RELATOS Roberto Molinares

domingo, 20 de septiembre de 2020

Ventisquero






 

Madreperla

 







jueves, 3 de septiembre de 2020

El Ojo







martes, 1 de septiembre de 2020

A Puerta Cerrada




Tú sabes que vivo en un edificio pequeño y por eso todos los vecinos nos conocemos. Cada quien sobrevive tras la puerta y la reja de seguridad. Contrario de lo que ocurría en nuestro barrio que la puerta se cerraba solo de noche o cuando la gente se iba de viaje. La llave se la entregábamos al vecino, por si acaso. ¿Recuerdas? Entre las casas había un intercambio permanente de niños, salíamos de una y entrabamos a otra a lo largo de toda la calle.

Bueno, yo me pregunto ¿En qué nos hemos convertido? Con razón dice la canción; “La calle es una selva de cemento”. Esta es una sociedad llena de temores y prejuicios con un sentido de convivencia casi nulo. Enjaulados cada uno en su apartamento. Un fenómeno social en el cual la inseguridad ha influido mucho. Si se trata de un edificio pequeño, podemos conocer a algunos pocos vecinos por el nombre, pero si el edificio es grande, infinito como un barrio de pie, eso es imposible. Uno habla con la gente del pasillo, con el vecino de al lado, los de arriba o los de abajo. El resto son vecinos, pero no dejan de ser extraños que te encuentras en el ascensor. ¿A qué viene esto? Bueno, resulta que el edificio donde vivo es pequeño y lo que ocurrió nos tomó por sorpresa como si no fuera lo más obvio, pero estábamos tan desconectados que nadie lo sospechó.

Te cuento. El señor Freddy es un tipo blanco y canoso. Vive debajo del piso mío. Un viejo impenetrable. No sostiene la mirada, como si ocultara algo. Tal vez, la timidez haga parecer huraña y mal educada a la gente, pero cada quién, es como es. Vivía solo, si tenía familia, era un misterio. No es que uno quiera averiguarle la vida a la gente, pero era solitario y escurridizo. Setenta años, tal vez menos, qué se yo. Parecía tener nada más como dos franelas. (Este dato parece de mal gusto, pero es necesario para describirte al personaje) Cuando no tenía puesta la franela beige, usaba otra franela de color guayaba. Si lo saludabas o querías preguntarle algo, soltaba una tosecita como para aclararse la garganta. Un gesto de timidez, supongo. Al parecer no encontraba las palabras. Lo otro que hacía, era que echaba los hombros hacia atrás una y otra vez. Una manía rara como si le causara molestia una mochila imaginaria. No tenemos ascensor, son apenas cuatro pisos, ocho apartamentos. Pocos vecinos. Si te encontrabas al viejo a punto de salir de su casa, el hombre salía y cerraba rapidito como para que no vieras hacia dentro. Si por el contrario, te lo encontrabas a punto de entrar, parecía un ratón colándose por una rendija, casi adelgazaba el cuerpo para meterse por la puerta entreabierta. Muy reservado. Tan reservado que dejábamos de verlo por semanas y nadie sabía qué era de su vida. Para navidad y año nuevo desaparecía, seguro tenía familiares. Cuando regresaba después de tanto tiempo, mis hijos lo saludaban con cariño. Mi niño más pequeño, un día lo abrazó porque el viejo parecía un abuelito. Lo normal es que devuelvas el abrazo ¿verdad? pero se quedó con los brazos levantados sin saber qué hacer. Era seco como una rama de verano. No estaba acostumbrado al contacto ni al cariño. Pero no era mal vecino. Si una bombilla del pasillo se quemaba, él la cambiaba de inmediato. No sé de dónde sacaba una escalera y se encaramaba a pesar de la edad. Estaba pendiente de alguna fuga de agua. En ese sentido, siempre pensaba en el bienestar de los vecinos. Por un tiempo estuvo encargado de recolectar el dinero para pagar los servicios de electricidad de las aéreas comunes. Pero fuera de lo cotidiano, permanecía esquivo y distante.

Un día me lo encontré después de una de sus largas ausencias. Fue él quien me abordó y me extrañó. Casi me muero, me dijo. Me dio una fiebre y caí en cama. Me salvé porque estaba en San José, con la familia, si me hubiese dado estando aquí, no la cuento. ¡Ah, el hombre tenía familia! Parecía que se estaba abriendo un poco, una confidencia importante, un gesto de confianza que al principio me descolocó, pero que después supe agradecer.

La mayoría de las veces lo veía venir por la acera e intercambiábamos un movimiento de cabeza. Casi siempre llevaba una bolsa transparente y dentro de ella, un envase que contenía sopa, que según supe después, compraba por allí mismo, en el restaurant La Barca. Es decir, el hombre no cocinaba, pero era de suponer. ¿Una sola persona para qué va a comprar víveres y tomarse la molestia de prepararlos? También intuíamos que le gustaban las hamburguesas y la comida rápida, porque cuando te pasaba al lado, el olor a hamburguesa y papa frita lo delataba aún cuando las llevara dentro de una bolsa de papel. Mis hijos eran especialistas en detectar el aroma y el contenido, y aprovechaban para preguntarme con desparpajo cuándo los llevaría a McDonald´s. Por cierto, ya que lo menciono, toda esta historia tiene que ver con el olor. No, no el olor de las papas fritas. Ya verás. Tú me dirás que soy un chismoso, pero es necesario que te lo cuente de esta manera.

Si me asomaba al balcón de mi apartamento y miraba hacia abajo, podía ver una batea donde el viejo fregaba los trastos de siempre. Un vaso de aluminio, una taza para el café y una escudilla para sopa que dejaba escurrir boca abajo. También había una cuerda donde colgaba la franela que no estaba en uso y dos calzoncillos inmensos.

La limpieza del edificio la hacía un señor llamado Marcos. Después de toda una mañana de esfuerzo, el hombre dejaba el piso de granito como un espejo. Subir o bajar las escaleras cuando el piso estaba húmedo era una incomodidad para nosotros. Intentábamos esperar que el piso se secara. Un día, el señor Marcos se quejó y me comentó: El señor Freddy como que no barre su casa porque siempre deja las marcas de los zapatos. De de su puerta salían huellas que se perdían escaleras abajo como si hubiese pisoteado talco. El señor Marcos debía desandar con molestia su camino limpiando el rastro con un trapo húmedo.

¿Lo del olor? Allí quiero llegar. Un día comenzó un olor extraño, un olor caminante, porque un día estaba aquí y otro allá.  La cosa coincidió con que teníamos un problema con un gato atigrado llamado “Chicho” parecido al de Alicia en el país de las Maravillas. El gato pertenecía a la dueña del bazar “La Fuente”, que queda allí mismo, a la vuelta de la esquina.  Cuando entrabas al bazar, te conseguías a Chicho dormitando sobre el mostrador, parecía un peluche. Era un animal castrado, lo que le había permitido un peso extra que lo hacía ver inmenso. Uno llegaba y cuando el animal salía del sopor, se te quedaba viendo con la indiferencia con la que un gato siempre ve a un ser humano, luego volvía a su siesta. Son animales muy aseados que pasan la mayor parte del tiempo lamiéndose. Tú sabes, ellos por instinto abren un agujero, defecan y después lo tapan.  Bueno, entre tanto cemento y asfalto, el único pedacito de tierra que encontró Chicho para hacer sus necesidades fue un pequeño jardín que tenemos a la entrada del edificio. Yo no sé, si has experimentado eso, pero el olor se te queda pegado a las fosas nasales, viaja contigo, lo llevas en la ropa. Chicho ni siquiera lo tapaba bien porque el jardín era estrecho y no tenía mucha tierra que digamos. Resulta que cuando los otros gatos lo huelen, parece que dicen: "Por aquí pasó uno de nosotros".Y entonces también van a reconocer el terreno. Empezaron a hacer lo propio en visitas nocturnas y convirtieron nuestro jardín en un verdadero campo minado. Por las noches subíamos las escaleras con la sensación de traer algo espantoso adherido al zapato. Un olor indefinible se apoderó del edificio. ¡Maldito Chicho! Lo curioso es que aún dentro de nuestro apartamento se sentía mucho y variaba según la dirección del viento, otras veces parecía disminuir.

Bueno, lo cierto es que el jueves temprano salí para mi trabajo. Ya en la tarde como a eso de las tres, recibo una llamada de mi esposa. Mi amor, menos mal que no estabas aquí. Tú sabes, te dicen algo así y uno de inmediato se asusta. ¿Qué pasó negra?  Me dice: Se murió el señor Freddy. Yo quedé mudo al otro lado de la línea. Mi amor, aquí estamos todos consternados. Un señor de la calle pasó y vio moscas saliendo por la ventana y llamó a los bomberos. 

Increíble, ninguno de nosotros había pensado en esa posibilidad. Chicho y sus amigos habían jugado un papel importante al despistarnos. Menos mal –Insistía mi mujer-. Si hubieses estado aquí habrías tenido que ayudar. Un vecino se desmayó y nosotros no podíamos bajar, fue algo horrible. Uno de los bomberos rompió una ventana, se introdujo, encontró un manojo de llaves y se lo lanzó a un vecino. Este vecino refirió después su propia odisea: Las manos me temblaban, ninguna llave abría, la náusea me subía a la garganta, el bombero muy cerca de la ventana me apuraba. Por supuesto, la llave tenía que ser la última.  El bombero salió tambaleándose y aspirando desesperado. Dejó las huellas de sus botas estampadas en el piso. La casa del señor Freddy estaba cubierta por una gruesa capa de polvo.

Fuimos reconstruyendo los hechos entre todos. Lo encontraron en su cama con el cuerpo ladeando como si hubiera estado sentado momentos antes. Otro dijo, el envase todavía tenía un poco de sopa. Fue el corazón –decían otros- El bombero encontró un celular con llamadas perdidas. Uno de los datos más dantescos lo aportó una vecina que había investigado en internet casos semejantes: Las moscas atacan los globos oculares, la boca y las narices, los gusanos pronto hacen el resto. Y por supuesto mi propia versión. Para mí, quién lo mató (sin querer por supuesto) fue el cocinero de La Barca, porque una vez compré allí una sopa de costilla y no me quedaron ganas. Cuando la destapé había una repugnante capa de grasa que flotaba entre verduras y cilantro. Si a eso le sumas las hamburguesas y las papas fritas, era cuestión de tiempo para que se le taponaran las coronarias. Por cierto, el empleado de la barra del restaurant, fue quién sacó la cuenta. Cinco días. Después del domingo no regresó por más.

No salíamos del asombro. ¡Claro! Creíamos que estaba en San José. Por cierto, la familia fue contactada gracias a las llamadas perdidas. Si, lo habían llamado, pero el viejo pasaba días con el celular apagado y muchas veces no se reportaba.

Cuando salí del trabajo, aun consternado, me fui a clases. Ya sabes que retomé los estudios en la universidad. Me encontré con que no teníamos clases porque el profesor venía a notificarnos que sería intervenido quirúrgicamente y había que replantear la materia para el próximo semestre. El Profe hizo un comentario sobre los riesgos de la operación y de allí surgió una conversación que giró en torno a la muerte y el más allá. El Profe es un hombre muy sabio. Como éramos pocos, hicimos un círculo en torno a él. Yo le conté lo ocurrido. El Profe se acarició la barba antes de contestar: Todo es causa y efecto. Algunas veces ocurren cosas que parecen injustas, pero en realidad son actos de amor. Por lo que me cuentas, ese hombre vivió su vida aislado, creyendo que podía vivir sin la ayuda de sus semejantes. Entonces recibió la última lección de su vida, estando muerto –Estábamos impresionados por las palabras del Profe-  Su espíritu debió quedarse junto a su cuerpo en espera a que algún vecino lo ayudara. Era necesario que ninguno de ustedes asociara el olor con su ausencia y durante cinco días debió experimentar una lección angustiosa de convivencia. Una compañera de clases, impresionada por el relato y el análisis dijo: Lo que pasa en el edificio del compañero, pasa también en el mío.


Cuando llegué a casa, el olor se había expandido. Habían abierto las puertas y tratado en vano de desinfectar el apartamento. Según me cuentan, llegó la familia. Resulta que el hombre tenía mujer y una hija que lloraban escandalizadas, impactadas por el horrible final. Los bomberos recomendaron espolvorear café, pero no surtió efecto. La familia lavó lo mejor que pudo el apartamento, pero el edificio quedó impregnado de una mezcla espantosa de putrefacción y agua de rosas. Todos recordábamos las pocas cosas buenas del vecino. Mis hijos estaban impresionados y hacían muchas preguntas. Con congoja, mi esposa y yo nos asomábamos al balconcito y nuestras miradas tropezaban con los enormes calzoncillos colgados en la cuerda.  Mi esposa decía: A lo mejor no fue fulminante, tal vez agonizó y ninguno de nosotros fue capaz de ayudarlo.

El vecino fue sepultado en San José, por eso ninguno de nosotros pudo asistir debido a la distancia, pero en los días siguientes apareció en la cartelera del edificio, un aviso notificando que se haría una misa por su descanso eterno y todos estuvimos de acuerdo en asistir. Era el último gesto de convivencia y solidaridad que podíamos tener. Tomamos la iniciativa de intercambiar números telefónicos y correos para estar preparados en caso de emergencia. Nos sorprendimos al darnos cuenta que ninguno sabía el apellido del otro. Para mi vergüenza descubrí que el señor Freddy se apellidaba como yo. Por las noches, yo cerraba los ojos y me imaginaba al señor Freddy flotando, anclado a su cadáver, suplicando ayuda sin voz audible, desesperado al ver su cuerpo descomponerse.

Quince días después, me armé de valor y me dispuse ir a misa. Adopté el gesto más circunspecto que pude y me fui, pero cuando llegué y me senté en la última banca, me llevé una sorpresa. Apenas tres vecinos asistimos, el resto nunca apareció. Al salir, cada quien cogió por su lado como si nos estuviéramos evitando a pesar de que todos íbamos de regreso para nuestro edificio. Los vecinos que fallaron después se diluyeron en excusas. El choque inicial ya se estaba superando y las cosas parecían volver poco a poco a la normalidad, aunque las paredes impregnadas nos recordaban lo contrario.

¿Chicho? ¡Ese desgraciado! Su excremento sigue siendo un problema. Hemos hablado con la dueña, pero alega que se escapa por las noches y que no puede mantenerlo encadenado. Además, dice que un gato es capaz de colarse por cualquier espacio. Hemos tenido varias reuniones y un vecino denunció el caso ante una oficina de salubridad pública. Todavía no hemos llegado a algún acuerdo. Los más drásticos han sugerido envenenarlo. Pero no es fácil, el gato es un animal desconfiado. Con solo oler el manjar, lo descartaría de inmediato. Además, creo que ninguno de nosotros tiene el valor de llevar a cabo esa tarea.

Esto es un drama urbano. Somos como un gran palomar, un barrio de pie. El diseño y la estructura de un edificio imposibilitan el acercamiento. Somos tacos apilados. Mi piso es tu techo y viceversa. Todo el día trabajas y sólo llegas a dormir y a refugiarte.
El tipo murió como vivió. Tan aislado que nadie lo extrañó. Ni siquiera su propia familia le echó de menos y eso es lamentable. ¿Qué pasó después?  Creo que el olor desapareció o poco a poco, o nos fuimos acostumbrando. El apartamento fue vendido y se instaló otra familia.

Buenos días o buenas noches, nada más. La cercanía que nos prometimos, poco a poco se disipó. Volvimos a lo mismo. Cada quién vive tras su puerta cerrada.


 Roberto Molinares


Este relato fue publicado por EDITORIAL TORCAZA de Colombia en agosto 2020


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lunes, 31 de agosto de 2020

La Balalaika, el Guardaespaldas y el Maestro


Por Alí J. Reyes H.

Para Natalia Riazanova de Malaspina y Edgardo Malaspina 




La música es una evocadora de historias. Eso me pasa cada vez que oigo “El tema de Lara”. Pero no por la película o el libro de Boris Pasternak, sino por mi modesta balalaika.


Advierto que no paso de ser un aficionado ejecutando el instrumento, pero a pesar de mis deficiencias esa triangular artesanía folklórica representa mucho para mí, sobre todo por esa dedicatoria en su tapa. Recuerdo muy bien cómo conocí al que la hizo.
Fui llamado al despacho del  jefe de Seguridad  del Parlamento Ruso, Valentín Perfilyev. Quien estaba de pie al lado de un hombre calvo entrado en años, con unos lentes que le hacían ver como un intelectual y que me pareció ligeramente familiar. Entonces Perfilyev, dirigiéndose al señor de manera muy ceremoniosa le dijo.
 ─Maestro, le presento al joven Ivanov.
Entonces Perfilyev me preguntó.
─¿Sabes quién es este caballero?
La verdad es que en ese momento no estaba en condiciones de identificar rostros. La fatiga, originada por la falta de sueño y los sobresaltos de las últimas horas, me embotaban.

 Recordemos que el día anterior, lunes 19 de agosto de 1991, los medios estatales habían anunciado que el Secretario General del Partido y Presidente de la URSS, Mikhail Gorbachov estaba gravemente enfermo en su dasha de campo de Crimea y que en vista de eso todos los poderes del Estado habían sido transferidos a un “Comité de Excepción”.  



Pero esa misma tarde se supo que todo era una excusa para un golpe de estado fraguado por el ala militar y la KGB. En vista eso la mayoría de los que trabajábamos en el Parlamento decidimos permanecer en la sede en respaldo del Secretario General y de Boris Yeltzint, el presidente de la Federación Rusa, quien había denunciado que el camarada Gorvachov era víctima de un secuestro. El rumor de que éramos el próximo objetivo de los golpistas se materializó cuando vimos los tanques rodear el enorme perímetro del Parlamento.



 En ese momento nuestra sedentaria rutina de funcionario público dio un vuelco, cuando a todo el personal de seguridad se le asignó un fusil AK 47. 

Y ahora que lo pienso, ¿Qué podíamos hacer con esos fusiles ante el avance del Ejército más poderoso de este lado del mundo? Por otro lado era lógico pensar que entre la muchedumbre acampada en la explanada del Parlamento -desafiando la lluvia con carpas improvisadas con láminas de plástico, paraguas, impermeables y construyendo barricadas en apoyo silencioso a Gorbachov y su perestroika - era fácil infiltrar agentes de la KGB. El caso era que estábamos conscientes de que podían ser nuestras últimas horas, y de paso las vivíamos sin haber dormido bien y a turnos redoblados. En eso habíamos estado las últimas veinticuatro horas y mi Jefe pretendía que yo acertara a saber quién era el que estaba con él. Por eso me limité a responder.

─Perdón…en realidad no sé.
─Entonces le presento al maestro Mstislav Rostropovich.
En ese momento quedé de una pieza de puro asombro. Estaba ante  el músico ruso viviente más famoso del momento, y ante el chelista más grande de todos los tiempos.
Por fortuna el Maestro reaccionó por mí. Me sonrió y se adelantó a estrechar mi mano, a lo que solo pude balbucear.

─Mucho gusto Maestro… Soy Yuri Ivanov.
Entonces el Jefe se dirigió a mí.
─El Maestro ha venido a apoyar al pueblo ruso, y usted deberá protegerlo en todo momento a costa incluso de su propia vida ¿Entendido?
A lo que, de forma rápida terció Rostropovich dirigiéndose a mí.
─No lo tome tan en serio…solo tenga en cuenta que somos compañeros de armas…Por cierto…¿Me puede mostrar el lugar? Es que necesito estirar las piernas.

Ese “estirar la piernas” fue una caminata enérgica alejándonos del edificio rumbo a las barricadas hasta el mismísimo puente Kalinín y el borde del río Moscú, donde los jóvenes observaban el movimiento de los tanques y se reunían alrededor de los pocos radios de onda corta que sintonizaban emisoras extranjeras, las únicas que daban noticias.



 Era la noche del martes y algunas de las luces de esa inmensa mole de mármol blanco del Parlamento que por cariño llamamos “La Casa Blanca”, era quebrada por la serie de fogatas donde la gente permanecía. Luego, cuando nos devolvíamos, se interrumpió la música de la emisora local “Radio Casa Blanca” que emitía por los altoparlantes y la locutora, con verdadero entusiasmo anunció.

─¡Buenas noches Moscúuuuuuu! Me alegra anunciarles que con nosotros se encuentra alguien que quiso estar al lado de sus compatriotas en esta hora crítica ¡El maestro Mstislav Rostropovich !

Hubo un momento de silencio hasta que, por toda la oscura explanada estalló una clamorosa ovación. Allí comprobé que las nuevas generaciones tienen una sólida cultura musical porque fueron muchos los que lo reconocieron. La mitad de la noche se la pasó atendiendo a la gente que lo interceptaba para pedirle autógrafos, muchas familias lo buscaban para tomarle fotos con sus niños, brindarnos comida o simplemente estrecharle la mano.

En algún momento nos invitaron a comer con un grupo. Agradecimos su comida pero, aunque no la aceptamos, sí nos sentamos con ellos a tomar café. Y fue así, a la incipiente luz de una fogata, que el Maestro pudo referir cómo hizo para estar con nosotros esa noche.


─Me enteré del golpe de estado el lunes temprano, en mi casa de París. Eso me afligió porque los progresos democráticos logrados poco a poco hasta ahora, se desvanecerían. Pero ese mismo día también supe que había una reacción popular. Fue así que comenzó un conflicto interno…¿Voy o no voy?...Yo estoy vetado a entrar en la Unión Soviética,  lo peor  que me podía pasar -y todavía es así- es que mis viejos huesos fuesen a parar en un nuevo Gulag. Además tenía que dejar a mi esposa sola porque no iba a permitir que ella corriera peligro…Por otra parte sabía que en ese momento se estaba escribiendo la historia de la madre Rusia y yo quería ser parte de eso.  Pero cuando oí el llamado que Boris Yeltzin hizo al mundo desde la torreta misma de un tanque me dije: ¿Cómo es posible que, mientras tanta gente arriesga su vida por la Democracia, yo no haga nada? Y determiné que con mis setenta y cuatro años ya había obtenido todo lo que la vida puede dar.



Entonces, de inmediato y a escondidas, me puse en contacto con mi abogado y pasé la noche finiquitando mis asuntos y dictando mi testamento. Dejé también una extensa carta para Galina, mi esposa, que debería leerla cuando yo estuviera lejos de Francia.
El Maestro hizo una larga pausa…La temblorosa luz de la fogata se reflejaba en sus lentes, los que se quitó para esconder el rostro y hacer como que los limpiaba, pero todos supimos que era para disimular una lágrima. Se volvió a colocar los lentes y prosiguió.

─De esa forma tomé los vuelos hacia acá. Fue un viaje expectante porque lo más probable era que no me dejaran entrar a la Unión Soviética. Así que iba crispado de nervios cuando me acercaba al punto de control con mi maleta.
─Sus  documentos por favor.
Le pasé mis documentos… el empleado se quedó viéndome, y al bajar la vista al pasaporte exclamó.
─¡Maestro!...Qué placer conocerlo.
Resulta que se trataba de un violinista de la orquesta de su municipio. No obstante, al comprobar que yo no tenía visa se dio cuenta de mi condición de proscrito y me hizo la consabida advertencia, pero yo lo convencí de que se trataba de una convocatoria de emergencia a una conferencia de expatriados. Entonces se dedicó a persuadir a sus compañeros para que sellaran todo lo que me hacía falta.
Cuando logré traspasar las puertas del aeropuerto le pedí al taxista que me llevara rumbo al Parlamento y solo me pudo dejar en las adyacencias. Y total… Aquí estoy.


No fue hasta muy entrada la madrugada cuando pudimos dormir un poco en uno de los sótanos del Parlamento que en ese momento funcionaban como bunker. Pero temprano en la mañana, y aún bajo la lluvia, el Maestro fue llamado al segundo piso de la mezzanina y desde el balcón dirigió un saludo a los acampantes. Mientras que la explanada vibraba con el estruendo cadencioso de: ¡ Ros-tro-po-vich ¡ ¡Ros-tro-po-vich!






Pero no todo era euforia. Unidades blindadas seguían llegando a Moscú, la gente lo único que podía hacer era rodear a los tanques y gritarle que no dispararan. Pero los blindados se apostaban al otro lado del río, apuntando sus cañones al Edificio. Esa misma mañana supimos de algunos incidentes en la avenida Kalinin con saldo de varios heridos y el primer manifestante muerto. Las familias que tenían niños en la explanada del Parlamento fueron conminadas a salir pues nadie les podía garantizar seguridad. Corría el rumor de que los comandos de élite del grupo Alfa iban a intervenir en cualquier momento. Así que lo mejor era resguardar la vida del Maestro, y lo más seguro era llevarlo hasta una embajada cercana mientras se definía el pulseo de la Resistencia contra la Junta de Gobierno. A lo que me respondió.

─Gracias, Yuri. Agradezco que te preocupes por lo que me pueda pasar. Pero yo vine acá a compartir la suerte de ustedes y créeme…debo estar aquí porque me es imposible estar en otra parte.

Varias veces el Maestro fue llamado a los estudios de Radio Casa Blanca, la emisora local improvisada en el sótano del edificio. En algún momento había una fila de senadores que daban cuenta de los avances de las conversaciones con representantes de otras instituciones y hasta con mandatarios extranjeros. Y en una de esas esperas la fatiga me venció de tal forma que en la silla donde estaba sentado me incliné al costado del Maestro con la culata de la kalashnikov apoyada en mis piernas. Mi sueño fue tan profundo que el Maestro tuvo que empuñar el arma con su mano izquierda y con su brazo derecho me sujetó para que pudiera dormir en su pecho sin ser molestado.




Un reportero gráfico llamado Yuri Feklistov tomó una instantánea y ésta recorrió al mundo con el titular “¿Quién guarda a quién?”.

El haber estado con el Maestro, me proporcionó mis quince minutos de fama. Por cierto… Ahora que lo pienso… El hecho de poder relatar esta historia y no estar recluido en Siberia o a dos metros bajo tierra, se lo debo a la valentía del jefe del comando especial Alfa, que a riesgo de su carrera y su propia vida se negó a que el grupo antisecuestro interviniera en un conflicto político.

Esa misma tarde el diputado Yuri Karyankin, al reportar a la nación la victoria obtenida por el movimiento democrático de resistencia contra el Golpe de estado, dijo: “Por primera vez en el siglo XX, Dios ha sonreído a Rusia”.



El jueves 22 de agosto una multitud de más de cien mil personas desbordó la explanada del Parlamento y sus adyacencias para celebrar el colapso del intento de golpe junto al propio Gorbachov, y entre los oradores estuvo Rostropovich que se limitó a decir:
─Moscovitas, ustedes me han dado dos de los días más felices de mi vida.


El día siguiente fui al aeropuerto a despedir al Maestro. Llevaba conmigo la balalaika y le di un rotulador de punta fina negro para que me la firmara…Él se negó porque para él, por principio, todo instrumento es valioso y no debe ser dañado. Pero yo le insistí y accedió. 

Después de eso le pedí que tocara algo. Lo único que recuerdo de lo que ejecutó, es la banda sonora de la película Doctor Zhivago, el “Tema de Lara”, que de ese momento en adelante no puedo oír sin evocar al Maestro.




Alí J. Reyes Hernández
Escritor venezolano. 
Ha publicado dos libros de cuentos, Tigrero (2002) 
Portugal mar afuera y otros relatos (2012). 
Se caracteriza por darle a la crónica el formato de cuento, 
con una narración rápida, directa, breve y de finales contundentes.
Además, administra la bitácora miscelánea: 
En la actualidad reside en Maringá (Brasil)


miércoles, 5 de agosto de 2020

Ojos de Búho

jueves, 28 de mayo de 2020

Tigrero




"Sólo bastaba quebrarle el espinazo de una gran 

manotada y desgarrarle el cuello "


Nuevamente el ladrido lastimero y mortal de un perro. Sobre el miedo, lo único que pudo pensar fue:
―¡Onza! El tigre me ha matado a Onza.
     Lo dedujo, porque ella era la que seguía en el orden de la veteranía. El primer perro era de gran olfato y probada tradición tigrera... Murió de primero. Pero ahora, la madre del resto de la jauría, sería el próximo cadáver que encontraría entre los rastrojos.
    Su frente perlaba de un sudor frío que removía al contacto con el sombrero de cogollo, en su cintura, la vaina de cuero con el cuchillo de "una cuarta y jeme" y en ristre una lanza de un metro y tres cuartos. El perro que lo acompañaba se adelantó a olfatear. En efecto, al apartar el monte dio con lo que quedaba de ella; el lomo totalmente desgarrado, el cuello  cercenado, yacente en una posición anti-natural, sus ojos vidriosos y los colmillos a la vista. Cuando el perro que lo acompañaba, lamía los mortales despojos, se podía observar que las extremidades aún se movían en sus últimas y espasmódicas convulsiones. No quería ver más, no había tiempo para sentimentalismos; si quería salvar al resto de los sabuesos tenía que apresurarse. Enfiló decidido hacia el eco de los lejanos ladridos que retumbaban en la espesura de "la mata".

El sol ya había cubierto más de media jornada. Para él, el saldo había sido funesto. Alquitrán, Onza, Montalaolla, Carabina, el Chucuto, León y Camorra, habían cobrado el premio de su puesto en la jauría, con la muerte. Sobre el afecto filial por sus fallecidos canes, se daba cuenta que corría inminente peligro, tenía presente, que ya dos cazadores -uno con chopo y otro con rifle- habían muerto en su búsqueda. Sólo le quedaba un perro: Doble-seis, pero no era precisamente un animal de encerronas, era un perro faldero. ¡Lo que faltaba! Y a pesar de que ya había alcanzado un buen tamaño, todavía actuaba como un cachorro; todo el tiempo detrás de él.
    En cuanto al terrible gato, se había dado cuenta de su estrategia demasiado tarde, pero al menos a tiempo para salvar su propio pellejo. El felino salía a sabana abierta, oculto en el pasto alto, con el viento a sus espaldas, para solo dejar su olor en el suelo. Y de allí, solo era cuestión de tiempo que los perros lo ventearan olfato a tierra, luego, cuando se cercioraba de que el puntero se alejaba del resto de sus compañeros, desviaba la trayectoria, haciendo una circunferencia, para entrar a su primer rastro y quedar detrás de su perseguidor; así solo le bastaba acercarse rápido y sigiloso a su pretendido cazador, quebrantarle el espinazo con una gran manotada y ultimarlo, desgarrándole el cuello.
Seferino se percató de la celada, y en consecuencia, se apresuró a buscar un claro de sabana con hierbas bajas, donde había algunos chaparros. No existía el peligro de que el enemigo se "puesteara", en la fronda de un árbol, ni que la maleza lo cubriera. El vuelo escandaloso de los pericos que salían de la floresta, delataba la proximidad del depredador, la selva y la sabana no le guardaban secreto. En la persecución, había visto las huellas en la arena, e intuía que se dirigía hacia ese paraje, recordó que, cuando obtuvo un buen detalle de la pisada, completó el dibujo y le superpuso su mano; tuvo que separar mucho los dedos para cubrir la seña, su tamaño era considerable.
    Se dirigió al centro del claro. Doble-seis lo único que hacía era exhalar unos ladridos nerviosos, dando vueltas alrededor del hombre, pero sin perder de vista el perímetro del área, aunque en momentos, retrocedía hasta sus piernas y tenía que espantarlo...
―¡Ahora si me compuse yo con este pi'azo e'perro!

"El animal se le vino encima, levantó la escopeta a manera de barra, las garras de la fiera chocaron con ella" 


    Pero él también era víctima de la impaciencia del miedo, que le trastocaba la noción del tiempo. Sentía que desde la boca del estómago partían rayos que se proyectaban hacia sus extremidades produciéndole violentos estremecimientos. Apretaba la lanza con tanta fuerza, que le producía dolor en las manos. Su mente viajó hacia los tiempos de su juventud, cuando cazó su último tigre con arma de fuego. Momento, desde el que tuvo que volver a contar sus años...El animal listo para cargar contra él; se llevó la escopeta a la cara, haló el gatillo.,. ¡Nada! Repitió el movimiento, pero estaba trabada. Gritó, para que los indios, que hacían las veces de lanceros, procedieran, pero era inútil, habían desaparecido con todo y lanza. Se sobrepuso al vano deseo de huir, sería precipitar su muerte, así que optó por esperar la arremetida, sosteniendo el inservible trabuco por los extremos con ambas manos. Era lo único que podía oponerle. El animal se le vino encima, levantó la escopeta a manera de barra, las garras de la fiera chocaron con ella y el empuje de su peso lo rechazó hacia atrás, por fortuna su espalda dio con el tronco de un moriche, tomando providencial apoyo, y con la fuerza del desespero, sostuvo el ataque. La fiera permaneció erguida, sosteniéndose en el arma; dos filas de puñales cónicos se abrían y cerraban repetidamente a menos de cuatro palmos de su cara, tan cerca, que sentía su fétido aliento. Pero, los rugidos y gruñidos, él los oía lejanos, como en un sueño. Sus fuerzas flaqueaban, toda la escena la comenzó a vivir en una forma extrañamente lenta...Sin duda, fue Dios mismo, quien hizo que su padre, que venía rezagado, oyera los rugidos a través de la jungla y se apresurara a salvarle la vida; ese día su padre lo engendró por segunda vez.

    Duró una semana temiendole al sueño, porque al juntarse sus párpados veía al tigre, era una pesadilla constante, al punto, de llegar una noche a gritar desde el chinchorro. No obstante, este trance solo le había hecho arrancar la promesa de que no cazaría más al tigre con bácula sino con lanza, pues, como todo buen llanero, sabía que lo más seguro era cazar al pintica con lanza, porque "La lanza falla, si falla el amo".

"No deje de mirarle las patas mi'jo aguaíteselas bien, 

 ellas son las que le van avisar el momento del ataque"

   
Divagando en sus recuerdos estaba, hasta que percibió el cambio de los ladridos de Doble-seis; ahora un gruñido bajo con un dejo de aullido; ya no se apartó de su lado. Rotó su posición para ponerse de frente al sitio señalado por los aullidos. No lo veía, pero sabía que estaba allí y que lo estaba mirando. El animal también quería terminar pronto con esa persecución y al saberse descubierto, no rehuyó el encuentro y emergió del gamelotal, con una soberana quietud. Era evidente que el jaguar estaba  bellaquea'o; sólo una fiera cebada podía actuar así. Avanzaba a pasos lentos y cortos con movimientos caprichosos en la cola. Los ladridos de Doble-seis, eran sólo un ruido de fondo en la inminente lucha.
―¡Amalaya pinta menudita! - Ya nos aguaitamos las caras-. Pensó de una forma maquinal, un inútil ejercicio intelectual ante la proeza de cuadrar un blanco en la anatomía de una bestia que dobla al lancero en peso, cuando el corazón quiere salirse del cuerpo en cada latido.
"Hijo cuando esté frente al pintica no le vea los ojos, pues su mirada apoca al hombre y lo vence sin luchar”. Recordó esto demasiado tarde, ya había visto los ojos del animal; fue en menos de un segundo, cuando su humanidad se proyectó a través de un par de abismos insondables en una caída lenta de giros rápidos; sintió un vértigo que lo envolvió en un total sopor. El animal también lo supo y sin pérdida de tiempo, se precipitó contra el hombre. Pero ya en el aire algo torció su trayectoria, un cuerpo blanco con manchas negras. En ese momento Seferino reaccionó, y por instinto, adelantó la lanza. Tigre y perro chocaron en el aire, pero una tercera fuerza fue la que logró que el primero se desviara... La lanza había traspasado a Doble-seis.

    Los cuerpos se separaron con los desgarradores aullidos del can perforándole el espíritu; puso el pie con violencia sobre el abdomen, y con un movimiento enérgico retiró la lanza.
    Esta vez, los ojos que arrojaban fuego eran los de Seferino. El felino se abstenía de cargar ¡Debía cargar! No podía mantener esa presencia frente a él por mucho tiempo. Seferino se acercó, poniendo todo su sistema nervioso en cada detalle de todos sus lentos movimientos, hizo apoyo en el pie izquierdo y sintió la tibieza de la arena entre los dedos de su pie derecho y se la arrojó a la cara tratando de provocarlo...Tuvo que repetir esta peligrosa maniobra.

    "No deje de mirarle las patas mi'jo aguaíteselas bien, porque ellas son las que le van avisar el momento del ataque"-. En efecto, vio cómo los miembros se flexionaban en el encogimiento previo al salto; levantó la vista. Ya sabía lo que tenía que hacer. -"Arrímele e el cabo 'e lanza en el traga'ero que él se ensarta solito".
    El peso lo tumbó, pero él ya se había apartado de la trayectoria del tácito cadáver. Todos los sentimientos lo sobrecogieron a una, dolor, alegría, congoja, paz, rencor y culpa. Dio unos pasos vacilantes hacia su perro, las piernas no lo podían sostener, se desplomó de bruces sobre Doble-seis, con los ojos arrasados, tomó su cabeza entre las manos, lo estrechó en un abrazo estremecido de sollozos, tinto de sangre. Y sintió la lengua semiseca que lamía su brazo... Era el amigo que se despedía de él.





Alí J. Reyes Hernández
Escritor venezolano. 
Ha publicado dos libros de cuentos, Tigrero (2002) 
Portugal mar afuera y otros relatos (2012). 
Se caracteriza por darle a la crónica el formato de cuento, 
con una narración rápida, directa, breve y de finales contundentes.
Además, administra la bitácora miscelánea: 
En la actualidad reside en Maringá (Brasil)

viernes, 22 de mayo de 2020

Frente a una gran montaña

Hombre frente al  Monte Everest


Cuando una gran montaña se interpone, sólo queda recurrir paradójicamente a lo más diminuto.  Una porción de fe del tamaño de una semilla de mostaza.
Ese es el tema de mi inspiración, la promesa divina de que un gran monte puede ser echado a la mar.
Mi amado hijo David Molinares, de 14 años de edad, canta junto a mí, el tema de mi autoría: Montaña Alta. 

Espero desde la sencillez, que mi música pueda tocar sus corazones.







Montaña Alta: Letra y Música: Roberto Molinares. Derechos Reservados
Socio # 8051 SACVEN Sociedad de Autores y Compositores de Venezuela

domingo, 10 de mayo de 2020

Atascado en el fango a medianoche



"El auto se puso en marcha pues yo luchaba en busca de oxígeno"

Era medianoche. Mi padre salió en busca del único vehículo que había en el vecindario. Yo era muy pequeño, creía morir de un ataque de asma. Bajo una pesada lluvia, papá tocó la puerta. El señor Silvino se encontró con la figura de un hombre empapado y desesperado. 
Silvino señaló con resignación un Mercedes Benz que bien podía ser exhibido en un museo. “El auto está a la orden, pero tiene tiempo que no enciende, a menos que  ocurra un milagro”

A pesar de sus dudas, el auto encendió y además ocurrió otro prodigio. 

Cuando intentaban llevarme al hospital, el vehículo se hundió en un bache pantanoso. Las ruedas del antiquísimo carro negro rugían y salpicaban fango en un remolino de frustración. Empapado y con el lodo hasta las rodillas, mi padre empujaba para tratar de sacarlo. a pesar de que estaba solo, no estaba solo. Lo asistía un poder desconocido. No fue el hecho de empujar. Al fin y al cabo, el vehículo pudo haber encontrado algo de fondo desde donde pudo reimpulsarse para salir. Pero resulta que mi padre siempre aseguró haberlo levantado en vilo como si no pesara nada, algo casi imposible de creer.




Papá era un hombre demasiado ecuánime y jamás habría exagerado para alardear y menos en una situación donde mi vida pendía de un hilo.  Barnizado de pantano, papá abrió la portezuela y se introdujo manchando la fina tapicería del clásico. El señor Silvino lo miraba sorprendido. Seguramente se preguntaba cómo lo había logrado. Sin tiempo para despejar enigmas, el auto se puso en marcha pues yo luchaba en busca de oxígeno.

Cada vez que nos encontrábamos con el señor Silvino, papá insistía en que le saludara con deferencia. Me obligaba  a hacerle una venia. Mi padre lo consideraba mi salvador de aquella noche y quería que aprendiera a expresar mi agradecimiento. El señor Silvino era un hombre muy respetuoso, lucía un bigote canoso y vestía casi siempre de traje y corbata. Cuando el señor Silvino se alejaba, mi padre me llevaba hasta la calle, ahora pavimentada y ya sin vestigio alguno de la hondonada que casi nos engulle. 

Se paraba en medio de la calle y me señalaba el punto exacto donde todo había ocurrido.  Mi madre siempre ha certificado el prodigio, porque ella lo presenció, lo vio todo desde nuestra casa. Bajo la lluvia, a pesar de su debilidad, mi padre se convirtió en titán en medio de la noche. Siempre reconoció que no había sido él, sino que todo había ocurrido a través de él.

Después de aquella ocasión, el auto del señor Silvino nunca más encendió.



NUEVAS FOTOS DE ROBERTO MOLINARES

Profesor Roberto Molinares Escritor Venezolano Roberto Molinares Cantautor Ponencia del Profesor Roberto Molinares     ROBERTO MOLINARES PRO...