RELATOS Roberto Molinares

martes, 5 de mayo de 2020

El globo amarillo


"El cielo no se acaba nunca, el globo subirá y subirá hasta que no lo podamos ver más"



El  tiovivo da vueltas al son de una musiquilla insoportable. Una voz chillona de payaso emana desde un altavoz colgado de una torre. Vea la asombrosa transformación de una hermosa mujer en una bestia peluda. En la entrada de la tienda, está pintado un monstruo parecido al Abominable Hombre de las Nieves. Papá me compra un globo amarillo y lo amarra a mi dedo, el globo tira hacia arriba como si quisiera arrancarlo. 

Voy sobre los hombros de papá. El hilo corta mi carne. Me fastidia. Me saco el hilo y el globo se aleja. Grito y señalo el globo fugitivo con el dedo aun marcado por el hilo. Nada se puede hacer, no hay salto humano que lo alcance. Es una sensación absurda de vacío en mi estómago, una sensación de pérdida. ¿A dónde va? ¿Llegará hasta el techo del cielo? Papá me aclara que el cielo no tiene techo. ¿Y eso negro donde están las estrellas y donde está colgando la luna, no es un techo?  No, no es un techo, responde papá. El cielo es infinito. ¿Qué es el infinito? Papá se esfuerza por hallar una respuesta para mi edad: El cielo no se acaba nunca, el globo subirá y subirá hasta que no lo podamos ver más. ¿Ves? cada vez es más pequeño, eso es el infinito. 

No lo puedo entender. Es un concepto aterrador. Una distancia inimaginable e incomprensible. Siento angustia. Un desesperante vacio de caída invertida. Un vértigo ascendente y vertical. Eso de subir por siempre sin nunca alcanzar un punto definitivo es escalofriante. 
Siento que soy el globo amarillo, lucho contra la ingravidez de mi cuerpo.  Tengo mucho temor a pesar de no haber entrado en la carpa del Abominable Hombre de las Nieves. No es para menos, el cielo no tiene techo. 

Tengo ganas de llorar.


lunes, 4 de mayo de 2020

El Mito de la Caverna


"Ver a una mujer desnudarse siempre es un espectáculo, 
pero ella parecía hacerlo para no enfriarse"


Me había separado del grupo cuando me sorprendió la lluvia. Regresé y me refugié en la caverna. 
Trataba de acostumbrarme a la oscuridad cuando noté una silueta sigilosa  que también se introducía,
pero de inmediato me relajé. Era una de las chicas del grupo.

─ ¿Dónde está el resto? – Pregunté. La chica se sobresaltó y agudizó la mirada hasta descubrirme.
── No sabía que estabas aquí. Me has asustado.
── Lo siento. Creí que me habías visto.
── No, no te había visto. El grupo ya debe ir lejos. En algún lado deben estar guareciéndose.

Encendí la linterna. Su sombra agigantada se proyectó contra las rocas. El cabello se le había vuelto tirabuzones por la humedad, escurría agua como una fuente. Era curioso, ni siquiera la había detallado estando en el grupo, ni le había dirigido la palabra, pero ahora me parecía muy guapa a pesar de su baja estatura. 

La temperatura empezaba a descender. La chica se sacó la camiseta sin prejuicio. Dejó al descubierto un sujetador de encaje blanco tras el cual se adivinaban redondos pechos. Exprimió la camiseta. Para mi asombro, procedió a bajarse el corto y deshilachado pantalón. Ver a una mujer desnudarse siempre es un espectáculo, pero ella parecía hacerlo para no enfriarse. Quedó en una diminuta pieza. Sus glúteos eran dos rocas y sus muslos brillaban húmedos. No se quitó las botas. Yo temblaba aunque que no podía saber si de frío.

La imité. Me quité la camisa y la retorcí.

── Tienes manos grandes. – dijo con una sonrisa. Aquella frase levantó mi orgullo. Mis pantalones pesaban, al deslizarlos, mi situación se hizo evidente. Una parte de mí parecía a punto de estallar. La chica se estremeció alcanzada por una corriente de aire.

── ¿Tienes fuego? –Preguntó tiritando.
── Fósforos, pero están mojados. – Mentí. Hubo un largo o corto silencio, no lo sé. Luego dijo.
── Va caer la noche. Tenemos que hacer algo si queremos sobrevivir.

Sonaba lógico. Tras un intercambio de miradas, la pequeña chica dio un salto y cayó a horcajadas en mi cintura. Se amarró con sus piernas haciendo una llave para no caer y rodeó mi cuello con sus brazos. Sorprendido, la sostuve por los glúteos. 
Afuera cayó el rayo en medio del frío y la niebla. Dentro de mí estallaba el calor.


La linterna rodó. Nuestras sombras unidas semejaban un minotauro en la pared rocosa.

Diluvio

"Veíamos caer la lluvia sin esperanza, cuando de pronto divisamos una figura fantasmal"

Obra: Salvación. Técnica Acrílico sobre tela. Autor: Roberto Molinares


Fue una tarde de octubre, el día del Cordonazo de San Francisco. Ángela guardaba sus útiles en un resistente maletín de cuero, y yo, aunque anhelaba uno igual, había recibido uno barato, de cartón recubierto de plástico con motivos infantiles donde destacaba un osito rodeado de dados, números y letras.

Salimos apresurados ante la inminencia de la tormenta. Las nubes oscurecieron la tarde y la noche cayó prematuramente. Nos guarecimos en el porche de una casa, frente al colegio. No teníamos forma de regresar a casa. Papá había dicho que vendría, así que mojados y hambrientos, nos resignamos a la espera. Veíamos caer la lluvia sin esperanza, cuando de pronto divisamos una figura fantasmal, una especie de caballero andante. 


Nuestro padre Ángel Molinares. Foto real recreada.


Su capa increíblemente grande, se agitaba con la brisa. El caballero surgía tras una furiosa cortina de agua. Era papá, que venía en su bicicleta de reparto. Estaba cubierto de un inmenso hule a manera de poncho. El ala del sombrero de nuestro padre era una piscina que rebosaba. Felices de ver a nuestro padre, nos acomodamos en la cesta. Papá nos cubrió con el hule pero ya estábamos totalmente mojados. Aunque el poncho era transparente no podíamos ver nada, salvo los chorros que surcaban por encima. Papá impulsaba nuestro peso y el de la bicicleta atravesando lagunas y fuertes corrientes. Se detenía e iniciaba la retirada. El vaivén de la bicicleta insinuaba que dábamos vueltas sin llegar a ninguna parte. Seguramente no había paso. El lodo nos salpicaba y por algún lado se colaba también la lluvia desde arriba manteniéndonos empapados. El poncho producía un estado de sofocación tremendo y nuestro aliento empañaba el hule. 

Yo aferraba mi maletín temeroso de perder los útiles nuevos. De pronto sentí que el material se volvía blando, cedía, se desintegraba. Los cuadernos comenzaron a zozobrar, los útiles dejaron un rastro de burbujas  y ondas. El osito coronado de letras y números,  finalmente terminó por ahogarse.



Llegamos a  nuestra casa al borde de una pulmonía. Era una proeza. Aún para un vehículo a doble tracción hubiera sido difícil. Mamá, encharcada por nuestro abrazo, no podía creerlo. Yo aferraba con fuerza el asa de plástico, último vestigio de mi maletín.  
Me sentía muy triste. 
Entonces, como si fuera poco la humedad reinante, inicié mi propio diluvio.



Técnica de Vuelo

"Al no sentir nada sólido bajo los pies, usted debe suponer que ya está volando. Lo comprobará si siente ráfagas que le despeinan y le azotan la cara"




Me parece que la técnica de vuelo es simple. Primero se debe iniciar una lenta carrera para luego incrementar la velocidad alargando los pasos con pequeños saltos. Al mismo tiempo, se deben mover los brazos como si nadara al estilo mariposa, alternado los brazos. Esto es una advertencia; nunca se deben agitar los brazos como hacen con sus alas, los gorriones o los sinsontes, podría ser peligroso, mortal. Yo  recomiendo la técnica  que posee el conoto negro, esa ave increíble del orden de las oropéndolas, parecida a un cuervo, con un pico que restalla de amarillo y que posee dos plumas áureas centrales en la cola. Esta ave es una flecha contra el viento.

Una vez que se ha alcanzado una velocidad considerable y se ha generado el impulso necesario, debe usted dirigirse hacia una colina que indefectiblemente conduzca a un farallón grande. Al no sentir nada sólido bajo los pies, usted debe suponer que ya está volando. Lo comprobará si siente ráfagas que le despeinan y le azotan la cara.

Oropéndola Crestada - Imagen de bp.blogspot

Cuando en estas instancias logre abrir los ojos, notará que abajo se abre un valle verde y que todas las casas y personas se ven muy pequeñitas. Si a estas alturas, (aquí la palabra altura, no se refiere a la altura del vuelo, si no al momento que se vive) usted no experimenta ninguna atracción brusca de efecto gravitatorio, es porque verdaderamente se encuentra volando. Entonces experimentará un sentimiento parecido a la felicidad.

Las instrucciones para el aterrizaje son un poco más complejas.

domingo, 3 de mayo de 2020

La Luna es de Algodón

"Mi padre tenía el torso inclinado hacia adelante y la mirada petrificada en las imágenes, parecía que saltaría dentro del televisor y también pisaría la luna de un momento a otro"



       Hubo una ocasión en que mi padre no fue a trabajar y se sentó frente al televisor. Corría el rumor que el mundo se acabaría ese día. El Hermano Cabañas, nuestro vecino, había sacado su parlante iniciando un sermón terrible. Citaba al profeta Abdías: “Si te remontares como águila, aunque en las estrellas pusieras tu nido, de ahí te derribaré, dice El Señor”. ¿Qué iba a ocurrir? Tendríamos que encomendarnos al Creador y esperar el colapso del universo. Veríamos la llegada del hombre a la luna o en su defecto el desmoronamiento de todo. Sin embargo, extrañamente mamá no cerró nuestra bodega. Tratábamos de llevar ese último día de nuestras existencias, de un modo más o menos normal.

——  La luna es de algodón. Si el hombre llega a pisarla, no va a resistí el peso y se va a vení  pa’ bajo. La luna se va a estrellá contra la tierra y toítos  nos vamo’ a morí. 

El que había hablado era un viejito campesino que había ido a  nuestra bodega a comprar tabaco en pasta. Según él, era inminente el fin, pero eso no le impidió pedir una barrita de chimó "Acarigueño", para mascar mientras el mundo se desmoronaba.

——¡Dios mío! ¡Que el mundo no se acabe! -Exclamaba nuestra madre tapándose los ojos y agarrándose la cabeza como si le acometiera un terrible dolor.

——Nos están metiendo gato por liebre - Decía papá, moviendo la cabeza de lado a lado. Estaba seguro que lo que presenciábamos en la tv, no podía ser cierto. Mi padre tenía el torso tan inclinado hacia adelante y la mirada tan petrificada en las imágenes que parecía que saltaría dentro del televisor y también pisaría la luna de un momento a otro. Mi hermana Ángela, aterrada, salió disparada y en lugar de meterse bajo la cama como la lógica infantil lo indicaba, se escurrió en un estrecho espacio entre la nevera y la pared, como si fuera una cucaracha. Supuso que allí estaría segura si la luna se empezaba a caer en pedazos. ¿Cómo algo tan blando como el algodón iba a destruir algo tan sólido como la tierra? - Me preguntaba. Mi madre se santiguó justo en el momento en que Neil Armstrong rebotó por primera vez.


Foto Nasa. Neil Armstrong

La luna no parecía ser de algodón, sino de queso o algo semejante. Una superficie agujereada servía de trampolín para cada paso del astronauta. Sonaba la marcha de Radio Caracas Televisión y el locutor anunciaba el hecho como una increíble conquista del género humano. Papá repetía que no era posible lo que habíamos presenciado. Según él, se trataba del engaño más grande jamás visto y el mundo entero se lo había tragado. ¿Tú sabes lo lejos que está la luna? - Preguntaba con insistencia. El termómetro de mis emociones era el rostro de mamá que al  fin sonreía relajada y continuaba con las ventas. La inminente destrucción de la luna y el mundo, parecía haber quedado postergada. Tal vez el hermano Cabañas se había equivocado de profecía. Mi hermana salió de su escondite también aliviada. El flujo de clientes en nuestra bodega se tornó normal. Papá seguía contrariado.

Esa misma noche salí al patio y me quedé mirando fijamente el cielo.  

      No tenía forma de comprobar si la luna era de algodón, sólo pude apreciar que se veía hermosa y que seguía colgando del infinito.

 Roberto A. Molinares S.




NUEVAS FOTOS DE ROBERTO MOLINARES

Profesor Roberto Molinares Escritor Venezolano Roberto Molinares Cantautor Ponencia del Profesor Roberto Molinares     ROBERTO MOLINARES PRO...