía que intervenir por el hecho de ser el líder de una Corporación, hizo que replanteara mis actividades, nombrando un personal de confianza  para dar la cara en el ámbito público y hacerme a un lado para mover los hilos de la empresa fuera de escenario. En la casa pocas veces tenemos invitados. Es como si  nos hubiésemos puesto de acuerdo para tratar de que la gente se olvidara de nosotros. A decir verdad, la felicidad no tiene por qué hacer bulla. La prueba está en que nuestro hogar fue así por algunos años. Hasta que Annette me dio la más grande alegría de mi vida: El nacimiento de Edith Annette.
    Se refería a esa encantadora niña de cabello negro y ojos azules, que heredó la suavidad tímida y cortesía natural de la madre, más la inteligencia penetrante del padre.
─Pero ahora, la madre de la niña de mis ojos está en estas condiciones… Comenzó a adelgazar y a sentirse cansada… esa tos, la sangre… ¡En fin! Usted conoce mejor que yo el historial médico. Pero, lo que sí le puedo asegurar es que su mayor deterioro se debió a la reticencia de que yo me enterara de su estado. Tal vez pensaba que era algo pasajero y no quería por nada del mundo que yo, teniendo cosas “más importantes” para atender, me preocupara por ella. Entonces apretaba los labios para no quejarse. Hasta que no pudo ocultarlo más y la crisis estalló.
─Doctor, usted sabe que he movido Cielo y Tierra para curarla. De hecho, esta operación es mi última carta. Y a propósito de todos mis esfuerzos, la realidad es que el dinero, ese dios a quien he servido desde mi infancia, lo he visto desmoronarse tal y como aquella estatua de Nabucodonosor. ¡Se ha hecho añicos! Pero aparte, la enfermedad de Annette ha representado para mí un verdadero… ¿cómo decirle?... naufragio existencial... Es como si tratara de sobornar a Dios… Pero… ¿Cuál Dios? ¿El nuevo Dios, ese que está en la iglesia? ¿O el Dios de la sinagoga? No me importa. Así que, tanto al Párroco como al Rabino he llevado contribuciones para que ellos intercedan al Ser Supremo por la salud de Annette. Y solo me pregunto, ¿Si el pecador he sido yo, por qué se va a ensañar con la vida de Annette? Ella es incapaz de hacerle daño a nadie. Si alguien en realidad ha sido malo, ese soy yo.
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    En ese momento, la puerta del fondo se abrió. Una enfermera salió apresurada hacia el pasillo contiguo. De manera instintiva y, como provistos de resortes, nos pusimos de pie. Solo tuvimos que esperar un momento, cuando la puerta se volvió a abrir, y vimos al cirujano que se quitaba el tapaboca y se dirigía hacia nosotros.  



Alí Reyes Hernández 
Caracas, agosto del 2015




Alí J. Reyes Hernández
Escritor venezolano. 
Ha publicado dos libros de cuentos, Tigrero (2002) 
Portugal mar afuera y otros relatos (2012). 
Se caracteriza por darle a la crónica el formato de cuento, 
con una narración rápida, directa, breve y de finales contundentes.
Además, administra la bitácora miscelánea: 
En la actualidad reside en Maringá (Brasil)

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