RELATOS Roberto Molinares

viernes, 25 de diciembre de 2020

Noche Fría


El peregrinaje de una singular pareja

Una curiosa estrella se desplazaba en la oscura bóveda hasta que se detuvo en un punto específico del medio oriente. El astro serviría de referencia a unos sabios de Persia o Mesopotamia, grandes matemáticos y astrónomos, que habían partido meses antes, siguiendo su fulgor y estudiando el fenómeno, convencidos que sólo podía significar una cosa: anunciaba el nacimiento del más importantes de los reyes.



Por ello, venían preparados para ofrendar oro, tributo absoluto de los soberanos, incienso, fragancia ofrecida únicamente a los dioses, y mirra, con la cual se preparaba la sepultura y los cuerpos de los grandes señores. 


Los tiempos exactos del Altísimo, solo podían cuadrar, si la pareja se movilizara desde las montañas de Nazaret de Galilea, hasta la tierra del más célebre de sus antepasados, la ciudad del gran Rey David, Belén de Judea. 

Un extenuante recorrido de 120 kilómetros de distancia, que probablemente, José tuvo que hacer a pie, mientras que María, por su avanzado estado,  debió ir en el no menos fatigoso e incómodo lomo de un asno. Trayecto que cubrirían aproximadamente en unos difíciles y complejos 6 días. Las tradiciones no bíblicas, presentan a una pareja dispareja. María es prácticamente una niña, que a lo sumo alcanzaría los 15 años, mientras el noble carpintero de Nazaret, podría doblarle la edad o mucho más. La responsabilidad de cuidar a la adolescente grávida, es una aventura llena de peligros que debe asumir José: Intemperie cruel, soledad, cansancio, desesperanza, hambre, y probables salteadores de camino. Para ello, el carpintero solo va armado con un báculo de caminante y con una fe pocas veces vista. A José le bastó recibir las palabras de un ángel durante un sueño para asumir una misión increíble: "José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque el Niño que se ha engendrado en ella es del Espíritu Santo"

Todo esto ocurrió para que la  pareja estuviera en el lugar correcto, bajo el cono de luz de la estrella viajera que por fin se había detenido. Algo así como sucede en el teatro cuando el actor protagonista es bañado por el reflector y la escena cobra una importancia total.

Un dictamen del emperador romano Augusto, los obligó a movilizarse para ser empadronados, un censo que permitiría conocer de cuántos súbditos disponía en Palestina. Una medida con fines políticos y económicos que hizo que todos los habitantes de Israel se cruzaran con rumbos distintos cada uno buscando el lugar de origen de sus ancestros. Una especie de hormiguero no alejado del caos.  

¿Qué si fue en diciembre? la pregunta sigue para el debate. Lo cierto es que la navidad que hoy en día se celebra, no tendría la magia en otra época del año. Todo apunta a rituales de renovación con el año que termina y el que comienza, el cielo despejado cargado de una atmosfera de estrellas, el clima y la nieve en algunos lugares del planeta. Una rara energía que irradia desde alguna parte del cosmos y cae sobre la tierra, y que los comerciantes del mundo han sabido corromper y prostituir con el tema del dinero, los regalos, Santa Claus y otros mitos alejados de lo que ocurrió la noche en que fueron sorprendidos los pastores por seres alados que pregonaban la paz y la buena voluntad.

Al estar copados todos los hospedajes, la pareja fue albergada de emergencia por algún alma caritativa en un lugar destinado para el descanso de las bestias. Este ser que se apiadó de las urgencias de María, debió ser sin dudas otra fémina, una matrona que conocía por experiencia propia las penurias de los dolores de parto y leyó en la mirada de la joven María, el temor y la incertidumbre. Algunas tradiciones sostienen que el lugar de alojamiento se trató más de una caverna o gruta, que de un pesebre como tal.

Una serie de extrañas circunstancias y aparentes casualidades se habían confabulado  para que se diera de  manera dramática, el cumplimiento de la más anhelada profecía del pueblo de Israel.  Dios interviniendo en la historia del ser humano. El nacimiento del Salvador de la humanidad, Jesús, el Mesías.













En este blog, aparte de expresar mi esencia literaria, suelo compartir algunas composiciones. Noche fría,  es un canto de navidad de mi autoría que tiene la intención de transmitir esos momentos dramáticos previos y posteriores al nacimiento del Salvador. 

Acompañado de mi hijo David Alejandro Molinares, les dejo en el siguiente video, nuestra interpretación como regalo de Navidad. 


Haz clip  para visualizarlo


Tema: Noche fría
Autor, Música y Letra: Roberto Molinares 
(Miembro de SACVEN 8051)
Arreglo: David Molinares y Roberto Molinares
Vocal: David Molinares y Roberto Molinares
Cámara: Ana Aiskel Amaro de Molinares

domingo, 20 de diciembre de 2020

Las Bicicletas





Por: Ángela Molinares Sánchez

    Ese noble medio de transporte ha servido de múltiples referencias, entre las que se cuenta aquella que tratándose de vivir la vicisitud más hostil, es comparable con cruzar el Niágara montado en ella.
 

Abrí los ojos como luna llena

y me agarré la cabeza

Porque es muy duro

Pasar el Niágara en bicicleta


Siguiendo en el contexto musical, se puede citar, y que viene al caso, es que se puede recorrer a Barranquilla montado en ella. El hecho que haya sido mi medio de transporte desde que era una niña de 3 años y con un papá amante de las bicicletas, entiendo perfectamente por qué a Shakira y a Carlos Vives, les dio por componer la pegajosa canción 



A tu manera, descomplicado 

En una bici que te lleve a todos lados

Un vallenato, desesperado...



Me hace mucha gracia el pasaje de Gabriel García Márquez, en su Memoria de Mis Putas Tristes, que el anciano solterón, personaje protagonista a quien el Gabo le dio por llamar Sabio, habiéndose enamorado de la jovencita Delgadina, y no sabiendo cómo manifestar lo que sentía por ella, le pareció en manera proporcional a su amor, ofrecerle como dádiva una bicicleta. 



Bicicleta que una vez adquirida por Sabio, éste no pudo soltar. Da cuenta el relato de la cantidad de acrobacias que fue capaz de realizar el protagonista, que el lector no puede sino hacer vívida la hilarante situación de un anciano en tales peripecias. 

En este mismo orden de ideas, hablar de mi padre Ángel Horacio Molinares Castro, nos conduce en forma simultánea en dos planos: uno real, el tangible, el hecho de que mi papá no podía vivir sin su bicicleta. Él y su medio de transporte eran un binomio inseparable. El otro plano es referencial y es espiritual, papá nos conduce por el mundo de las historias y del fascinante espectáculo de los relatos. 

La oralidad es un bien ancestral, tanto, que el mismísimo Dios, no pudo definirse así mismo de otra manera, sino como El Verbo. Contar historias es tan fascinante como escucharlas, si te quedas atrapado en sus vericuetos, ya la historia es tuya, eres el protagonista. 

Papá nos conduce tanto en bicicleta como a través de su oralidad al fastuoso escenario del majestuoso río Magdalena, en sus riberas se encuentra Pedraza, la tierra que lo vio crecer.


 


Y siguiendo el hilo conductor de las canciones, nuestro padre compartía similitud con un importante mito de la costa colombiana, aquel hombre que se volvió caimán según el cancionero popular. Sí, en la población de Plato, nace mi padre un 19 de abril de 1926.

Voy a empezar mi relato, con alegría y con afán

En la población de Plato, se volvió un hombre caimán

Se va el caimán, se va el caimán, se va para Barranquilla...


Ángel Horacio, nos legó su pasado mientras recorríamos la ruta hacia la escuela en nuestras bicicletas. Además del paseo, íbamos escuchando relatos que parecían recientes, sabemos de él y de sus antepasados porque nos presentó a cada uno de sus primos, Juancho, entre otros, relatándonos sus andanzas infantiles y adolescentes, tan graciosas como divertidas, aunque en ocasiones audaces y peligrosas. De igual modo supimos prestar admiración por los tíos Santander, Rosario, Félix, Policarpo, entre otros. 

Yo sentía gran satisfacción al saber que  papá  admiraba tanto  a sus maestros, el Señor Miguel y el Señor Rubén, este último,  después llegó  a ser su tío político, pues fue el marido de su tía Lola. Mi papá y yo nos parecíamos, amábamos las mismas cosas y compartíamos la afición por las bicicletas. En aquellos años, padecía el complejo de Electra, cosa que quizá nunca pude superar.

No fue por los azares del destino, sino gracias a su gran determinación, que papá pudo llegar a la tierra del petróleo, Venezuela. Allí, una vez nacidos nosotros sus hijos, nos instalamos como familia en Maracay.

El señor Ángel, gozaba de gran popularidad en Campo Alegre, nuestro barrio. Era buen vecino, un insigne trabajador con una conducta ejemplar y como padre, no había ninguno.  Era diferente a todos, tanto, que no era nacional, era un extranjero, un inmigrante. Eso me hacía sentir orgullosa, que  fuera de otra tierra que para mí era superior. De niña escuché tantas historias y referencias de Colombia que me sentía colombiana.

Papá saludaba a los transeúntes, o a quienes se encontraran en los frentes de sus casas. En Maracay cada cual tenía una gran casa, nada de miseria, cada cual era propietario, era la verdadera Venezuela.

Era un hombre muy directo, resuelto sería la palabra adecuada. Cuando estaba de novio con nuestra madre, entre sus regalos, podían encontrarse, pantaletas. Al oír tales relatos, mi hermana Liubys y yo, nos cuajábamos de la risa.

Nuestra madre sin ningún rubor decía que le parecía bien y que no le daba vergüenza.

—¡Qué mal gusto! ¡Qué desparpajo! ¡Qué insinuación!- Así era mi padre.

En el mismo orden de ideas, al referirse a la vagina y/o totona, como la llamamos en Venezuela. Le llamaba con sarcasmo y malicia:

¡La perola, esperolá!

En el contexto alusivo a prendas íntimas, tengo que mencionar que había un señor que vivía  dos casas arriba, era marido de la señora Cristina, un hombre calculador, padre de Enrique. Se le conocía por el apellido solamente, Coronado. Éste había trabajado en una textilera  y de allí se conocía con papá. Años más tarde, coincidieron de vecinos cuando Coronado con su familia vino a residir en nuestra calle El Samán.

Coronado era un tipo de baja estatura, ojos verdes, blanco y de buen parecer. Se había juntado con una mujer mayor que él y ésta le parió 3 hijos: Enrique, el leal amigo de la infancia y de la temprana adolescencia de nuestro hermano menor Arnaldo; una segunda hija llamada Margélis, cuyos rizos imitaban a los de Shirley Temple, pues eran dos gotas de agua, y la última, Normalia, quién hacía de motivación para el grito que acuñaría mi papá más tarde:

¡Normal como Normalia! - Este grito, o expresión  hacía referencia a una situación cotidiana o en su lugar, cuando todo fuera de control y caótico pudieran ser los eventos: aquí era donde cabía completo el dicho de:

 — ¡Normal como Normalia!

En una ocasión estando muy niño, Enrique, el hijo de Coronado, enfermó y se vio al borde de la muerte. Su padre, solícito en sus cuidados, llevó la cuenta todos los bolívares que empleó en las recetas, médicos y asistencia. Coronado había invertido una cantidad asombrosa de dinero en su recuperación. Y esa cuenta siempre salía a relucir. Enrique tenía un precio.

En los años 70, Cuando tuvimos nuestra conversión del catolicismo al cristianismo evangélico, nos llevamos en ese remolino a Enrique. Arnaldo, su fiel amigo, lo evangelizó. Enrique nos acompañaba a cuanta campaña evangélica hubiera. Coronado, a regañadientes, le concedía permiso para que con nosotros, saliera a cualquier lugar de Maracay, seguramente se trataba de algún sitio al escampado, o alguna cancha de básquet de cualquier barrio de la ciudad.

Me lo cuida, señora Elisa, Enrique va con ustedes a la campaña, pero que no le pase nada, ¡ese muchacho me costó dinero!- A todos nos parecía asombroso que  asociara la vida del niño al costo del restablecimiento de su salud. Mi mamá veía con recelo quedarse al cuidado y responsabilidad de Enrique, pero como éramos todos unos loquitos, el mismo Coronado nos bautizó con el remoquete de; Fanáticos

Coronado, tenía una elevada autoestima, decía de sí mismo que  provenía de las Grandes Ligas, a lo que en su ausencia mi papá ripostaba:

— ¡De las grandes ligas de... Pantaletas! - Su grito y ocurrencia nos divertía.

Volviendo al tema de las bicicletas. Nuestro padre iba en su bicicleta a nuestra casa, divertido pero cansado, sudado, o quizá trasnochado después una de sus jornadas nocturnas en Telares de Maracay, del turno de 2 a 10 de la noche. Los sábados, la jornada era hasta medio día. Dejaba su telar o sus hilos o cesaba la tarea de recoger canillas en los grandes salones de la textilera. Ha debido dejar todo impecable, sin una tacha. De allí se iba al baño, se lavaba la cara, brazos y se componía. Caminaba a la zona de aparcamiento de las cientos de bicicletas que eran emblemáticas, el transporte popular de los hombres en Maracay. 

La bicicleta de mi papá era única, fuerte y de la marca italiana Rally. Según él, era de las mejores.  También podía alternar con otra bicicleta que llamaban de reparto. Ésta tenía una caja hecha de tubos de metal y que fue diseñada por él mismo y algún soldador la hizo bajo sus instrucciones a la medida de sus gustos y necesidades.

La bicicleta de reparto era un vehículo de carga pesada, su uso era para tareas mayores, entre las que se contaba llevarnos a la escuela, metidos en ese cuadro anterior. Ese paseo era lo más divertido e interesante porque para él, no había distancias, mientras más recovecos pudieran sortear, mejor. Para él no había cabida `para la definición de la línea recta, "como la distancia más corta entre dos puntos". Tal definición no existía, mientras más enrevesada fuera la travesía,  mejor.

Pasado un tiempo, las bicicletas nos quedaron chicas. Les llegó el turno de ser pasajeras sentadas en el tubo de la bicicleta a dos niñas, nuestras sobrinas Betsabeth y Marisela. 

Pasear en bicicleta era bueno, pero lo genial era el conductor. Mientras pedaleaba, silbaba o entonaba estribillos de sus canciones entrañables, así como también podía soltar algunos de sus gritos de guerra.

— ¡Normal… como Normalia!

sábado, 14 de noviembre de 2020

Mi Credo


Testimonio de una canción

Roberto Molinares


Esta crónica está dedicada a las fieles chicas del coro de  la iglesia  Evangélica 
Libre de Propatria de los años 80 y a su directora Lila Segovia.

...A Dios sea la Gloria.

El tema musical "Mi Credo", es un regalo que recibí de Dios hace ya mucho tiempo. Todo comenzó en los años 80 con una audición para ingresar al coro de jóvenes de la pequeña iglesia Evangélica Libre de Propatria. 

    Todos calificaron, incluyendo a mis hermanos Ángela y Arnaldo, menos yo. La directora del proyecto, era la jovencísima Lila Segovia, quién con los años se convertiría en gran amiga y hermana. Lila para ese entonces, ya demostraba excelentes dotes de líder. Ella me explicó que yo carecía de oído musical y no había podido acertar ni una sola nota. Esto me entristeció mucho, hasta el punto que caminé hasta la plaza de Propatria, me senté en un banco y lloré. Le pedí a Dios que me ayudara a componer una canción que llegara al corazón de aquellos que la escucharan. Yo rogaba poder ser el autor de una música profunda, espiritual, auténtica, que diera la Gloria a Dios.

Lila Segovia cuatro en mano, dirige la coral de Propatria compuesta en su mayoría por muchachas.
Yanalet, Rany (el único varón), Inés, Anita Ludmilán,Yelitza, Yeizlene, Clara, Yosmar y Neyda (de espaldas) 


Por recomendación de mi amiga Neyda Muñoz, compré una guitarra con el empeño de aproximarme de alguna manera a la música. Era una guitarra barata fabricada en china con un puente alto que me sacó sangre y callos en las yemas de los dedos. El proceso fue frustrante y estuve a punto de rendirme hasta que cayó en mis manos un libro que se había convertido en un Best Seller para ese entonces. El libro se llamaba Ilusiones, su autor era Richard Bach, el mismo del  afamado libro Juan Salvador Gaviota






En una de las páginas del texto, se describía 
a un hombre llamado Donald Shimoda, 
una suerte de mesías, que ejecutaba
 de forma sorprendente una guitarra barata 
tomada de la estantería de una ferretería.

Se producía un diálogo 
entre Donald Shimoda y el autor.

Las líneas que saltaron ante mí eran éstas:

"— ¡Es maravilloso, Donald ! ¡ No sabía que supieras tocar la guitarra!
 ¿No lo sabías? Entonces, ¿es que piensas que, si alguien se hubiera acercado a Jesucristo con una guitarra, este habría contestado "no sé tocarla"? ¿Lo habría hecho?"


 Fue un texto confrontador y maravilloso. Algo así como una revelación. Sentí que iba a poder tocar el instrumento, eso era lo que significaba. Jesucristo habitaba en mí corazón, y no había nada imposible para él.

 Aprendí sin técnica ni metodología, a punta de experimentación y cuando la frustración me ganaba al no poder tocar lo que quería, decidí combinar acordes al azar e intenté ponerle letra, hacer poesía. Lo poético era algo que había practicado desde niño y era mi verdadera área fuerte. Si no podía cantar y tocar los temas de otros, al menos cantaría en privado mis propios intentos de canciones


    Dos años después, en 1984, cuando contaba con 22 años, recibí casi al dictado la canción. No puedo explicar cómo ocurrió. Fue como si no interviniera mi intelecto en la creación. La música fluyó simultánea junto a cada estrofa.

    Debo reconocer que tengo ciertas falencias importantes, lo cual ha hecho sentirme inseguro al momento de calificarme como músico. Aunque soy músico de oído, prefiero autodenominarme "Cantautor", desde la comodidad de lo que puedo tocar, interpretar y crear según mi registro vocal y mi ejecución en la guitarra, que algunas veces considero demasiado básica para lo que anhelo realmente. 


En uno de nuestros tantos campamentos. En el medio de la foto aparezco con franela gris y luciendo el afro que me caracterizaba en aquella época.
En uno de los tantos campamentos a los que asistíamos.
Aparezco en el centro con franela gris, luciendo el afro que me caracterizaba en aquella época

    Una madrugada de campamento, me parece que en La Guaira, le canté a Lila  "Mi Credo".  Ella casi ni reaccionó. ¿Sólo eso compusiste? ¿Más nada? - Preguntó. Intentaba decirme que era una obra grande, pero pensé que mi propuesta era deficiente. Ella recuerda ese momento de la siguiente manera: 

La caligrafía "perfecta" de Lila, emula una
reproducción hecha en computadora


"Lo compartiste conmigo antes del devocional grupal (eran como las 6.30 de la mañana) y yo quedé tan impactada que hasta se me salieron las lágrimas. Te dije que ese canto debía ser nuestro lema en ese retiro y así fue. Incluso para que no se me olvidara lo transcribí de una vez en una hoja pentagramada, haciendo la partitura. En verdad, no puedo escuchar o cantar el credo sin que me conmueva y eso ha sido desde el primer día que lo escuché"

    
    
    

En poco tiempo Lila arregló "Mi Credo" para las presentaciones del mismo grupo coral en el cual había sido descalificado. 

Se convirtió en el himno que precedía al importante ceremonial de la Santa Cena todos los primeros domingos de cada mes. Para ese entonces pastoreaban Valmore Amarís y su esposa Thalía. 

    Valmore, se dio a la tarea de recopilar himnos clásicos de todos los tiempos y los agrupó según su temática. Los reprodujo litográficamente y encuadernó en forma de libros que fueron distribuidos en las bancas de la iglesia para la lectura de los cantos congregacionales. Estos libros tendían a deshojarse y había que abrirlos con mucho cuidado. El pastor Valmore creyó conveniente incluir "Mi Credo" en la sección: Vida Cristiana. Fue un honor estar entre los grandes compositores cristianos de todos los tiempos, al menos en esa rareza editorial que disfrutamos en nuestra iglesia. 

    Si se trata de género musical, "Mi Credo", es un himno religioso, litúrgico. No pertenece a la balada, ni a la canción. Yo no sabía nada de eso, pero debido a que en nuestra iglesia cantábamos himnos que en su mayoría tenían cuatro estrofas y un coro que se intercalaba entre cada una, a mi me pareció normal que tuviera esa estructura.
 
    Para ese entonces surgió un Festival de Música Cristiana liderizado por un joven llamado Franco Arnone. 

Franco Arnone, creador y promotor
del Festival de la Canción Cristiana


El festival involucró al talento de muchas iglesias. Por increíble que parezca, tres de los participantes, fuimos representantes de iglesias diferentes y al mismo tiempo, miembros del llamado Grupo Casalta. Una demostración del talento que existía en el grupo liderizado por Adolfo y Nancy Lara. Éramos muy amigos, se trataba de Isaí (Ludwing) Vargas, representando a la Iglesia Presbiteriana El Redentor, Thaís Ledezma, representando a la Iglesia Las Acacias, y mi persona, con el apoyo de la pequeña iglesia de Propatria. 







Isaí (Ludwing) Vargas, Thaís Ledezma, y Roberto Molinares



    Fui el solista en esa ocasión, acompañado por las fieles muchachas de nuestro coro. El tema con que participamos fue otra composición de mi autoría llamado "Oh mi Señor", pero no llegamos a clasificar y quedamos fuera del festival. La ganadora de esa primera edición, fue nuestra amiga y hermana Thaís Ledezma con una composición de corte épico de los adoradores José Delgado y Miguel Rojas, que anunciaba la venida de Cristo de tal manera que hacía erizar la piel. El tema se llamada: Escuchen Pueblos. 

Acompañado de Neyda Muñoz y José Gregorio Farías




    Para la edición del siguiente año, Lila escogió como solista a una hermana de nuestra iglesia que era casi una anciana. Tal vez no lo era, pero cuando uno es joven, suele ver a los mayores como personas muy adentradas en años. La hermana Emma de Arismendi era una dama muy dulce que tenía un canario en la garganta. Lila escogió un tema adecuado para su voz, pero la hermana Emma se puso intransigente. "Mi Credo o nada", fue su respuesta y fuimos al festival convencidos de que era un himno sublime, pero no para competir con creaciones que tendrían un corte diferente. 

    Durante su presentación, la hermana Emma extasió al público al punto que la multitud del Gimnasio Naciones Unidas la acompañaba haciendo retumbar el lugar. Debido a que son cuatro estrofas y cuatro coros, el público lo captó fácilmente y comenzó a entonarlo. Era emocionante, parecía que íbamos a ganar. Ella alargaba las notas, transportada a esferas celestiales, cantando un poco más lento de lo normal.  La hermana Emma clasificó, pero en la segunda vuelta, la gran final, terminó en quinto lugar.
 
    La intérprete ganadora fue Marisabel Inciarte, de las Acacias, con un tema compuesto de nuevo por José Delgado. 

    Casi 30 años más tarde conocería a Peter Ascanio, quien fuera uno de los jurados de aquel festival. Me contó que que hubo contradicción entre los jurados, y que personalmente él se opuso a dar como ganador a "Mi Credo", pues consideró que no encajaba en las convenciones del festival. 
  Esa tarde se sinceró conmigo y me confesó: 

"He olvidado todos los temas que se cantaron esa noche, pero el coro del Credo, aún resuena en mi cabeza, no he podido olvidarlo".

Reencuentro con algunos amigos de aquella época. 
Aparezco junto a Maigualida, Neyda, Rafael, Yelitza, Mireya y una joven eterna; Carmen, "La Vitalicia"

    Lila me ha dicho en muchas ocasiones que el tema es una obra "perfecta", que se evidencia en el tempo y la métrica de las estrofas y la profundidad de las declaraciones que expresa. Ella se ha encargado de difundirlo, llevarlo a otras instancias y auditorios desde aquel primer momento hasta la actualidad. Otras personas, lo han catalogado como; "obra de arte" o  "joya musical". Y lo es, porque es producto de la inspiración Divina. A veces me parece una obra extraída del período Barroco. Le encuentro un parecido al Canon Pachembel, pues comparte con esta obra algunas secuencias de acordes, pero para el momento en que recibí el dictado celestial, no tenía conocimiento alguno al respecto, no sabía nada de Pachembel como compositor, por supuesto no conocía su famoso Canon, ni sabía que había sido uno de los precursores de Bach.

 
    Nos queda mucho recorrido. "Mi Credo" aún no ha sido grabado discográficamente. Sueño con que sea difundido, que llegue hasta los confines de la tierra. Me desconcierta el hecho de que en un mundo donde suena tanta música mediocre, una pieza tan sublime permanezca inédita. 

    Ruego a Dios que complete su obra y finalmente el himno transcienda más allá de lo que ha podido llegar. Es un orgullo que mi hijo David se convierta en un continuador de mi obra y pueda interpretar mis canciones. "Mi Credo" es uno de sus temas favoritos, lo canta con verdadera devoción y ha podido interpretarlo como solista acompañado por el coro de la Iglesia Bautista Emanuel La Castellana, dirigido por mi fiel amiga Lila, quién ha demostrado un gran respaldo a muchos de mis temas musicales. Sin ella, Mi Credo, no sería conocido.

En la Iglesia Presbiteriana El Redentor, con el coro de la Iglesia Bautista Emanuel, bajo la dirección de Lila Segovia

    El tema marcó una época en nuestra juventud en la Iglesia Evangélica Libre de Propatria y más tarde en el Grupo Casalta. Me alegra saber que la música compuesta para Dios, nunca pasa, ni pasará de moda.

     Espero que quien la escuche sea tocado por El Espíritu de Dios y pueda ser bendecido. 

 "Creo en sus Prodigios y Milagros, no hay nada que sea imposible para Dios..."


En el siguiente VIDEO, mi Hijo David Molinares Interpreta Mi Credo junto a la Coral IBE. 

Dirige Lila Segovia. Iglesia Luterana La Resurrección. 2019.  

En este otro video hacemos una versión en guitarra del Tema.


 





viernes, 13 de noviembre de 2020

Nostalgias en torno a una foto amarillenta

 

Un documento de 86 años


Escolares de Pedraza
Estudiantes de Pedraza. Fotografía perteneciente al álbum de la familia Molinares Sánchez

    
Por Roberto Aníbal Molinares Sánchez

    No todos tienen la dicha de poseer el legado fotográfico de nuestros antepasados. Documentos que pueden datarse en casi un siglo. Personajes más allá del tiempo que intentan aferrarse al presente aún cuando muchos estén desdibujados y diluidos en un color sepia que se parece al olvido.

El álbum familiar es un portal que abrimos de tanto en tanto. Un laberinto de rostros, modas, instantes y paisajes. Retratos de personajes que posan ante la lente con seriedad mortuoria. Una suerte de resignación, como si en lugar de estar frente a la cámara, estuvieran a punto de ser fusilados. Aunque se trata del ejercicio mágico de apresar un momento, ninguno sonríe. Tomarse una foto debió ser un suceso importante que requería no respirar, reírse, ni moverse. No era para menos, se trataba de un retazo de la historia que quedaría eternizado.

Nuestro álbum también sufre los embates del tiempo. Antes, perfectamente encuadernado, unía sus hojas por un espiral metálico que aún perdura, pero sosteniendo unas pocas páginas. La mayoría de sus hojas se han desprendido y eso ha hecho que perdamos el orden cronológico, si es que alguna vez lo tuvo. Hoy como siempre, recreamos la visita al pasado con la ayuda de nuestra madre, conocedora de los rostros que habitan el álbum. Se apoya en una lupa para rescatar los detalles y precisar las identidades. A pesar de sus noventa y dos años y su visión deteriorada, es la única guía que puede orientarnos en los laberintos que se abren. Vamos en pos de una tarea difícil, comprender el paso del tiempo, poniendo la marcha en reversa para detenernos en un momento específico.

Es una fotografía pequeña, pero por fortuna poseemos una copia ampliada, de la cual se ha eliminado de manera digital el tinte añejo y amarillento. Muestra a un grupo de escolares de Pedraza, el pueblo enclavado en las riveras del gran río Magdalena, donde vivió y fue criado nuestro padre Ángel Horacio Molinares Castro.

La foto tiene unos 86 años, un documento histórico de un valor sentimental incalculable. El momento corresponde al año 1936. Al fondo del grupo, puede apreciarse una pared construida con barro y caña brava que probablemente fuese parte de la humilde estructura de la vieja escuela que había sido levantada en la plaza, al lado de cárcel y muy cerca de la Iglesia.  En el centro de la foto está Rubén Darío Vásquez, uno de los maestros de nuestro padre.  El otro maestro de papá, fue Miguel Altamar, y ambos ejercieron una poderosa influencia en nuestro padre, quien recordó sus enseñanzas no sólo en el aspecto académico, sino que sus discursos se convirtieron en pilares fundamentales de ética y moral que acompañaron a papá el resto de la vida. El buen terreno que representó mi padre para ese legado de conocimiento y virtud, fue algo que hubiera llenado de orgullo a sus maestros. Papá nos aconsejaba  sobre la vida y las oportunidades desperdiciadas, entonces lo citaba

―El Señor Rubén  nos decía: “El tiempo que se va, hasta los santos lo lloran”.

Rubén Darío Vásquez
acompañado por dos chicas 
de la escuela femenina, 
una de ella es Elsa Movilla, prima 
y hermana de crianza de nuestro padre
El maestro Rubén debe haber sido fotografiado en otras oportunidades porque ha adoptado una pose estudiada, casi Napoléonica, mirando al costado, ofreciendo tres cuartos de su rostro mientras que todos los demás miran al frente esperando el fogonazo del bulbo de magnesio, con excepción de un niño de la fila de abajo, que mira a la derecha rompiendo la armonía del grupo. Es probable, que este infante hubiese sufrido de lo que ahora se ha denominado “Trastorno de Hiperactividad con Déficit de Atención”, porque de seguro, los adultos y maestros debieron advertir al grupo previamente con una aleccionadora cantaleta la obligación imperiosa de no moverse. La captura del momento requería el mayor esfuerzo de todos. Los padres vistieron a sus hijos con sus mejores galas, desempolvaron corbatines y corbatas, lustraron zapatos y engominaron el cabello de sus pequeños. Nadie podía desperdiciar la oportunidad de ser perpetuado de forma presentable. Imaginamos al fotógrafo transportando su cámara, trípode, bulbos, focos, acompañado de su personal auxiliar, navegando hasta Pedraza desde Calamar en una canoa expresa, embarcación a la cual se le había adaptado un motor fuera de borda Johnson. 


Los brazos del maestro están cruzados sobre el pecho. En una mano sostiene un diploma enrollado como símbolo de lo que todos pretenden.  El docente viste formal y está flanqueado por dos chicas que debieron pertenecer a la escuela femenina. Sabemos que una de ellas es Elsa, prima y hermana de crianza de mi padre, pero ignoramos cuál es. En esos tiempos, varones y niñas asistían a escuelas separadas. La presencia de estas chicas aporta un aura especial, son hadas madrinas que equilibran la rudeza de tanta testosterona.

Nuestro padre a los
8 años de edad
Nuestro padre es el quinto alumno de derecha a izquierda de la línea compuesta por los niños menores que aparecen abajo. Tiene un mechón de pelo sobre la frente y tiene una mirada torva.  Luce moreno, a pesar de que no lo era. Imaginamos que en el grupo deben estar algunos personajes que papá mencionaba  por sus sobrenombres,  un tal "Boñe", Luis Pablo Jiménez, alias "El Ñeca", Manuel Narciso Santander, el "Mañe", Guillermo Manrique, Jaime Patiño, Guillo Tapia, Carlos Tapia, un tal Becerra, que tenía un lunar que le arropaba el rostro y al que sus compañeros llamaban “Cara Peá”, como si las flatulencias tuvieran la propiedad de teñir porciones de piel humana. El lunar nos podría ayudar a identificarlo, pero la foto presenta rasguños, puntos de polvo y manchas que en la versión ampliada se aprecian mucho más grandes como si una lluvia de asteroides flotara sobre algunos rostros. El remoquete “Cara peá”, nos aclara también, que hace 84 años, jóvenes y niños eran víctimas los unos de los otros, de lo que ahora se ha llamado Bulling. Es lamentable, pero todavía hoy, no hay distintivo más identificador de un personaje que su defecto a simple vista.


En el grupo debe estar también un tal Rafael David, a quien confundían con papá, y por ello a ambos, estando juntos o separados, eran llamados “Mello”. Con el tiempo, el parecido entre ambos se disipó. Probablemente también estaría otro condiscípulo, Alfredo Domínguez. Papá nos contaba, que Alfredo había sufrido un accidente terrible al caer de un árbol tratando de alcanzar un fruto llamado “caimito”. Las fracturas de sus piernas y brazos fueron reducidas a sangre viva, colocando cada hueso en su lugar al ser entablillado. El responsable de este procedimiento, fue  el curioso del pueblo. Un señor, del cual no tenemos el nombre. Este sujeto le componía los dedos a papá cuando se los estropeaba al jugar descalzo con la bola e’ trapo. Papá decía que el “traumatólogo” tenía unas hijas gemelas ya grandes que se encargaban de agarrarlo e inmovilizarlo hasta que el curioso jalaba y ubicaba las falanges contraídas. Era preferible la tortura, a la “Limpia” que seguro le daría mi abuelo Roberto Molinares, si llegaba a verlo cojeando. Por otra parte, la terapia de rehabilitación de Alfredo Domínguez, consistió en movilizar infinidad de veces una pila de arena con una pala. Con semejante ejercicio, Alfredo quedó como nuevo.

Alfredo Domínguez se reencontró con papá en Venezuela para la navidad de 1973. Ese 24 de diciembre, Alfredo estaba tan pasado de tragos, que se puso a bailar y a dar vueltas al son de los vallenatos de nuestro tocadisco. En uno de esos giros, se llevó el árbol de Navidad como si fuera una pareja y lo derrumbó. Las bambalinas rodaron y algunas se quebraron, pero esta vez, Alfredo resultó ileso. En la mañana del 25 de diciembre, muy emocionados abrimos nuestros regalos. No me gustó mucho el mío, tanto es así, que no recuerdo lo que era, pero quedé prendado del regalo de mi hermano, un guante de beisbol infantil que era el sueño de cualquier niño. Unos cuantos días después, Alfredo Domínguez regresó a nuestra casa. Estaba sobrio y contento, aunque un poco abochornado por el incidente del árbol. Alfredo me entregó un paquete. Al rasgar el papel de regalo descubrí un guante igual al de mi hermano. Siempre lo recordaré por ese gesto. Alfredo era de la misma edad de mi padre y asistía al mismo grado. Tiene que estar en la foto, pero no podemos precisarlo.

 Otro personaje sobre el cual elucubramos, es el rubio de corbata que está a la izquierda y porta un libro en su mano. Suponemos que podría ser el primo de papá, Hermógenes Movilla. Nuestro padre solía recordarlo rubio y con los ojos azules; "como dos bolitas de vidrio de jugar uñita".


Hermógenes Movilla
Papá usaba la frase “El sol le ofendía la vista”, para describir la sensibilidad extrema a la luz que tienen algunas personas de ojos claros.  Hermógenes era hijo de América Bermúdez, 
hija a su vez del gran maestro, Rafael A. Medina, considerado por algunos cómo el más influyente músico de la cuenca del Caribe Colombiano del siglo pasado.[i] Un hombre de quien nuestro padre solía decir que había estudiado en Panamá y era capaz de transformar el trinar a los pájaros en partituras.

 

Papá recordaba un suceso que conmovió a Pedraza: una mujer llamada Josefita Castellón, presintiendo su muerte, encargó su propia marcha fúnebre. El día del sepelio, el pueblo se volcó a las calles. La marcha: Dolor de madre, resultó ser una pieza magistral que estrujó los corazones a tal punto que nuestro padre recordaba haber visto a los dos policías de Pedraza llorar en la vía pública.

 

América, la hija del viejo Medina, había sido receptora del don musical. A los doce años contaba con 24 alumnos y era tan versátil que parecía jugar con las teclas del piano. Sin embargo, a pesar de ser una niña prodigio, pareció hartarse del yugo que significaba la dura disciplina. Se apartó del piano para siempre. Hermógenes, el joven rubio de la foto, quien había heredado parte del talento de su abuelo Rafael Bermúdez, pues era aventajado ejecutante de la trompeta,  joven, falleció El nieto de Rafael Medina; de tuberculosis en 1951 en la ciudad de Barranquilla.

Entre los personajes inolvidables, siempre amados por papá, no debería faltar su primo hermano "Juancho", a quien papá recordaba como su guía y mejor compañero. Siendo nuestro padre hijo único, Juan Manuel Acosta Bermúdez, se constituyó en su verdadero hermano. "Juancho", era tan sólo dos años mayor que papá, por lo tanto debía estar en edad escolar y ser parte del grupo fotografiado. Papá decía que "Juancho" tenía el cabello crespo. Aunque mamá coloca la lupa sobre cada rostro, no tiene manera de identificarlo. Pero por suerte tenemos una foto tipo carnet de Juancho en su juventud, y vamos a echar mano de herramientas digitales. Ya digitalizada, la transparentamos para poder solaparla sobre la foto también digital del grupo. Lo podemos apreciar en la pantalla de una computadora. Vamos probando la “máscara” sobre cada personaje. ¡Eureka! Un rostro arroja bastantes coincidencias. Se halla justo al lado de papá ¿Dónde más podría estar ubicado sino al lado de su compinche? Juancho tiene la cara levantada y mi padre la tiene hacia abajo. Estamos felices y emocionados, hemos encontrado al primo Juancho gracias al photoshop. Es como si pudiéramos darle un abrazo.


Juan Manuel Acosta (Juancho) y nuestro padre
Ángel Horacio Molinares Castro
En la foto aparece Gabriel Lozano Martínez, quien era unos ocho años mayor que papá. Esos 8 años de distancia con papá hacían gran diferencia. Gabriel, está ubicado detrás de Hermógenes y ambos llevan pantalones largos.
Más que moda, era un indicativo de adultez. Hemos podido ubicar a Gabriel gracias a una foto suya de adulto, y hemos realizado el mismo procedimiento de usar la foto de adulto como máscara para ver en cual rostro juvenil encaja. Existen leves diferencias, pero todos los rasgos característicos están presentes. Haber acertado otra vez, es motivo de alegría, pero lo es aún más, el hecho de saber que Gabriel Lozano Martínez era el único sobreviviente de esta foto y que para el año 2020 contaba con buena salud física y mental. Había llegado para ese entonces a 102 años de edad, convirtiéndose en el personaje más longevo de Pedraza. ¿Cómo lo sabemos? Lo hemos leído en una publicación reciente, escrita por nuestro pariente, Álvaro Rojano Osorio[ii]. La foto de Gabriel Lozano Martínez, la hemos obtenido de del link posteado en el facebook del autor. 


Gabriel Lozano Martínez en 3 tiempos. La última a los 102 años de edad


Se trata de una crónica-entrevista, donde Gabriel Lozano Martínez, expone parte de su biografía y rememora eventos históricos del pueblo que coinciden con las historias que papá nos relataba. Por ejemplo: el descenso sorpresivo de un hidroavión que posó sus patines sobre las aguas del río Magdalena, asustando a las babillas y a los caimanes, pero atrayendo a todo el pueblo. La muchachada corrió a ver el fenómeno: un avión que no se hundía. A los "pelaos", le siguieron los adultos y luego, un poco retrasados, los viejos. Estos últimos, venían apoyados en sus bastones, también llevaban prisa a pesar del reumatismo y los dolores propios de la vejez. 

Otro suceso que nuestro padre nos contaba, y que coincide con el relato de Gabriel Lozano Martínez, en la entrevista hecha por nuestro primo Álvaro Rojano Osorio, es la llegada de Francisco "Pacho" Rada, uno de los primeros juglares del acordeón. Papá nos relataba que a Pacho lo ubicaron sobre una mesa a manera de escenario, debajo de un árbol de olivo que estaba en la puerta de la casa de Sebastiana Santander. Papá le oyó improvisar unos versos que le quedaron por siempre en la memoria:

Yo vine el domingo en la tarde

Como todo el mundo me vio

Yo conocí al alcalde

Y él también me conoció.

Pacho Rada, el alter ego de "Francisco El Hombre", el valiente personaje de leyenda que había vencido al Diablo con sus ingeniosos versos, había hecho su entrada en Pedraza sin mayores equipajes, pero con un cargamento especial: varios burros llevaban sobre sus lomos una batería de acordeones. Bien es sabido que el acordeón viene de fábrica con una determinada afinación y para poder tocar un repertorio versátil, entre tonos menores o mayores, y abarcar toda la escala crómatica completa, son necesarios varios acordeones. 

El maestro de los Juglares Vallenatos: 
"Francisco "Pacho" Rada. 1907-2003

El Alcalde de Pedraza que había tenido el honor recibir aquellos versos de Pacho Rada, bajo el olivo de de la casa de Sebastiana Santander, se llamaba Pablo Yejas. 

Con los años, Pablo Yejas, ya mayor, emigró a Venezuela con su hijo Álvaro Yejas y parte de su familia. Se constituyeron en gente acomodada de la sociedad caraqueña de los años 50. 

Cuando nuestro padre, contaba con 26 años, también decidió probar suerte en Venezuela y buscó apoyo en sus coterráneos. Con los años, papá y Álvaro Yejas, a pesar de ser de distintas clases sociales, se hicieron compadres. Papá lo escogió como padrino de mi hermano Arnaldo.





En los años 90, papá quiso sorprender a su recordado primo Juancho con un gesto especial. Aprovechando un viaje de Manuel (Tato) Bermúdez, un primo en común, le entregó una copia de la foto para que la depositara en sus manos. Juancho quedó atónito al contemplar la reliquia. 

  

 
Algunos de los estudiantes de Pedraza portan un libro. Nos inclinamos a creer que se trata del libro “Alegría de Leer”, un libro
  que tenía versiones según el grado que se cursara. En 1976 viajé a Colombia con mi madre. Encontramos “Alegría de leer” para cuarto grado en un mesón de libros usados en el mercado de Barranquilla. Intrigados quisimos saber por qué papá lo había encargado después de tanto tiempo. Entonces ocurrió un fenómeno, las lecturas también colmaron nuestra infancia. Sus historias, todavía hoy, forman parte de nuestras vidas
  
    Los niños de la foto crecieron y egresaron de la escuela de Pedraza. Algunos fueron a estudiar a otras poblaciones en una institución equivalente a un liceo, llamada, “Escuela Complementaria”. Juancho, fue uno de esos jóvenes afortunados que fue enviado a Bogotá donde cursó un bachillerato especializado en comercio y llegó a ser unos de los líderes de un periódico escolar denominado “Faro Juvenil”. En el caso de papá, cuando llegó al término de su ciclo en la instrucción básica, debió repetir el cuarto curso, al menos en cuatro ocasiones, al no tener otras opciones de aprendizaje. El maestro designado para este vital periodo de su educación, fue el gran docente Rubén Darío Vásquez, quien se encargó de que cada año repetido, fuera más enriquecedor y nutritivo que el anterior. El maestro trataba a papá, con la deferencia especial de un alumno, pero además, como a un sobrino y ahijado. El docente formaba parte de la familia. La tía de nuestro padre, Dolores (Lola) Bermúdez, fue la esposa del maestro y madrina de bautizo de nuestro padre.

Al llegar las fiestas de San Pablo, el santo patrón del pueblo, el maestro Rubén les relataba con emoción, la historia de la conversión del santo, y pronunciaba en latín la demoledora pregunta de Cristo: ¿Saule, Saule, quid me persequeris? Las fiestas se celebran con gran pompa. A falta de fuegos artificiales, los jóvenes y niños enterraban “recámaras”, bolas de barro seco que eran rellenadas con pólvora a través de un orificio. Un caminito largo de pólvora les permitía ponerse a salvo. Algunos le colocaban una lata para que el efecto fuera más estruendoso. Otros, los más traviesos, se encargaban de buscar un sapo vivo para colocarlo boca arriba encima de la lata.

La influencia de ambos maestros perduró toda la vida. Ya convertido en hombre, viviendo en Barranquilla, papá tuvo amores con una muchacha cuyo hermano menor estudiaba en la Escuela de Normalistas. Papá descubrió que uno de los maestros del joven, era su admirado y respetado Miguel Altamar. Papá le enviaba siempre saludos, con su cuñadoque con el tiempo se convertiría en nuestro tío Ariel Sánchez, quien a su vez, también llegó a ser un maestro reconocido. Dedicó su vida a la docencia en la Normal La Hacienda de la ciudad de Barranquilla, dejando además un legado como historiador en una obra de su autoría dedicada a su pueblo natal, en el departamento del Atlántico, titulada, “Mi Polonuevo Querido… 

Nuestro tío Ariel Sánchez,

Este es un ejercicio algo frustrante en el que debemos echar mano de las remembranzas de papá y combinarlo con una alta dosis de suposiciones. Se trata de aproximarnos a cada personaje. Es cómo armar un rompecabezas del cual tenemos piezas faltantes. Los recuerdos llegan como invitados inesperados y tenemos que acomodarlos lo mejor que podamos.



Convencidos del enorme tesoro que guarda, cerramos el álbum con nostalgia. Nos despedimos con solemnidad de personajes que nos observan desde una distancia mítica. Ha valido la pena ser guardianes del álbum y de la continuación de una tradición fotográfica. Aquí descansan todas las memorias, todos los sueños y triunfos, los bautizos, las bodas y nacimientos. Aquí reposan también, muchos hermosos momentos e instantes insignificantes que con los años se han convertido en trascendentes.

Estamos seguros que las esperanzas de nuestros ancestros han resistido el paso del tiempo.



[i] Rojano Osorio, Álvaro. Rafael Arturo Medina  Rodríguez, El hombre que  sabía de todos los instrumentos musicales y de todos los sones

http://editorialtorcaza.com/rafael-arturo-medina-rodriguez/

 

[ii] Rojano Osorio, Álvaro. Gabriel Lozano Martínez, su vida, o un viaje en el tiempo.

https://seguimiento.co/opinan-los-expertos/gabriel-lozano-martinez-su-vida-o-un-viaje-en-el-tiempo-39287

 

Portada  Revista La Barca, de Colombia.
Edición del número 22, donde aparece
publicada la presente crónica
Noviembre 2020

 

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